Internacional ALEJO SCHAPIRE, AUTOR DE 'LA TRAICIÓN PROGRESISTA'

"La izquierda identitaria actúa como una policía moral, una nueva Inquisición"

Los polos identitarios se retroalimentan y cuestionan la sociedad abierta liberal, ahora amenazada

Imagen Alejo Schapire con su libro La Traición progresista

Las páginas de La traición progresista (Editorial Península) son fruto de una ruptura sentimental. Así lo reconoce el periodista Alejo Schapire (Buenos Aires, 1973) en la introducción de su ensayo en el que afirma que «la izquierda identitaria actúa como una nueva Inquisición». Recién publicado este mes de marzo, en 24 horas se agotó la primera edición. Ha puesto el dedo en la llaga.

Schapire se considera un huérfano de la izquierda y su libro se dirige a «quienes han comprobado azorados cómo la izquierda que ayer luchaba por la libertad de expresión en Occidente hoy justifica la censura en nombre del no ofender; esa que ayer comía curas ahora se alía con el oscurantismo religioso en detrimento del laicismo…; esa que a la liberación sexual responde con un nuevo puritanismo, que de la lucha contra el racismo ha pasado a alimentar y justificar… el antisemitismo».

Esa izquierda ha cambiado «a la clase trabajadora por las minorías», a juicio del autor. De esta manera, se configura un nuevo paisaje ideológico con dos polos identitarios e iliberales que presionan contra el legado de la razón, la libertad y el antitotalitarismo. Bienvenidos al siglo XXI.

Caza de brujas

Estamos viviendo acontecimientos que recuerdan la caza de brujas promovida por el senador Joseph McCarthy contra los comunistas en Estados Unidos. ¿Cómo se explica que la editora de Teen Vogue, Alexi McCammond, tenga que dimitir porque hace diez años publicara un tuit que se considera racista hacia los asiáticos? Pidió perdón y lo retiró, pero la presión fue descomunal. ¿Y el hecho de que el traductor al catalán de Amanda Gorman sea descartado por no ser mujer afroamericana? Antes renunció la traductora en Países Bajos. Así estamos.

Luego nos extraña que Donald Trump, identitario como el que más, abandere a los supremacistas blancos y les transmita el mensaje de que están siendo oprimidos y marginados. En el mundo de las paradojas es un millonario como Trump el que sabe cómo llegar a los trabajadores víctimas de la globalización.

No es de extrañar que el traductor de Dostoiveski al francés dijera que le recordaba cuando algunos rusos deducían que no podía entender el alma rusa por ser judío»

«Amanda Gorman es la joven poeta negra que actúa en la ceremonia de clausura de lo que se considera el horror de la izquierda identitaria, la Presidencia de otro identitario, Donald Trump. Inaugura esta nueva era del bien, encarnada por Joe Biden, con un mensaje muy aplaudido por los medios. Su traductora en los Países Bajos renuncia porque no tenía el color de piel apropiado para hacer una traducción y en Cataluña ocurre lo mismo con un traductor. No es de extrañar que el traductor de la obra de Dosteivski al francés dijera que le recordaba cuando algunos rusos le reprochaban que no podía entender el alma rusa por ser judío», explica Alejo Schapire, en conversación telefónica desde los alrededores de París, donde reside.

A quienes no comulgan con estos preceptos se les difama y condena. Así le ha pasado a la actriz de The Mandalorian. Gina Carano comparó en sus redes sociales a los republicanos con los judíos en el Holocausto. Perdió su trabajo. En España la escritora Lucía Etxebarría denuncia acoso e intentos de agresión por oponerse a la ley trans, que abandera la ministra de Igualdad, Irene Montero.

Ni siquiera se salva CK Rowling, la autora de Harry Potter, quien en 2019 defendió a Maya Forstater, una mujer británica que ha emprendido una batalla legal contra sus jefes por haberla despedido por decir que solo existen dos sexos biológicos, hombre y mujer, y que biológicamente hablando, es imposible cambiar de sexo.

Rowling escribió un tuit en el que decía: «Vístete como quieras. Llámate como quieras. Acuéstate con cualquier adulto de forma consentida. Vive tu vida lo mejor posible en paz y a salvo. ¿Pero obligar a las mujeres a dejar su trabajo por afirmar que el sexo es real? #YoEstoyConMaya #EstaNoEsForma». Varios autores dejaron su agencia literaria en protesta por esta opinión.

Es una izquierda que etiqueta y aprisiona en un casillero de por vida. Una izquierda antiuniversalista y opresora. Una izquierda regresiva.

Estos sectores de la izquierda identitaria ejercen una superioridad moral como antes lo hacía la Iglesia. «Actúan como una nueva Inquisición. Son una policía moral en universidades y medios. Desde ahí cancelan a quienes les contradicen. Vivimos un macartismo. No es un pasatiempo inofensivo. A la gente le cuesta perder su empleo, o convertirse un paria entre sus amigos. Es muy dañino y lo peor es cómo se normaliza», comenta.

Incluso pequeñas diferencias de opinión son tomadas como fallas morales e intelectuales, inaceptables crímenes de pensamiento»

lucía martínez valvivia

Según denunció Lucía Martínez Valdivia, en su universidad, el Reed College de Oregon, priman las «posturas absolutistas y el supremo reino binario: pro o anti, radical o fascista, ángel o demonio. Incluso pequeñas diferencias de opinión son tomadas como fallas morales e intelectuales, inaceptables crímenes del pensamiento que cancela cualquier cosa que puedas decir». Así lo relataba en un artículo de 2017 en The Washington Post del que se hace eco Shapire.

