«Dadas las condiciones adecuadas, cualquier sociedad puede darle la espalda a la democracia». De esa premisa parte Anne Applebaum (Washington, 1964) en su último libro publicado en España, El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo (editorial Debate). La periodista estadounidense, muy vinculada por razones familiares a Polonia, parte de que el autoritarismo atrae a quienes no toleran la complejidad pero arraiga gracias a una élite intelectual que se coloca al servicio de los líderes que se apartan de la tradición liberal.

«Pretenden redefinir sus naciones, reescribir los contratos sociales y a veces alterar las normas de la democracia para no perder nunca el poder», escribe Applebaum sobre esa nueva derecha quiere «derrocar, sortear o socavar las instituciones existentes, destruir todo lo que existe».

Sus ejemplos más sólidos son los Kaczynski en Polonia y Viktor Orban en Hungría. Pero en su obra también encuentra tintes de esa deriva en un narcisista Boris Johnson que se alza con el poder gracias a las mentiras vertidas para que triunfe el Brexit o un Trump que gobierna a golpe de tuit.

Orban y Kaczynski, los demagogos

En el mundo hay versiones distintas de Estados unipartidistas iliberales, como sería la Rusia de Putin, a ojos de Applebaum. Ley y Justicia y el Fidesz húngaro son los dos únicos partidos iliberales que tienen el monopolio del poder en Europa. Tienen en común su afán por destruir las instituciones independientes y su escaso respeto a la separación de poderes.

Anteponen el «patriotismo» a la meritocracia la competencia política y el libre mercado. Una opción que cuenta con muchos seguidores. Curiosamente utilizan el anticomunismo como eslogan pero tienen a su servicio a ex comunistas que les rinden culto.

«El resentimiento, la envidia y sobre todo la creencia que el ‘sistema’ es injusto, no solo para el país, sino para uno mismo, son sentimientos predominantes entre los ideólogos nativistas de la derecha polaca», escribe Applebaum.

Coloca en la voz del periodista Jaroslaw Kurski, quien fuera secretario de prensa de Lech Walesa, una descripción demoledora de Jaroslaw Kaczynski, líder de Ley y Justicia, y ex primer ministro.

«Es un maestro en la intriga, en las campañas difamatorias… En su pensamiento político no existe nada parecido a los accidentes… Su palabra favorita es conspiración». Sigue obsesionado por la muerte en accidente aéreo de su hermano gemelo, Lech Kaczynski, quien fuera presidente de Polonia, en abril de 2010.

Tanto en Hungría como en Polonia los partidos en el poder no tienen reparos en difundir mentiras, como lo hacía Trump en Estados Unidos. Si Trump se pasó años dando ala a la idea de que Obama no había nacido en EEUU, Kaczynski alienta la teoría de la conspiración sobre la muerte de su hermano gemelo en el vuelo a Smolensk y Orban engrandece la figura del multimillonario George Soros como si fuera un gran hacedor que todo lo puede. A Soros le atribuye el propósito de inundar Hungría de inmigrantes para así borrar de la faz de la tierra a los nacionales húngaros.

El método Orban funciona: habla de temas emotivos, conviértete en defensor de la civilización occidental, de ese modo nadie advertirá las corruptelas en tu país»

anne applebaum

Según Applebaum, «el método de Orban funciona: habla de temas emotivos, conviértete en defensor de la civilización occidental, especialmente en el extranjero, de ese modo nadie advertirá el nepotismo y las corruptelas en tu país».

Tanto Trump como Kaczynski y Orban recurrieron a teorías conspiranoicas para movilizar a sus seguidores. En estos momentos de ocaso democrático todo vale. En palabras de Applebaum, «quienes pueden aceptar teorías como la conspiración de Smolensk, pueden aceptar cualquier cosa».

La deriva llega a tal término que simplemente por aceptar esa teoría cualquiera queda acreditado para tener un puesto en el gobierno o en cualquier institución pública. «Para quienes se convierten en guardianes del Estado unipartidista, la repetición de esas teorías conspiranoicas también trae otra recompensa: el poder», señala la autora de El ocaso de la democracia.

Boris, el fabulador

Anne Applebaum conoce gracias a su trabajo como periodista, historiadora y por su vínculo marital a muchos de los protagonistas de la política de Occidente en el siglo XXI. En el retrato que hace de ellos combina la cercanía que le da el trato personal con el análisis de su trascendencia política. Es el caso de Boris Johnson, que estudió en Oxford con su pareja y con quien luego coincidió en Bruselas cuando era corresponsal del Daily Telegraph.

A Boris Johnson, le describe la periodista como un narcisista dado a la fabulación desde que fue corresponsal en Bruselas cuando se dedicó a difundir un relato antieuropeísta y populista que luego fue el preludio de su posterior campaña pro Brexit. Su mensaje llegó a los ingleses por ese sentimiento de comunidad superior que permanece desde su época de hegemonía colonial, una nostalgia de esa Inglaterra que dictaba las normas. Para un grupo relevante de conservadores defender ese papel privilegiado de Inglaterra en el mundo está por encima de la causa de la democracia o el libre comercio.

