Podemos atribuir a Alberto Núñez-Feijóo el dudoso honor de haber abocado a su partido a una guerra fraticida por no haberse atrevido a presentar su candidatura a presidir el PP.

Si el presidente gallego hubiera sido más valiente, si no hubiese pensado por encima de todo en su comodidad personal, hoy no estaríamos hablando de la cruenta batalla que se producirá de cara al Congreso extraordinario del partido y que, probablemente, se prolongue si la crisis se cierra en falso.  Esos y otros parecidos son los lamentos que escucho en boca de dirigentes del partido de todas las tendencias, incluido algún miembro del comité de dirección.

Esto era lo que Mariano Rajoy quería evitar, que la pugna interna y silenciada con dificultad durante seis años entre la vicepresidenta del gobierno y la secretaria general del PP emergiera como un volcán en plena erupción. Pero no ha podido evitarlo, entre otras cosas porque él mismo se encargó de que su eterno delfín no se lo creyera demasiado.

Núñez-Feijóo era el “hombre de consenso”, el favorito al que el aparato estaba dispuesto a apoyar con todas sus fuerzas para taponar cualquier vía de agua. Cuando el lunes los dirigentes populares de fuera de Galicia vieron el escenario que había preparado el presidente de la Xunta para anunciar su decisión, casi como si de una boda se tratase, pensaron que iba a dar el paso adelante que todos, empezando por Rajoy, le habían pedido que diese. Pero no. En un discurso farragoso y autocomplaciente, Ñúñez-Feijóo anunció, a su alambicada manera, que se quedaba en Galicia, para, argumentó: “No traicionarme a mí mismo”. La dirección popular está que trina con él.

Al PP le esperan tiempos difíciles. Ni Santamaría ni Cospedal tienen intención de pactar si consiguen el triunfo en un Congreso dividido

La guerra, pues, está servida. Cospedal ha medido sus fuerzas y cree que el militante comprometido, el que paga sus cuotas, el cargo público o el que aspira a serlo, está con ella porque representa la esencia de lo que ha sido el PP desde la refundación de Aznar. Siempre dispuesta a defender a los suyos, implacable con los adversarios, fiel a Rajoy hasta en los últimos momentos del restaurante Arahy, en el que el todavía presidente ahogó sus penas en whisky.

Cospedal tendrá muchos votos, pero no tantos como para ganar por mayoría suficiente el Congreso.

La ex vicepresidenta del gobierno, por su parte, ha esperado también hasta el último momento para anunciar su candidatura. Sabía que la espantada de Núñez-Feijóo activaba de forma automática la candidatura de Cospedal y, por ello, decidió lanzarse a la arena. A primera hora del martes estaba llamando a alguno de sus ex colaboradores para darles la noticia y, de paso, pedirle ayuda en la dura campaña que comienza ahora.

Sánez de Santamaría cuenta con una reputación de buena gestora que ha acumulado durante las dos últimas legislaturas, mucho poder y mucha información. Si el Ibex pudiera votar en bloque, votaría por ella. Con los presidentes de grandes empresas, bancos y medios de comunicación, ha compartido mesa, mantel y confidencias que la convierten en persona fiable para sus intereses.

Si el Ibex pudiera votar, votaría por Santamaría, quien ha compartido confidencias con presidentes de empresas, bancos y medios de comunicación

Cospedal tiene a sus espaldas el legado de la corrupción, tal vez por haberse partido la cara contra su íntimo enemigo Luis Bárcenas. Y también pesan en su contra los dossiers que nunca han dejado de circular sobre los negocios de su marido, Igancio López del Hierro. Pese a ello, se lanza a la confrontación prometiendo “victoria, victoria y victoria”.

La ex vicepresidenta conoce secretos que podría utilizar en caso de emergencia. Mediáticamente le saca varias cabezas de ventaja a su contrincante, pero sabe que los que votan no aceptarán una guerra sucia interna por el poder. Estaremos atentos a ver si vence la sensatez o la venganza.

“Lo peor vendrá el día después” -confiesa un diputado y ex alto cargo-, “porque ninguna de las dos va a propiciar la conciliación tras el triunfo”. Y concluye: “Lo que necesita el partido es unidad y renovación y ni Soraya ni Cospedal garantizan ninguna de las dos cosas al PP”.

En esta situación de equilibrio inestable, si Pablo Casado mantiene su candidatura, sus  apoyos pueden resultar vitales para inclinar la balanza hacia uno u otro lado. La decisión del vicesecretario general de Comunicación del PP ha sido, sin duda, valiente. Sobre todo, teniendo en cuenta la peripecia judicial de su máster. Inhabilitado, de momento, para liderar el partido, si el horizonte se despeja, Casado podría ser hombre clave en las turbulentas aguas del Partido Popular.

De las tutelas se ha pasado en el PP a la batalla en campo abierto. Es la democracia. Que también implica capacidad para pactar y negociar. Algo que, a priori, parece descartado en Génova.