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Habla el exilio ruso en España: "Putin es un enfermo"

Tres disidentes rusos afincados en España relatan su oposición a la guerra. "Yo diferencio a Rusia de Putin. Soy rusa y no tengo vergüenza de decirlo", dice Alisa desde Barcelona

Alisa Sibirskaya, una joven rusa afincada en Barcelona, con una pancarta que reza "Putin es un asesino".

Alisa Sibirskaya, una joven rusa afincada en Barcelona, con una pancarta que reza "Putin es un asesino". E.I.

Alisa Sibirskaya recuerda la soledad que durante meses merecieron sus proclamas contra Vladimir Putin y los oligarcas rusos a los que hoy persiguen las sanciones occidentales. “Íbamos al puerto de Barcelona a protestar contra sus yates. Era nuestro modo de lanzar un grito de socorro y de denunciar que el resto de propietarios tenía como vecinos a agresores y asesinos en serie”, relata Alisa, una fotógrafa oriunda de Siberia afincada desde hace tres años en la ciudad Condal. La joven es uno de los rostros de un exilio ruso en España que pide el protagonismo y la palabra en plena invasión rusa de Ucrania.

“Entonces nadie nos quería escuchar. Se optó siempre por que los intereses económicos prevalecieran. Nadie nos hizo caso hasta ahora, aunque ya es un poco tarde porque hay una guerra en curso, víctimas y muertos. Aunque más vale tarde que nunca”, replica Alisa. Cuando el conflicto entra en su tercera semana, El Independiente ha reunido a tres voces de la disidencia rusa que han optado por buscar refugio seguro en España. En los tres casos, abandonaron Rusia a lo largo de la última década, empujados por el creciente cerco a las libertades públicas que el régimen de Putin ha impuesto intramuros del país.

La guerra contra la vecina Ucrania ha exacerbado la persecución a la maltratada oposición política. Al cierre de los últimos medios de comunicación independientes se ha unido la censura de internet o la detención de más de 13.000 personas y manifestantes en protestas antibelicistas. En la enésima vuelta de tuerca, una nueva ley castiga con hasta 15 años de prisión la difusión de “noticias falsas” sobre el ejército. “Ni siquiera está permitido llamar guerra a la guerra. Se están difundido unas mentiras increíbles en el interior de Rusia”, denuncia Ivan Pustovalov, un periodista ruso que aterrizó hace dos años en Barcelona, donde ha solicitado asilo político.  

Ivan preside Russia Tomorrow, una asociación establecida recientemente que aspira a ser la voz del exilio ruso en la geografía española. En nuestro país residen 79.485 rusos, según estadísticas oficiales. El reportero reconoce hallarse aún en «shock total». “Pensé que no podía ser cierto que hubiera comenzado la guerra contra un país. Es todo una sinrazón”, explica. Un sentimiento de incomprensión que también firma Arseni Maximov, un psicoanalista que ha convertido Cataluña en su residencia permanente. “Lo estoy viviendo con mucha angustia, desesperación e indignación”, murmura.

Angustia e indignación

Arseni Maximov, ruso residente en Barcelona, durante una manifestación en contra de la invasión de Rusia.
Arseni Maximov, ruso residente en Barcelona, durante una manifestación en contra de la invasión de Rusia. E.I.

Rusia se encamina hacia la catástrofe y me temo que no veo ninguna salida digna

Arseni Maximov

“La actual situación política es la peor desde los tiempos de la Unión Soviética. Hace un año con la detención de Alexei Navalny o hace siete con la anexión de Crimea parecía que no podíamos ir a peor pero hoy sabemos que sí. Lo que sucede en Rusia es una pesadilla”, comenta Arseni. “Creo que Rusia se encamina hacia la catástrofe y me temo que no veo ninguna salida digna”, confiesa quien recuerda sus días como activista político en Moscú. “Las protestas en Rusia no han llegado nunca al número crítico de participantes. Siempre hemos sido una minoría, porque muchos tienen miedo. En mi última etapa en Moscú no siempre salía a la calle porque me daba mucho miedo que me detuvieran o me encarcelaran. Hay que ser muy valiente para poder salir”.