Mucha gente ha hecho hincapié en el descomunal narcisismo de Johnson, así como en su no menos notable pereza. Su tendencia a la fabulación es un hecho establecido

En concreto, escribe Applebaum sobre Boris Johnson: «… mucha gente ha hecho hincapié en el descomunal narcisismo de Johnson, que de hecho resulta devastador, así como en su no menos notable pereza. Su tendencia a la fabulación es un hecho establecido… Pero no tiene sentido negar que posee una extraña forma de carisma, cierta genialidad que atrae a la gente y la tranquiliza, así como la capacidad de captar intuitivamente el estado de ánimo de una multitud».

Y recuerda una conversación en la que Boris Johnson no veía posible un referéndum sobre la salida de la UE. «Nadie quiere salir de la UE. Las empresas no quieren. La City no quiere. Eso no va a pasar». Era entonces alcalde de Londres, y liberal. También cómo creía que ganaría el no al Brexit, si bien lo apoyó (aunque dudó qué le sería más rentable) porque hacerlo «le convertiría en un héroe entre los conservadores euroescépticos».

Había dicho Johnson que no se postulaba para ser líder conservador pero si le llegaba el balón, lo atraparía. Y sí fue. Era el gracioso capaz de devolverles el sentimiento de superioridad. Applebaum dixit.

Para la periodista Boris Johnson no tenía en principio interés en socavar el Estado. «Pero el nuevo mundo político creado por el Brexit, ganar requería dar pasos inusitados. Había que forzar la Constitución al límite, había que purgar de escépticos el partido tory, había que cambiar las reglas. Y en otoño de 2019 empezó a cambiarlas»

El vasco que quería hacer España más grande

El caso español merece capítulo aparte: Applebaum se hace eco de la visión del Darth Vader español, Rafael Bardají, y retrata a Vox como «el primer movimiento político español postfranquista diseñado deliberadamente para atraer a esa parte de la población a la que inquieta la polarización del país». Y destaca esta cita de Rafael Bardají: «La política se está convirtiendo en una guerra por otros medios; nosotros no queremos que nos maten, tenemos que sobrevivir… En la política actual el ganador se lo lleva todo».

A Bardají le conoce por su relación con el American Enterprise Institute, laboratorio de ideas conservador donde su marido, el ex ministro polaco de Exteriores Radoslaw Sikorski dirigía un programa. Y Bardají le reconoce que fue el inspirador del anuncio de Santiago Abascal como ese vasco que es capaz de «hacer España más fuerte». Era la campaña de junio de 2016. Entonces la pregunta era por qué nadie votaba a Abascal.

Destaca cómo la estrategia de Vox en 2018 fue «utilizar las redes sociales para crear un sentimiento de unidad en torno a un movimiento que no existía aún». Les dio sus frutos. Hace alusión al recurso a hashtags como #EspañaViva.

Tres años más tarde, Vox lograba una sólida representación parlamentaria. Applebaum observa cómo en Vox reinaba el optimismo antes de las elecciones mientras los otros partidos eran escépticos. Evoca cómo una de las razones de su ascenso el hecho de haberse convertido «en el único partido que daba voz a un nacionalismo español de carácter estridente y antiseparatista».

Según Applebaum, «los ingredientes de Vox eran temas que se habían dejado al margen, que otros habían ignorado o subestimado, como la oposición al separatismo catalán y vasco; la oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo; la oposición al feminismo; la oposición a la inmigración, especialmente a la musulmana; el enfado por la corrupción, o el hastío por la política dominante».

Lo que ofrecía Vox no era una ideología, sino una identidad, cuidosamente seleccionada, envasada para consumo fácil y lista para ser impulsada en una campaña viral

Y concluye: «Lo que se ofrecía no era una ideología, sino una identidad, cuidadosamente seleccionada, envasada para consumo fácil y lista para ser impulsada en una campaña viral».

La obra de Applebaum parte con una celebración navideña con amigos de los que se distancia 20 años más tarde por la deriva de la democracia polaca. Tras descubrir cómo esa destrucción de la democracia también ha arrasado con esos lazos personales, la periodista se pregunta si es posible la amistad con personas que tienen en común toda una serie de ideas y pensamientos ajenos, como lo hizo en 1937 el escritor rumano Mihail Sebastian.

Y termina el libro con otra fiesta, esta vez en verano, que alberga cierta esperanza. Al ver cómo se relacionan gentes de diversa condición con naturalidad, se plantea cómo «las identidades de la mayoría de la gente se extienden más allá de esta simple dualidad. Es posible estar arraigado a un lugar y, sin embargo, abierto al mundo. Es posible interesarse por lo local y lo global al mismo tiempo».

Y son los jóvenes quienes quizá sean los precursores de algo nuevo y mejor, siempre que la pandemia no encamine a nuestra civilización hacia la anarquía.