«A España no le irá bien si a Cataluña le va mal y a la inversa, en esto soy tributario de Pasqual Maragall, lo que es bueno para Barcelona es bueno para Cataluña, y lo bueno para Cataluña es bueno para España, de ida y vuelta, y más en estos momentos de pandemia».

En la última entrevista concedida a El Independiente como candidato a la presidencia de la Generalitat, Miquel Iceta, explicitaba así su fórmula del catalanismo del PSC y lo hacía declarándose tributario del histórico alcalde y presidente de la Generalitat.

No es el único punto. Miquel Iceta se ha convertido, en los últimos años, en el principal abanderado de la reforma federal de la Constitución que empezó a teorizar Maragall a principios de siglo. El PSC consiguió el aval del PSOE ese proyecto en la Declaración de Granada, que Pedro Sánchez recuperó en la Declaración de Barcelona, tras recuperar las riendas del partido con el apoyo en primera línea de los socialistas catalanes.

El PSC en su peor momento

Iceta lideraba entonces un PSC en sus horas más bajas. Tras el fracaso del segundo tripartito y el cisma del «ala catalanista» del partido, Iceta se postuló para la primera secretaría del PSC. Pero los «capitanes» del área metropolitana, con los que había compartido mil batallas, le dieron la espalda para apostar por Pere Navarro.

Dos años después lo sustituía con el apoyo del 85% de la militancia, ratificado después en un congreso extraordinario. Desde ese cargo se convirtió en el único dirigente territorial en alinearse con Pedro Sánchez cuando éste retó a la ejecutiva socialista con su rechazo a permitir la investidura a Rajoy. Y la vieja guardia, con Susana Díaz a la cabeza, le pasó cuentas en el posterior proceso de primarias, con una criba inédita de la militancia socialista en Cataluña.

Apoyo fiel a Sánchez

La militancia avaló su apuesta en el Congreso del PSC, del que Iceta salió reforzado como líder del socialismo catalán. Se había roto el eje Barcelona-Sevilla que tan primorosamente tejió José Montilla -con Iceta ya entonces en la sombra, fue él quien propuso a Montilla como secretario de Organización ante Narcís Serra-. Y el PSC ligó su suerte a Pedro Sánchez, con un lema explicitado por Iceta: «Inequívocamente federales».

La apuesta salió bien, y la luna de miel entre Sánchez e Iceta se mantiene aparentemente intacta desde entonces. Pese a patinazos sonados como el aval de Iceta a los indultos, en plena campaña autonómica de 2017. Un «patinazo» que le costó la campaña al líder del PSC y que ha perseguido al presidente del Gobierno desde entonces.

También pese a maniobras frustradas como la de colocar a Iceta en la presidencia del Senado. En esa ocasión fue ERC la que dinamitó el proyecto, que hubiera supuesto un «retiro de lujo» desde el que Iceta debía erigirse como puente entre el independentismo y el Gobierno. No pudo ser, y Salvador Illa ocupó ese papel desde el ministerio de Sanidad, aunque la pandemia le ha dejado poco margen para la crisis catalana.

Bestia negra del independentismo

El fracaso de la operación del Senado sirvió para ejemplificar hasta qué punto se ha convertido Miquel Iceta en «bestia negra» del independentismo catalán. «Su cinismo baja chorreando por la escalera noble» del Parlament, le soltó Quim Torra en una sesión de control parlamentario en la que reclamó al socialista que «se humanizara», verbalizando con su habitual falta de control lo que muchos independentistas aseguran en privado.

Una alusión en la que los socialistas vieron una alusión muy poco velada a su condición sexual, puesto que Iceta fue el primer político español en hacer pública su condición de homosexual, en 1999.

Los independentistas «tienden a pensar que si no fuera por el PSC Cataluña ya sería independiente, que hemos sido el obstáculo porque somos un partido catalanista» explica el propio Iceta. En su caso, además, la inquina crece porque es el único representante del «socialismo pijo» que no abandonó el PSC tras Antoni Castells, Joaquim Nadal, Ernest Maragall o Montse Tura tras la victoria de los «capitanes» del cinturón rojo. Apellidarse Iceta Llorens, hijo de las burguesías vasca y catalana, y no comulgar con el nacionalismo, tiene un precio.