La comunidad rusa que se opone a los dictados de Putin y sus acólitos comenzó a agruparse hace un año, en plena convulsión por el arresto de Alexei Navalny a su llegada a Moscú procedente de Alemania, donde había sido tratado por un envenenamiento sufrido en 2020 del que acusa a las autoridades rusas. “Nos conocimos en una manifestación por el encarcelamiento de Navalny y desde entonces hemos mantenido las protestas, denunciado, por ejemplo, la actuación en Barcelona de artistas que apoyan las acciones de Putin”, rememora Alisa. La contienda ha multiplicado ahora las convocatorias, a las que también acude la diáspora ucraniana.

Alisa Sibirskaya, con la pancarta "Hijo de Putin".
Alisa Sibirskaya, con la pancarta «Hijo de Putin». E.I.

Un ejercicio de empatía que derriba el muro informativo impuesto en los confines de Rusia. “Tengo la suerte de poder hablar con ucranianos y conocer su posición. Es también la mía. Lo que está pasando es una guerra, no es una misión de paz ni de liberación. Puede sonar surrealista decir esto pero así están las cosas en Rusia”, detalla Alisa, inquieta por las repercusiones, entre ellas, una “rusofobia” al alza.

«Putin no es Rusia»

“Yo diferencio a Rusia de Putin. Soy rusa y no tengo vergüenza de decirlo. Me he armado de valor y también afirmo que Putin no representa a mi país”, señala. Arseni, en cambio, se reconoció hace años en las aspiraciones ucranianas. Viajó a Kiev en 2014, con el eco de las manifestaciones pro europeas de Maidán. “Fui testigo de la alegría del pueblo que había ganado una lucha política importante. Era lo que Hannah Arendt llama la felicidad pública. A mí me produjo mucha emoción estar ahí en Maidán y hablar con esa gente que había logrado cambiar un gobierno que consideraba que no les representaba”.

“Ahora cuando veo que mi gobierno está pisoteando todos los avances que el pueblo ucraniano ha conseguido con sangre, mucho esfuerzo y por la voluntad de millones de personas me parece terrible. Es como el fin del mundo porque ese giro hacia Europa y esa ruptura con la Unión Soviética y con su legado y la política del Kremlin suponía un salto importantísimo para el pueblo ucraniano. Y ahora los quieren devolver al pasado”, dice atormentado Arseni.

El fin del régimen de Putin será con sangre

Ivan Pustovalov

El despliegue castrense en Ucrania marca, para la oposición rusa en España, el inicio de la esperanza del cambio. “El futuro de Rusia es una caída libre al abismo. Se está convirtiendo en una nueva Corea del Norte o Irán, compartiendo ese mismo aislamiento internacional”, opina Alisa. A juicio de Arseni, la invasión es una huida hacia adelante. “Una guerra siempre le va bien al gobierno en situaciones en las que pierde el apoyo del pueblo. Y sabemos que la popularidad de Putin y de su partido ha caído muchísimo en los últimos años. Este conflicto es una respuesta para volver a ganarse a la opinión pública”.

Rusia se está convirtiendo en una nueva Corea del Norte o Irán, compartiendo ese mismo aislamiento internacional

Alisa Sibirskaya

Para Ivan, el ardor guerrero de quien ha lanzado a los soldados rusos más allá de sus fronteras dibuja “un régimen imposible en nuestro siglo”. “Espero que el fin del régimen suceda lo más rápido y pronto posible porque es un país demasiado grande e importante para vivir aislado y asistido únicamente por China. Los rusos están acostumbrados a un estilo de vida marcado por las fronteras abiertas”, augura el periodista.

La caída final, pronostica, estará alimentada por las bajas en el campo de batalla. “Por desgracia en los próximos meses veremos el regreso de militares muertos y también el de soldados que comprenderán que en Ucrania no hay nazis ni fascistas sino el deseo de defender su propia tierra”.

En cualquier caso, el reportero considera que “el fin del régimen de Putin será con sangre”. “Es imposible predecir qué sucederá”, añade Alisa, convencida de que debe cancelar “sine die” cualquier viaje de regreso a su Siberia natal. “Si Putin fuera una persona sana mentalmente, se podría prever cómo va a actuar pero Putin es un enfermo y está arruinando su propio país y le da absolutamente igual. Es irracional y carece de lógica. Es un peligro”, concluye.

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