España

La utopía que prometió cambiarlo todo y quedó en nada

Quienes entonaron el "no nos representan" han acabado convirtiéndose en parte del sistema

Imagen de la Puerta del Sol durante el 15M

La Puerta del Sol de Madrid durante el 15-M

Todo comenzó con una manifestación sin excesiva importancia.

El domingo 15 de mayo del 2011 España tenía la mirada puesta en las inminentes elecciones municipales que se iban a celebrar el día 22. Muchas ciudades estaban empapeladas con carteles bastante poco originales y eslóganes insípidos: “Centrados en ti”, decían los del PP. “Para que gane tu ciudad”, los del PSOE. “Sobran motivos”, los de Izquierda Unida. Todas las encuestas ya auguraban una “ola azul”, una victoria holgadísima del PP en las urnas. Se esperaba que Ruiz Gallardón revalidaría su mayoría absoluta en Madrid, que el socialista Jordi Hereu perdería en Barcelona y que, en Sevilla, Juan Ignacio Zoido, del PP, se alzaría con la alcaldía. 

Aquel domingo, en Moncloa, el entonces presidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero y su equipo más cercano intuyeron el desastre que se les venía encima. Después de años de grave crisis económica, millones de personas en paro y medidas draconianas de austeridad para tapar el enorme agujero de la deuda, los españoles estaban claramente hartos. Algunos informes internos ya vaticinaban que los socialistas iban a perder un millón y medio de votos y que el PP iba a arrasar frente a un PSOE roto y totalmente a la deriva. Iba a ser una derrota contundente, descomunal, absolutamente catastrófica.

Los datos eran tan malos que nadie en el gobierno debió prestar atención a una manifestación que había convocado para ese mismo domingo por la tarde una de esas plataformas ciudadanas que últimamente proliferaban por doquier y que se organizaban a través de Internet, en Facebook y en esa nueva red social llamada Twitter. En esta ocasión se trataba de la plataforma Democracia Real Ya, uno de esos eslóganes ostentosos y llamativos que tanto parecían gustar a los autodenominados ciberactivistas

La misma retórica

El entonces ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, ya estaba más que acostumbrado a aquellas manifestaciones de grupos espontáneos con nombres como Estado de malestar, No les votes o Ponte en pie. Desde que en octubre del 2010 se publicara el panfleto ¡Indignaos!, del diplomático francés Stéphane Hessel, donde se hacía un llamamiento explícito a la «indignación» , «contra la indiferencia y a favor de la insurrección política», habían proliferado en España multitud de asociaciones, plataformas, grupos, blogs y foros que se quejaban de la corrupción del sistema mundial, creían que el capitalismo era el origen de todos los males y consideraban que millones de personas no tenían futuro porque una élite extractiva se encargaba de asfixiarlos económicamente. 

El mensaje no era nuevo. De hecho, era calcado al de los movimientos antisistema y antiglobalización que se habían visto en las manifestaciones de Davos y, sobre todo, en el Foro Social Mundial de Porto Alegre del 2001 (y sus sucesivas ediciones). Lo de la tasa Tobin, la crítica al FMI y al Banco Mundial, el repudio al libre comercio y la importancia del ecologismo ya hacía décadas que circulaba.

Aquel domingo 15 de mayo, a Rubalcaba no le debió preocupar en absoluto las proclamas grandilocuentes que los de Democracia Real Ya defendían: “No somos marionetas en manos de políticos y banqueros”, defendían. La misma retórica de siempre. 

El ministro también sabía perfectamente que el hecho de que surgiesen tantos grupos reivindicativos de golpe no era inusual: durante la Transición y en los primeros años de la democracia ya se había visto. En los barrios más obreros de las principales ciudades, en Vallecas por ejemplo, el tejido asociativo era increíblemente fuerte y activo. 

Sin embargo, a Rubalcaba le resultaba curioso la rapidez con la que los nuevos grupos estaban consiguiendo atraer a gente. En el pasado, una persona necesitaba convencer a centenares de personas prácticamente una a una.

