Este domingo, Mark Zuckerberg era uno de los vips presentes en el combate de la UFC entre Ilia Topuria y Justin Gaethje que amenizó el 80 cumpleaños de Donald Trump. El fundador y presidente de Meta continúa su idilio con el republicano, como el resto de magnates tecnológicos estadounidenses, tras su regreso a la Casa Blanca. Pero afronta en su compañía –matriz de Facebook, Instagram o WhatsApp, entre otros servicios– un malestar sin precedentes. Tarde y mal, Zuckerberg ha dado a Meta un giro estratégico hacia la inteligencia artificial. Cinco años después de apostar en falso por el metaverso, hasta el punto de cambiarle el nombre a la compañía, el fundador de la compañía trata de enderezar el rumbo. Y el coste interno está siendo mucho más elevado de lo esperado. Lo que de cara a la galería se ha tratado de vender como un proyecto a la vanguardia de la tecnología global es, de puertas para dentro, una olla a presión marcada por el hundimiento de la moral y el descontento de la plantilla. Así lo ha revelado una exhaustiva investigación publicada por la revista estadounidense Wired, que describe escenas de insólita tensión en una corporación que hasta hace poco estaba entre las compañías más deseadas para trabajar en Silicon Valley.
El detonante que ha hecho saltar las alarmas ha sido la filtración de una presentación técnica retransmitida en vídeo directo y dirigida en exclusiva a la plantilla. Durante la emisión, abierta a miles de trabajadores, un empleado interrumpió de golpe la sesión a viva voz con insultos directos hacia un alto ejecutivo del departamento de IA, exigiendo a los ponentes que le transmitieran que era "un pedazo de mierda" y denunciando la sumisión a la que se ve sometido el personal. El incidente plasma el malestar de Applied AI (AAI), una macrodivisión de 6.500 ingenieros creada el pasado mes de marzo para dar soporte a los laboratorios de superinteligencia de la firma.
De ingenieros de élite a "mecanógrafos" de datos
Según los testimonios recabados por Wired, los ingenieros de esta división –muchos de los cuales se consideran "reclutas forzosos" que tuvieron que elegir entre este traslado o el despido– definen la situación de forma extrema. "Esto es literalmente el gulag", ha asegurado uno de ellos. La frustración radica en que profesionales altamente cualificados, contratados para desarrollar arquitecturas de redes sociales para miles de millones de usuarios, pasan ahora las semanas resolviendo tareas rutinarias y repetitivas, como generar acertijos lógicos para comprobar si los modelos de IA saben resolverlos. Un trabajo que la plantilla califica de "destructivo para el alma", puramente mecánico y carente de cualquier estímulo creativo.
La tensión coincide con los efectos del último recorte de Meta, que en mayo despidió a 8.000 trabajadores, el 10% de su fuerza laboral. Para intentar calmar los ánimos, Zuckerberg emitió un memorando prometiendo estabilidad y la organización de un gran hackathon (un encuentro de programadores) centrado en IA para el mes de julio. Sin embargo, la iniciativa ha avivado el fuego. Empleados de la compañía han respondido en los foros internos con sátiras y un rechazo frontal, alegando que apenas tienen tiempo para mantener los sistemas operativos tras los despidos como para asumir "horas extra" no evaluables en sus rendimientos.
Incluso la cúpula empieza a rebajar la euforia generada artificialmente con la apuesta de la compañía por el proyecto de IA. Durante una reunión dirigida a toda la plantilla de Instagram, el director de producto de Meta, Chris Cox, admitió con crudeza la brutalidad del ambiente actual debido a la "locura" que ha vivido la empresa en los últimos meses. Respecto a la fiebre por la tecnología que promueve Zuckerberg, Cox pidió a los directivos no ser excesivamente entusiastas y rebajó las expectativas de manera drástica, recordando que la inteligencia artificial "ni es Dios, ni es el diablo, no es ni de lejos tan buena como creéis, cambia cada semana y ni siquiera sabe qué día de la semana es".
¿El principio del fin para Meta?
Este motín laboral no ocurre en el vacío: tiene lugar en un momento en el que cada vez más analistas dudan del futuro de Meta. El pasado 8 de mayo, coincidiendo con el anuncio de despidos, el New York Times publicaba un análisis de Julia Angwin con un título muy elocuente: "Meta se muere. Ya era hora" –Meta Is Dying. It’s About Time–. Angwin, prestigiosa periodista de investigación especializada en tecnología, ponía en evidencia que Meta podría estar mostrando los primeros síntomas de un declive histórico, similar al que en su día sufrieron gigantes caídos como AOL o Yahoo. Los datos de negocio recopilados por Angwin dibujan un panorama de urgencia financiera donde la obsesión de Zuckerberg por no perder el tren tecnológico parece haberle llevado a tomar decisiones apresuradas.
El primer gran síntoma es una inversión desbocada y errática. Tras enterrar unos 80.000 millones de dólares en el fallido proyecto del Metaverso entre 2021 y 2026, Zuckerberg dio un volantazo drástico tras la irrupción de ChatGPT. Desechó su primer plan de IA de código abierto tras admitir que el modelo resultante era lento e ineficaz, obligando a crear un equipo a toda prisa con un coste inicial de 14.000 millones. Ahora, lejos de frenar, Meta ha comprometido un gasto mínimo de 115.000 millones de dólares para el próximo año en una carrera contra el reloj cuyos desarrollos, hoy por hoy, rinden muy por debajo de sus competidores.
Como los ingresos de su negocio tradicional no bastan para sufragar esta escalada de gasto, la compañía ha tenido que recurrir de forma masiva a la deuda. Meta ha duplicado su pasivo a largo plazo, situándolo en el entorno de los 59.000 millones de dólares a cierre del último ejercicio, a lo que se suman maniobras contables agresivas destinadas a ocultar costes milmillonarios, como los 27.000 millones invertidos en su nuevo centro de datos en Luisiana. Todo ello coincide con otra señal preocupante: por primera vez en su historia, los resultados del primer trimestre de 2026 revelaron una ligera contracción en sus usuarios activos diarios globales, que descendieron de 3.580 millones a 3.560 millones –sostenida seguramente por un servicio de mensajería universal como WhatsApp–. La fatiga del usuario de Meta y la madurez de productos como Facebook comienzan a notarse.
Para maquillar esta contracción y mantener los ingresos que exigen los mercados, Meta ha optado por exprimir su gallina de los huevos de oro aumentando la carga publicitaria en Instagram y Facebook y encareciendo las tarifas para los anunciantes. Una estrategia que, según los expertos, genera ingresos a corto plazo pero acelera la alienación de los usuarios.
Acosada por macrodemandas judiciales relacionadas con el impacto de sus algoritmos en los menores, Meta fía todo su futuro a una tecnología de IA que, de momento, solo parece estar generando pérdidas millonarias en sus cuentas y una inédita rebelión en sus oficinas.
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