El movimiento independentista sólo ha demostrado eficiencia en la convocatoria de manifestaciones y en el uso de dinero público y de las instituciones para recabar apoyo social a sus tesis.

Sus líderes han provocado una profunda fractura social, han hecho un daño incalculable a la economía y han pisoteado la imagen de España para lograr un objetivo que ahora reconocen que estaba fuera de su alcance ¿Se puede actuar de forma más irresponsable?

Pero ni siquiera en la rectificación tienen un mínimo rasgo de honestidad. Cuando el portavoz de ERC, Sergi Sabriá, reconoce que “el Govern no estaba preparado para la independencia” no está aceptando que la Hacienda catalana no estaba lista para cobrar los impuestos, o que no se tuviera previsto cómo pagar el desempleo o las pensiones, o que tampoco tuvieran previsto que nadie en Europa reconocería la república catalana, sino que echa mano de la “represión y la violencia del Estado” para justificar la improvisación de la que ha hecho gala la Generalitat desde las elecciones de 2015.

¿Eso qué significa? ¿Qué nos quieren decir los dirigentes de ERC? ¿Que si el gobierno no hubiera puesto en marcha el artículo 155, que si los jueces y fiscales no hubieran hecho su trabajo, que si las fuerzas de seguridad hubieran permanecido inertes en su cuarteles, Cataluña podría haber puesto en marcha su república independiente?

En el fondo, esa declaración es una forma implícita de reconocer que el golpe no estaba destinado a cumplir la finalidad de crear un nuevo Estado, sino a forzar al Estado, o sea, al gobierno de España, a negociar desde una posición de sumisión.

La rectificación falaz de ERC es coherente con la posición de Carme Forcadell de aceptar ante el Supremo el 155 y el carácter “simbólico” de la declaración de independencia. También la ex presidenta del Parlament podría argumentar: “Yo facilité la declaración de independencia, pero, ante la actitud represiva del Estado, tuve que aceptar los límites que marca la Constitución”.

No es descartable que el propio Puigdemont vuelva a España para presentarse ante la Justicia. Un disfraz de “preso político” no le vendría mal para ganar votos

De repente, es como si todos se hubieran despertado de un épico sueño. En esa línea de desvergüenza hay que situar también las arremetidas de la alcaldesa de Barcelona contra las “mentiras” del Govern. Como le ha reprochado Josep Borrell: “¿Cuando descubrió Colau que el ex president había engañado a la gente?”

En el relato de las imposturas queda ahora saber qué hará precisamente el ex president. Carles Puigdemont ya ha dicho que se presentará a los comicios del 21-D como cabeza de lista de una nueva coalición, Junts per Catalunya, que albergará en su seno al PDeCAT -como partido zombi- para no perder ni subvenciones ni espacios electorales en los medios públicos.

Hasta hace unas horas, Puigdemont se presentaba a sí mismo como “presidente legítimo de Cataluña”. Ahora competirá en las elecciones con ERC y la CUP, partidos que le auparon a ese puesto, pero que han sido los primeros en arrebatarle, sin decirlo, esa legitimidad.

Puigdemont debería responder a algunas simples preguntas:

1ª¿Reclamará Oriol Junqueras su puesto como president si ERC logra, como parece, alzarse con la victoria el 21-D?

2ª Si sale elegido como diputado, ¿planteará en el Parlament la vigencia de las leyes de Referéndum y Transitoriedad, declaradas nulas por el Constitucional?

3ª ¿Les exigirá a sus ex consellers que no sigan la vía Forcadell para eludir la prisión si su caso, finalmente, recala en el Supremo?

No le pidamos peras al olmo. Ya Puigdemont ha comenzado a virar con una entrevista en Le Soir en la que apunta que “otra solución que no sea la independencia es posible”.

En plena precampaña no es descartable que el ex president abandone su refugio en Bélgica y se presente en España para comparecer ante la Justicia. Por supuesto, a sabiendas de que ingresaría en prisión. Sabe que, si quiere ganar votos, no le vendría mal disfrazarse de “preso político”. En todo caso, sería por poco tiempo. Siempre podrá optar por la vía Forcadell. Todo es posible en la política catalana. Si los independentistas no han machacado ya a Forcadell, llamándola “traidora”, después de su aceptación de la legalidad española, es porque su camino podría ser transitado por todos los ex consellers. Siempre podrían alegar que es para “recuperar las instituciones”. El fin justifica los medios.

Desnudo del oropel que da el poder, el independentismo ha devenido en un movimiento liderado por oportunistas y aventureros. Hasta para ser rebelde hace falta algo de grandeza, virtud de la que carecen todos los que han llevado a la Generalitat al más bochornoso de los ridículos.