Internacional

La faraónica capital de Turkmenistán donde se reunirán los posibles aliados de Putin

Monument to President Gurbanguly Berdymukhammedov, Ashgabat, Turkmenistan.
Estatua del Presidente Gurbanguly Berdymukhammedov, en Asjabad

A 18 km de la antigua capital del imperio Parto, Nisa, se yergue Ashgabat, la capital de Turkmenistán. Conocida por sus excesos arquitectónicos en mármol blanco, sus calles van a convertirse en el epicentro del futuro en las futuras conversaciones de la geopolítica euroasiática. El Consejo de Jefes de Gobierno de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) se reúne en una cita donde Moscú se prevee que hará gala de su poder diplomático en las antiguas ex-repúblicas soviéticas, así como de sus ambiciones logísticas de Asia Central. 

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La ciudad decorada con mármol

La elección de Turkmenistán como país anfitrión se debe principalmente a la fastuosidad de su capital, utilizada como una vistosa carta de presentación global. Gobernada por uno de los regímenes más herméticos, autoritarios y centralizados del planeta (suele compararse con frecuencia con el de Corea del Norte), Turkemistán es oficialmente es una república presidencialista, pero en la práctica funciona como una autocracia con tintes dinásticos.

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Detrás de la solemnidad de la cumbre se esconde un escenario que roza el surrealismo cinematográfico. Ashgabat es una ciudad que se ha convertido en un delirio urbanístico financiado a golpe de "gasodólares" que incluso ostenta un récord Guinness por su densidad de fachadas de mármol blanco italiano. En sus avenidas, impolutas y de seis carriles, se erigen toda clase de excentricidades arquitectónicas, como la noria cubierta más grande del mundo, estatuas presidenciales de oro que giran buscando el sol y una estricta ley que prohíbe circular en coches que no sean de color blanco.

Arco de la Neutralidad en Ashgabat, con la estatua dorada del dictador Saparmurat Niyazov en la cúspide.

Sin embargo, lo que más impacta del perfil de la capital no es su opulencia faraónica, sino su atmósfera de ciudad fantasma. Para un visitante, el centro de la urbe se parecería mas a un decorado multimillonario casi desprovisto de peatones que a una ciudad convencional. Un escenario ideal para realizar una reunión entre la alta diplomacia exsoviética, que se cita en el más lujoso y silencioso de los aislamientos.

Un Kremlin que busca oxígeno en su “patio trasero”

Desde el inicio de la guerra en Ucrania y el consiguiente cierre de puertas por parte de Occidente tras las sanciones comerciales, Rusia ha tenido que reavivar relaciones diplomáticas mirando hacia Oriente. Los foros de la CEI, la alianza que agrupa a algunas de las antiguas repúblicas soviéticas, se han convertido en el escenario perfecto para que el Kremlin demuestre que conserva aliados estratégicos y que el bloque regional sigue bajo su influencia. 

En esta ocasión, Rusia estará representada por su primer ministro, Mijaíl Mishustin, viaja con la misión de afianzar lazos con un bloque diverso y complejo de naciones entre las que se encuentran: Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, además de Azerbaiyán y Armenia (en constante equilibrio geopolítico). De esta manera, el papel de Turkmenistán (el anfitrión neutral) se convierte para Moscú en un escenario donde exhibir músculo regional y contrarrestar el relato del aislamiento internacional.

Además, Turkmenistán posee la cuarta reserva mundial de gas natural según UNECE (United Nations Economic Commission For Europe), una riqueza que ahora busca rentabilizar al máximo ante un nuevo escenario energético global. El régimen turcomano aspira a erigirse como el centro energético definitivo, conectando los flujos de Asia Central, Rusia, Irán y el sur de Asia.

El «corredor transcaspiano»

Más allá de las fotografías oficiales y los discursos de fraternidad postsoviética, el verdadero núcleo de las conversaciones se centrará en la diversificación logística. Con las rutas comerciales tradicionales hacia Europa afectadas por las sanciones, la mesa de negociaciones de Ashgabat pondrá el foco en el desarrollo de rutas alternativas.

El proyecto que más resuena en la agenda es el «corredor transcaspiano», un megaproyecto de transporte diseñado para conectar de forma directa China y Kazajistán (los gigantes comerciales de la región), las regiones del mar Caspio y el Cáucaso con Europa.

    Para los países de Asia Central, este corredor representa una oportunidad para alcanzar su independencia comercial con respecto a las redes controladas por Moscú y para Rusia, supone una vía alternativa indirecta para mantener su el flujo comercial hacia los mercados globales. Una paradoja donde la necesidad mutua supera las tensiones que subyacen entre países.

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