Universidades como Berkeley empiezan a valorar si invitan o no a un conferenciante conservador en virtud de los gastos que genera la seguridad necesaria. Por ejemplo, Berkeley dedicó 600.000 dólares a proteger un acto del conservador Ben Shapiro. Una quinta parte de los estudiantes considera que es aceptable usar la fuerza física para silenciar a alguien que haga declaraciones ofensivas o hirientes, de acuerdo con un estudio de John Villaseñor, investigador en The Brookings Institution.

Antisemitismo e islamofobia

Schapire sufrió su primer shock cuando en el periódico de izquierdas donde trabajaba no estaban de acuerdo en que publicara un artículo en el que había investigado sobre el antisemitismo y su relación como reflejo del conflicto árabe-israelí.

Esa primera decepción aumentó cuando al escritor iraní Salman Rushdie le dieron la espalda intelectuales de izquierdas al ser condenado a muerte por una fatua por haber escrito los Versos Satánicos. Y llegó a un punto de no retorno cuando esa izquierda identitaria no defendió con claridad a Charlie Hebdo al publicar las caricaturas de Mahoma. La sede del semanario humorístico fue escenario de un sangriento atentado el 7 de enero de 2015, en el que murieron 12 personas.

En Francia, con larga tradición como cuna de la Ilustración, se libra una batalla contra la izquierda identitaria. Schapire, que empezó el ensayo centrándose en Estados Unidos, pronto se dio cuenta de que el fenómeno es global. «El ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, acaba de decir que habría que prohibir las reuniones que convoca el sindicato estudiantil Unef porque en función de tu piel te dejan o no entrar. Es muy representativo de lo que está ocurriendo», explica Schapire. Blanquer ha denunciado en varias ocasiones la complicidad de la izquierda radical de este sindicato con el islamismo radical.

Esta izquierda regresiva ha abandonado su razón de ser, apoyar la libertad de expresión, la emancipación… Ha remplazado al obrero por las minorías étnicas»

«Esta izquierda regresiva ha abandonado su razón de ser, apoyar la libertad de expresión, la emancipación… Ha remplazado al obrero por las minorías étnicas. Es una nueva izquierda enamorada de la censura. Que está todo el tiempo en una cruzada neopuritana. Se han convertido en los principales enemigos de la libertad de expresión en Occidente y se han aliado con las peores teocracias y todo en nombre del antiimperialismo estadounidense; nada dicen del chino o del musulmán», afirma.

Según Schapire, el presidente francés, Emmanuel Macron, al principio dudó. Llegó a decir que, como hombre blanco, no podía opinar sobre las políticas que podrían aplicarse en las banlieu. Pero ha rectificado y ahora es un claro defensor del universalismo francés.

«Macron entiende los que subyace. Sabe que son ideas que vienen de la universidad anglosajona. Ha decidido plantarse. Con la militancia islamoizquierdista en las universidades, algo real, tiene que ver con la interseccionalidad del discurso descolonialista encarnada por los racializados que hacen de su identidad étnica su principal bandera. Prima la idea de que el blanco heterosexual es culpable de todos los males y los racializados son las víctimas. Todo aquel que trabaja en otra línea es perseguido», señala Schapire.

Así funciona este nuevo orden moral que se ampara en «un archipiélago de identidades en pugna», que incluso pone en cuestión los derechos humanos. Hasta los cuentos clásicos son objeto de revisión o censura. También las películas infantiles. O clásicos del cine como Lo que el viento se llevó, que se interpreta como un filme promotor del racismo. Todo ha de ser políticamente correcto.

También el lenguaje, que se concibe como «una construcción social opresiva que legitima el orden patriarcal». Desde los gobiernos progresistas se fomenta el llamado «lenguaje inclusivo», que en realidad acaba siendo «exclusivo» y limitante.

Como si el lenguaje construyera la realidad, y al cambiar un género acabaras de raíz con la violencia doméstica. Señala Schapire «cómo es justamente en sociedades en la que el llamado lenguaje no sexista impera donde la mujer es sometida a formas más violentas, discriminatorias e invisibilizadoras del patriarcado».

El autor se refiere al lenguaje inclusivo del Islam, o al japonés, que no tiene diferencia de género en la escritura, mientras la mujer en Japón está por detrás de los avances logrados en Occidente. Y al contrario, el islandés es muy conservador, pero no su sociedad, una de las más igualitarias del mundo.

En defensa de la libertad con humor

El sistema funciona a través de la intimidación de modo que los moderados suelen optar por salir del circuito para evitar que les califiquen de racistas o fascistas.

«Los dos polos identitarios se retroalimentan. Y cuestionan la sociedad abierta liberal. La perdedora es la sociedad abierta, que pretende utilizar la razón, la duda, y es antidogmática», apunta Schapire.

Hay que crear un movimiento de sentido común, de exigencia de debate, y mostrar las contradicciones porque si no siempre ganan esos polos identitarios»

La salida empieza por «rehabilitar una sociedad abierta que se someta a la crítica». ¿Como salir? «No hay que ceder a la intimidación. Hay que crear un movimiento de sentido común, de exigencia de debate, de exigencia de demostración de las teorías, y mostrar las contradicciones, porque si no, los que ganan son esos dos polos funcionales para alternarse en el poder», señala el autor de La traición progresista, que insta a escuchar a las víctimas de estos movimientos identitiarios y a «dar la batalla de las ideas».

Schapire propone la transgresión más clásica. «Hemos de rehabilitar el humor. El humor es lo primero que ha perdido la izquierda. Los humoristas se han convertido en nuevos curas. Hay que recurrir al humor para poner en ridículo a estos nuevos puritanos. El humor es transgresor y tiene un poder muy sexy. No todo está perdido».

Comentar ()