Cayetana Álvarez de Toledo, la diputada más polémica, habla en el número de diciembre de Vanity Fair tras su cese como portavoz del Partido Popular y demuestra, de nuevo, que nadie ni nada consigue silenciarla. En esta edición de la revista hace referencia a muchos de sus grandes momentos y detractores, sobre todo Pablo Iglesias. También analiza a la monarquía y la decisión de Pablo Casado de apartarla de su rol como portavoz de los Populares.

Señalada como «trumpista», «aznarista», «radical» y «facha», admite que “¿y quién no lo es? Hasta el bueno de Serrat. Si hoy no te llaman facha, no eres nadie”, señala. Solo hay un término que le molesta, extranjera: “Revela la xenofobia que anida en todo nacionalismo, no solo el separatista. Es un rescoldo de nuestro origen tribal y debe ser combatida”, sostiene a Vanity Fair.

“El PP ha recibido dos golpes, se rompió por un lado y se rompió por otro”, admite. Sin embargo, la exportavoz cree que su partido se enfrenta al mayor reto de su historia, de ahí que sea necesario “defender la democracia, integrar a liberales, conservadores, socialdemócratas, a personas del progresismo ilustrado y otras que se marcharon desencantadas a Vox.

Cayetana Álvarez de Toledo, en la edición de diciembre de Vanity Fair.

Para Cayetana «de la política han desaparecido los intelectuales, los últimos fueron los fundadores de Ciudadanos, pero decidieron entregar el partido a políticos profesionales», admite.

Considera a Isabel Díaz Ayuso como «una mujer valiente que no rehúye el conflicto, lo encara. Y esto es importante. En la vida se puede ser muchas cosas excepto un cobarde».

Díaz Ayuso es una mujer valiente que no rehúye el conflicto, lo encara. En la vida se puede ser muchas cosas excepto un cobarde.

cayetana álvarez de toledo

Cayetana cree que su mayor logro político es haber llamado a Pablo Iglesias «por su título», aunque también ha acuñado el término de Burro de Troya para referirse al vicepresidente segundo del Gobierno. Sobre su destitución, afirma «que se han dicho muchas cosas», pero la más «abracadabrante» fue que «había atacado a la monarquía».

Admite que Carmen Calvo tenía «la fea costumbre» de no contestarle, pero que «se salió por la tangente invitándome a un café. Yo le respondí que encantada, pero en público, para que todos los españoles pudieran escuchar y opinar. Y, claro, no hubo café».

Asimismo, cree que el único término apto para todos sus detractores es el de rubia, «en eso estarían de acuerdo unos y otros», apunta.