Ahora, sólo necesitaba escribir un post en Facebook o escribir un twit para que, en cuestión de minutos, tuviera centenares de seguidores dispuestos a organizarse y salir en manifestación. Era la famosa «democracia real», la «democracia participativa», la «democracia directa» que tanto cacareaban las nuevas plataformas. 

Rubalcaba sabía que cualquier de aquellos mensajes breves y de jerga rimbombante podían prender la mecha de algo mucho más grande

Rubalcaba sabía perfectamente que cualquiera de aquellos mensajes breves y de jerga rimbombante, aunque aparentemente insignificantes, podían prender la mecha de algo mucho más grande si se daban las circunstancias óptimas. A nadie se le escapaba lo que se había montado en España con el «pásalo«, el famoso mensaje de móvil que muchos españoles comenzaron a enviarse en cadena y que generaron grandes manifestaciones espontáneas frente a las sedes del PP tras los atentados del 11-M.

Además, ahora los jóvenes ya no sólo disponían de SMS: también tenían a su disposición un auténtico arsenal de opciones de Internet con los que difundir mensajes a miles de personas en todo el mundo en cuestión de segundos. Sin ir más lejos, la campaña de Barack Obama en Estados Unidos en el 2008 había demostrado la capacidad superlativa de organización y movilización que se podía esconder detrás de una sencilla página web. 

El clima perfecto

De hecho, desde hacía meses en el Ministerio del Interior habían detectado que la actividad de las plataformas online como Democracia Real Ya había crecido mucho y estaban atrayendo a miles de jóvenes. Algo gordo se estaba cociendo. 

Algunos lo explicaban por el clima internacional inusualmente reivindicativo. Veníamos de poner fin a los años de George Bush y de corear el electrizante Yes, We Can. Además, el 17 de diciembre del 2010, Mohamed Bouazizi, un joven universitario y vendedor ambulante tunecino se había quemado vivo en la ciudad de Sidi Bouzid como protesta por la represión policial; su muerte desencadenó la revolución en Túnez. Tan sólo semanas más tarde, a principios de enero del 2011, habían estallado revueltas en El Cairo alrededor de la Plaza Tahrir.

En Islandia llevaban varios años inmersos en lo que ya se conocía como la Revolución de las cacerolas y que pedía explícitamente la renuncia de todo el gobierno por la crisis. Su éxito había sido tal que estaban a punto de llevar al banquillo al mismísimo primer ministro, Geir H. Haarde, por llevar a su país a la quiebra. 

Había más elementos: el documental Inside Job, dirigido por Charles Ferguson y centrado en la codicia y corrupción que había provocado la crisis financiera del 2008, estaba teniendo un eco masivo entre los jóvenes españoles y había provocado un importante cabreo al destapar las miserias del sistema. Por no hablar de las filtraciones a WikiLeaks: el 25 de julio de 2010 se habían revelado más de 90.000 documentos militares estadounidenses que, entre muchas otras cuestiones, mostraban todas las barbaridades cometidas en la guerra de Afganistán, incluidos ataques indiscriminados contra civiles. 

Al mismo tiempo, diarios online antisistema, como Kaosenlared o Indymedia, estaban batiendo récords de visitas. Muchos jóvenes estaban indignados contra el Plan Bolonia y otros tantos ciberactivistas estaban especialmente cabreados porque el gobierno acababa de aprobar la conocida como Ley Sinde, que pretendía poder cerrar páginas web que infringieran el copyright. Muchos en el mundo online consideraban que era una auténtica censura.

La manifestación que lo cambió todo

El mejunje de todos estos elementos provocó que, contra todo pronóstico, la manifestación del domingo 11 de mayo por la tarde fuera bastante concurrida en varias ciudades de España. Bajo el nombre común de Democracia Real Ya se habían unido grupos dispersos, como Juventud sin futuro y Plataforma por una Vivienda Digna, y aquella tarde centenares de personas corearon himnos grandilocuentes («No somos mercancía en manos de políticos y banqueros»), gritaron proclamas rimbombantes («PSOE, PP la misma mierda es») y, pasadas unas horas, todos se fueron a sus casas con la sensación de que no se iba a conseguir nada. 

