El líder del PSOE se siente como un púgil con una mano atada a la espalda. Justamente, la mano izquierda. Desde que comenzó el desafío independentista en Cataluña, Pedro Sánchez se ha volcado en la defensa del Estado de Derecho y la Constitución. El PSOE, pese a la resistencia de algún miembro del núcleo de confianza del secretario general, como la portavoz en el Congreso, Margarita Robles, apoyó la aplicación del artículo 155, que ha llevado a la destitución del Govern y a la disolución del Parlament. Con ello, ha ganado peso como hombre de Estado, ha acallado las críticas de Susana Díaz, pero también ha perdido perfil como alternativa de gobierno.

Por eso ha hecho saber a su equipo que, aunque en las elecciones catalanas ya se va a percibir un distanciamiento con el PP, la gran ofensiva opositora se lanzará tras el 21-D. Su deseo de volver a la carga contra el gobierno con toda la artillería se percibió el pasado sábado en las reuniones del Consejo Político (órgano que reúne a los líderes territoriales) y del Comité Federal que tuvieron lugar en Madrid. Sánchez cargó contra Mariano Rajoy y su “legado de cenizas” (copiando el título del libro de Tim Weiner sobre la negra historia de la CIA).

A cuarenta días del 21-D, el PSC tiene por delante la campaña más difícil de su historia reciente

Sánchez firmó la tregua con el presidente para afrontar juntos el desafío del soberanismo tras el verano. A cambio, logró que Rajoy aceptara la creación de una Comisión en el Congreso para poner en marcha la reforma constitucional, algo que tampoco parecía posible con el PP en el gobierno antes de que Carles Puigdemont decidiera poner patas arriba Cataluña.

Desde septiembre, las relaciones Rajoy/Sánchez han sido fluidas y la comunicación continua. Nada que ver con aquel crispado debate electoral de diciembre de 2015 en el que el secretario general del PSOE le dijo al presidente: “Usted no es decente”.

El consenso, que se evidenció durante el tenso debate de los días 6 y 7 de septiembre, jornadas en las que el Parlament aprobó la ley de referéndum y la ley de desconexión, ha sido sólido y ha aguantado situaciones difíciles, como la actuación policial durante el 1-O o la entrada en prisión de los ex consellers.

Cuando el presidente del gobierno puso sobre la mesa la aplicación del 155, una vez que el Parlament aprobó el pasado 10 de octubre la declaración unilateral de independencia (DUI) condicionada a una hipotética negociación, Sánchez sólo puso dos condiciones para comprometer su apoyo: que se optara por la versión menos dura del hasta ahora inaplicado artículo de la Constitución y que la convocatoria electoral se produjera cuanto antes. Rajoy aceptó y acertó. Hoy, con una cierta perspectiva, puede decirse que la mezcla del 155 y el 21-D, junto con la acción de la Justicia, han sido los elementos clave para desbaratar la ofensiva soberanista.

El horizonte para recuperar el pulso como oposición se fija justo tras las elecciones en Cataluña. A tan sólo cuarenta días del 21-D, el PSC tiene por delante la campaña más difícil de su historia reciente. Atacado por su derecha y por su izquierda, vapuleado por unionistas y separatistas, Miquel Iceta trata de hacerse hueco en una pugna de extremos en la que el choque ideológico no se dirime entre la izquierda y la derecha, sino entre los que quieren la independencia y los que defienden la unidad de España.

A pesar esa doble presión, las encuestas dan una apreciable recuperación al PSC, que podría situarse en 20 escaños. La cuestión es quién va a poder gobernar en un mapa tan fragmentado como el que dibujan las encuestas. Pregunto a un miembro de la Ejecutiva del PSOE: “El PSC no puede pactar con ERC ni con el PP”. Lo que le cuadraría a Iceta es algo que, hoy por hoy, parece casi imposible: un pacto a tres con Ciudadanos y con En Comú Podem. Como le gusta decir al líder de los socialistas catalanes: “Un acuerdo transversal”.

Algo que ya intentó Sánchez en 2016 con su acuerdo con Rivera para un gobierno de cambio, idea que arruinó la intransigencia de Pablo Iglesias. Un dirigente socialista lo ve como algo utópico: “Las relaciones con Podemos están muy mal. No es que Iceta no quiera; es que ellos no van a querer”. Tras la decisión de Ada Colau (votación mediante) de romper con el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona, esa opción aún parece más remota. Pero no imposible, porque todo lo que se haga de aquí al 21-D hay que interpretarlo en clave electoral y a la alcaldesa lo que le interesa es distanciarse del partido que ha ayudado al gobierno a aplicar el 155.

Sólo ante la posibilidad -poco probable- de que se conforme un gobierno independentista en Cataluña que quisiera volver a repetir la ofensiva contra la Constitución, el PSOE se replantearía su calendario para volver a reabrir las hostilidades contra el PP con todas sus consecuencias.

“Nuestros votantes han entendido muy bien que apoyando el 155 no respaldábamos al gobierno de Rajoy, sino al Estado de Derecho. Pero estamos deseando volver a la carga: ni muertos queremos dar oxígeno a un gobierno del PP”, remarca un miembro de la Ejecutiva.

Sánchez ha comprobado que su respaldo a la unidad de España le ha dado cierto rédito electoral. Pero, como demuestra la última encuesta del CIS, la subida en intención de voto con ese discurso tiene un techo. El conflicto de Cataluña está ocultando otros aspectos que son los que pueden dar más visibilidad al PSOE.

Sánchez ha comprobado que su respaldo a la unidad de España le ha dado cierto rédito electoral

“Tenemos una batería muy potente de propuestas económicas y sociales que queremos sacar adelante tras las elecciones catalanas. En definitiva, queremos que los ciudadanos nos vean como una alternativa real al gobierno del PP, cosa que ahora no sucede porque Cataluña lo tapa todo”, añade otra fuente de la dirección socialista.

“No es que ahora no estemos haciendo oposición en el Congreso; se han presentado muchas propuestas en temas sociales, de educación y de empleo, pero mientras el foco esté en Cataluña es como si el resto de la actividad política no existiera”, puntualiza un destacado miembro del Grupo Parlamentario Socialista.

El PSOE va a proponer un presupuesto alternativo y va a llevar adelante en el Congreso su iniciativa de rescate para jóvenes. Ese será el comienzo de la ofensiva.

Pero donde se va a producir el enfrentamiento más duro será en la Comisión para el estudio de la reforma constitucional. El PSOE quiere incorporar a la ponencia a Podemos y a los nacionalistas catalanes y vascos, a lo que se resiste el PP. Sánchez no se fía de que los populares quieran entrar a fondo en una reforma constitucional que, según su criterio, debería revisar a fondo el modelo territorial. El secretario general socialista cree que en el PP hay una facción ultraconservadora muy potente que pretende recentralizar competencias, lo que está en contradicción con la creación del Estado federal que pretende el PSOE.

El pacto Sánchez-Rajoy tiene, en efecto, fecha de caducidad: el 21-D. A partir de ese día, el líder del PSOE volverá a liberarse de su mano izquierda. Y, si Cataluña lo permite, la vida política volverá la normalidad.