Puigdemont lo está consiguiendo. Necesita evitar a toda costa que se produzca el 1-O, ese referéndum del Quimicefa en el que los ciudadanos están llamados a imprimirse en casa sus propias papeletas. Sólo así se ahorraría el ridículo de reconocer ante sus votantes que fue incapaz de dotar de ninguna legitimidad a la consulta prometida. Pero el president necesita desesperadamente que sea Rajoy el que se lo impida para quedar libre de culpa. Y está cada vez más cerca de lograrlo.

Se han llenado de nuevo a las calles a una multitud enfervorecida, esta vez con la inestimable ayuda de la Guardia Civil. Los independentistas seguramente agradecerán, al menos en la intimidad, la detención de la cúpula de Junqueras tras varios días haciendo méritos para ello.

La última Diada no había logrado batir ningún récord de participación (con 800.000 personas menos que en vísperas del 9-N). Y el bochorno político vivido en el Parlament hace dos semanas cuando aprobó la Ley de Transitorietat estaba empezando a desactivar las ganas de votar no sólo de los indecisos, que son muchos, también del independentista decepcionado con la poca seriedad con la que su Govern estaba gestionando el procès.

De ahí el hábil cambio de estrategia de la Generalitat. Viendo peligrar la movilización popular, único placebo que le queda para suplir la falta de legalidad, Puigdemont lleva unos días dejando claro que está incumpliendo las leyes que no le vienen bien. Sólo le ha faltado gritarle Rajoy aquello de «la manga riega, que aquí no llega».

Puigdemont necesita convertir la Plaza de Catalunya en la de Tahrir

El presidente del Gobierno no le ha decepcionado. Y apenas dos días después de advertir en Barcelona a la Generalitat: «Nos van a obligar a lo que no queremos llegar», el equivalente al «me duele más a mí que a ti» que decían las abuelas antes de quitarse la zapatilla, Rajoy ha llegado donde Puigdemont lo esperaba. En el enfrentamiento frontal del que ya no hay marcha atrás.

«Están a tiempo de evitar males mayores», ha salido a decir Rajoy en la Moncloa. ¿Qué espera el presidente? ¿Que le llame Puigdemont arrepentido y se entregue con las manos en alto? Copiándole las frases a Chuck Norris no vamos a salir de ésta, Mariano.

Así que Puigdemont, que a estas alturas sabe que con un referéndum que sólo tiene legitimidad a ojos de Julian Assange y Yoko Ono no va a ganar las próximas elecciones que tendrá que convocar el 2-O, necesita convertir la Plaza de Catalunya en la de Tahrir.  Y con los 41 registros, los 14 detenidos y la incautación de nueve millones de papeletas para el referéndum, está más cerca de conseguirlo. Se estará cumpliendo la ley, pero no se está solucionando un problema.