Lo que cambió, sin embargo, aquella manifestación, es que, en último momento y de manera totalmente improvisada, un grupo de asistentes decidieron pasar la noche a la intemperie en la plaza del Sol de Madrid. No hubo una reflexión profunda ni una estrategia premedita detrás. Tan sólo fue alguien que dijo en voz alta: «¿Y si nos quedamos esta noche?». Y los demás dijeron que sí, que total, no tenían nada que perder. 

Todos eran jóvenes y la mayoría con buenas carreras: abogados, informáticos y algún arquitecto

Todos eran jóvenes y la mayoría con buenas carreras: abogados, informáticos y algún arquitecto. Muchos comenzaron a enviar SMS a sus amigos para que se unieran; algunos pusieron mensajes en Twitter. Al cabo de unas horas, aparecieron unas cuantas docenas de personas más con sacos de dormir. En total, aquella primera noche, se juntaron unos 40. Muchos ni siquiera se conocían. 

Lo primero que decidieron era cómo se tenían que organizar. Algunos fueron a buscar mantas, otros a requisar un cubo de la basura, también hubo quien se encargó de colocar cartones en el suelo, localizar los baños más cercanos y preparar carteles con cartulinas y rotuladores. Conseguido lo más básico, lo siguiente fue decidir ponerse en el sitio más iluminado de la plaza, al lado de la salida del metro y bajo la farola que hay cerca del monumento del oso y el madroño. 

A las dos y veinticinco de la madrugada aparecieron dos furgones de los antidisturbios, pero los manifestantes hablaron con los agentes y les prometieron no beber ni ensuciar nada. Tan sólo querían pasar allí la noche, nada más. Los policías consultaron con sus superiores y recibieron una orden que lo cambió todo: aquellos chavales podían quedarse. 

A las siete de la mañana, muchos se levantaron y se fueron a trabajar. Quedaron muy pocos en la Puerta del Sol, pero justo en ese momento, las cámaras de televisión aparecieron, las imágenes aparecieron en todos los canales y Twitter y Facebooks comenzaron a acumular mensajes de apoyo de toda España. Por la tarde, ya eran mil las personas congregadas.

Trescientas personas se quedaron a dormir aquella noche. La policía intentó desalojarlos, pero las imágenes circularon a una velocidad de vértigo por Internet y lo único que generaron es un efecto llamada. El martes eran diez mil los congregados. Al final de la semana, habían llegado a unos treinta mil. 

El mundo entero se fijó en aquellos indignados que comenzaron a organizar asambleas y, envalentonados con lo que estaban haciendo, proclamaron a los cuatro vientos que estaban allí para «regenerar la democracia», «acabar con el bipartidismo», «poner fin a la corrupción del capitalismo» y, en general,  «cambiarlo todo». 

El pánico del sistema político

En Moncloa nadie creyó que aquellos chavales bienintencionados iban a cambiar nada, pero entendieron rápido el inmenso poder simbólico de aquella manifestación y su traducción en votos. O en la pérdida de votos, más bien. 

Rápidamente se analizó quiénes eran exactamente aquellos acampados y las conclusiones no auguraron nada bueno para el PSOE. Aquellos jóvenes de Sol (y de otras partes de España que ya se estaban organizando en acampadas) formaban parte del grupo de nuevos votantes que el partido había conseguido movilizar en el 2018 gracias a las estrategias de “tensión” (el propio Zapatero había reconocido a Iñaki Gabilondo que “nos conviene que haya tensión”). Gracias en gran parte a ellos se había podido revalidar la victoria del PSOE de Zapatero. Perderlos era una hecatombe. 

Rápidamente, el partido socialista intentó rebajar la tensión. “Se trata de una expresión democrática que hay que escuchar y que se da en varios países europeos”, dijo en un primer momento Zapatero. Pero al ver que aquello no funcionaba, José Blanco, entonces vicesecretario general del PSOE, salió a la palestra para hacer ver que el gobierno estaba, en realidad, con los indignados y, a la desesperada, dijo: “No pueden salirse con la suya los que han compartido mesa y mantel con banqueros y especuladores”, en referencia al PP y como si nadie en el PSOE pudiera darse por aludido. 

En la calle Génova, sin embargo, semejante histrionismo no les incomodó en lo más mínimo. Al contrario: el 15-M era clarísimamente la constatación de que la izquierda estaba dividida y en lucha interna. Cuando en Sol coreaban que PP y PSOE eran lo mismo, o portaban pancartas donde salían juntos Zapatero y Emilio Botín, el entonces presidente del Banco Santander, en Genova sonreían complacidos. A ellos no les iba a alterar ni un solo voto, pero al PSOE aquel mensaje lo estaba destrozando. 

La miopía de Izquierda Unida

Por su parte, Cayo Lara, líder de Izquierda Unida, intentó desesperadamente capitalizar el descontento y llegó a participar en la manifestación del domingo. Su retórica durante aquellos días posteriores al 15-M creció por segundos: «Tenemos una democracia falsa y amputada», gritó. «Nosotros no nos identificamos con esa clase política». «El pueblo va por una parte y el Parlamento por otra». 

Rimbombante, pero inútil. Izquierda Unida creyó ingenuamente que ellos se iban a llevar el gran pastel de votos de aquellos jóvenes indignados, pero pecó de miopía e hizo un diagnóstico increíblemente erróneo.

Aquellos acampados ya no creían en las siglas tradicionales de los partidos y, para ellos, Izquierda Unida también formaba parte del sistema que querían derrocar. Aunque finalmente algunos los votaron, para muchos Izquierda Unida también formaba parte del enemigo.

La potencia de un símbolo

Mientras los partidos se disputaban los votos, los españoles comprobaban —y más de uno, claramente admirado— cómo la juventud se movilizaba y se organizaba magníficamente. 

Prácticamente todo el país estaba de acuerdo con lo que aquellos jóvenes decían criticar: la malversación de fondos públicos, la corrupción sistémica, el paro, la mediocridad de la clase política, los problemas para acceder al alquiler y la compra de vivienda… Sin embargo, más allá de compartir el diagnóstico, nadie hizo demasiado caso a las respuestas concretas que aquellos jóvenes debatían en las asambleas que se organizaban en las plazas.

Al fin y al cabo, las propuestas del 15-M, más que una ideología completa y coherente, no dejaban de ser un popurrí de ideas inconexas, tan genéricas como fragmentarias, tan bienintencionadas como superficiales, y algunas un tanto ingenuas: cambiar la Ley Electoral para tener listas electorales abiertas y circunscripciones únicas, abolir el Plan Bolonia, implantar la Tasa Tobin, desvincular totalmente la Iglesia del Estado y promover la memoria histórica y democracia participativa, etcétera. 

Más que aceptar las soluciones que aquellos jóvenes proponían los españoles valoraron lo que aquel 15M simbolizaba: el espíritu de un país que no se quedaba de brazos cruzados ante las injusticias

De hecho, más que aceptar las soluciones que aquellos jóvenes proponían, los españoles valoraron lo que aquel 15M simbolizaba en sí mismo: el espíritu de un país que no se quedaba con los brazos cruzados frente a las injusticias y que se movilizaba pacíficamente, dando un ejemplo al mundo de civismo. Muchos creyeron —o, más bien, quisieron creer— que una puerta de esperanza se abría en un país atenazado por el paro: aquel mayo del 2011, la tasa de desempleo era del 20,7% y, entre menores de 25 años, del 45,3%. Muchos pensaron que quizás todo podría cambiar a partir de entonces. Que los políticos recapacitarían. 

¿Qué consiguieron?

Se equivocaron, como ahora sabemos. Visto desde la perspectiva que da el tiempo, ahora sabemos que el 15-M fue un símbolo maravilloso, potente y entusiasta, pero un mero símbolo al fin y al cabo, un mayo del 68 a la española, algo que se recordará en los libros de historia, a lo que se dedicarán canciones e himnos, pero que formará parte de una mitología cultural y estética más que de cambios políticos concretos. 

Lo del mayo del 68 no es una comparativa fortuita: el 15-M fue un movimiento totalmente pacífico (nada de barricadas y estudiantes lanzando adoquines a la policía como en París), pero ambos no dejaban de ser, en el fondo, formas de protesta de estudiantes y profesionales universitarios muy bien formados e, incluso en muchos casos, provenientes de clases muy acomodadas. 

En teoría, el mayo del 68 fue una revolución marxista, o eso decían sus protagonistas, una revuelta del proletariado para arrebatar el poder a la burguesía. O, cuanto menos, para acabar con la asfixiante moralidad burguesa (el verdadero motivo del mayo del 68 fue poder tener relaciones sexuales más abiertas).

Sin embargo, no era el proletariado quien luchaba contra el capital, como había imaginado Marx, sino que fueron los universitarios de familias bienestantes quienes decidieron «rebelarse» o, más bien, dedicarse a discutir «cómo hacer la revolución», como provocar «un cambio en la manera de pensar». No era el pueblo llano, proletario, sino los hijos de los burgueses clamando contra el sistema y discutiendo sobre filosofía existencialista. 

El perfil del 15M fue parecido al de Mayo del 68… Su carácter es intelectualmente elitista

El perfil del 15-M fue bastante parecido y, precisamente, una de las grandes críticas que se le ha hecho es su carácter intelectualmente elitista. Muchas de las ideas y de las propuestas estaban claramente sacadas de tertulias izquierdistas de universidad más que de peticiones reales de las clases menos favorecidas. En realidad, nunca se llegó a conectar del todo con ningún movimiento fuera del ámbito estrictamente universitario y tan sólo las plataformas de vivienda y de afectados por las hipotecas pudieron atraer a personas fuera de los círculos de la Complutense en el campus de Somosaguas. 

Otro error que el 15-M cometió —como también cometió antes el mayo del 1968— es que, más allá de cuatro proclamas aisladas, no había un objetivo claro más allá del genérico “cambiar el sistema”. No había líderes, no había estructura, no había una hoja de ruta definida. Hubo indefinición e incoherencia desde el principio y nadie sabía exactamente cómo derrocar al “bipartidismo”, una de sus grandes peticiones, o como acabar con la corrupción. Al final, todo acabó en saco roto, esfumándose, porque tampoco había nada al principio más allá de cuatro deseos bienintencionados. 

La irrupción de Podemos

La prueba más fehaciente de que aquello no iba a ninguna parte la tuvimos enseguida, al cabo de unos días, cuando la derecha barrió en las elecciones municipales. A los jóvenes del 15-M se les había olvidado —si es que alguna vez lo habían tenido en cuenta— que el mayo del 68 acabó precisamente con una victoria incontestable de la derecha: en las elecciones legislativas de junio, a pesar de que la izquierda pensaba arrasar, la Union pour la défense de la République, el partido de Charles De Gaulle se llevó el 46% de los votos en la segunda vuelta y obtuvo el 60% de los escaños, 293 diputados, muy alejados de los 61 que obtuvo el siguiente partido más votado, el Partido Comunista. 

Por si fuera poco, un año después del 15-M, la Plataforma Democracia Real Ya acabó despedazándose víctima de luchas internas. El Partido X, la fuerza política que se supone que iba a emerger del 15-M, nunca consiguió alzar el vuelo. No fue hasta que no apareció Pablo Iglesias y su grupo de amigos de la Complutense, que el cabreo y la indignación se pudieron vehicular hacia el Congreso. 

No dejaba de ser una ironía. Aquellos chavales de Sol que decían «no nos representan», que no querían más líderes ni siglas y que postulaban las organizaciones asamblearias, horizontales y sin ningún tipo de estructuras, acabaron aceptando que debían transformarse en un partido tradicional, con todo lo que ello implicaba, para poder tener impacto. 

La historia que sigue es de sobra conocida. Tras unos éxitos iniciales, los errores de diagnóstico, las disputas internas, la emergencia de un nuevo napoleonismo y la pérdida de votos, Podemos y, con él, el espíritu del 15-M ha quedado prácticamente sepultado. 

Diez años más tarde, del 15-M no queda más que un bonito pero fugaz recuerdo. Y una placa, en la Puerta del Sol, donde se recuerda con orgullo que «Dormíamos, Despertamos».

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