Lo que sucedió ayer en el parlamento de Cataluña es de una gravedad sin precedentes que altera todo el panorama político del independentismo pero también puede favorecer la estrategia del presidente del Gobierno en relación con este asunto. Ayer se rompió la frágil unidad que desde hace a muchos meses los secesionistas se han esforzado en aparentar, aunque la realidad que subyacía a esa apariencia era muy diferente y estalló definitivamente este miércoles.

Lo que se puso de manifiesto es el muy diferente planteamiento que ERC, una parte de JuntsxCat y, dentro de ese conglomerado, el PDeCat, tiene de cara al futuro. Y lo que se vio es que el fugado Puigdemont está dispuesto a mantener a Cataluña entera, con todos los catalanes, independentistas y constitucionalistas, dentro de una espiral de confrontación máxima liderada por él y por los suyos más fanáticos.

No ha entendido que la resolución del tribunal alemán no le ha juzgado y, por lo tanto, no le ha podido absolver. Simplemente se ha pronunciado contra su entrega por el delito de rebelión pero nada de eso le exime de responsabilidades penales en España si el Tribunal Supremo español decide no mantener activa la euroorden porque entonces él no podrá entrar en España sin correr el riesgo de ser inmediatamente detenido y juzgado por los delitos que el alto tribual determine. Es decir, que Puigdemont en España no ha quedado absuelto ni muchísimo menos, con lo cual su pretensión de volver a ocupar la presidencia de la Generalitat de la que fue descabalgado por la aplicación del artículo 155 es una quimera, como lo es su sueño de dirigir Cataluña desde Berlín o desde la estratosfera.

Puigdemont se siente absuelto por un tribunal que no es español y por eso está intentando organizar un nuevo asalto a las instituciones

Pero él se dice absuelto por un tribunal que no es español y por eso está intentando organizar un nuevo asalto a las instituciones montando un nuevo partido o “movimiento” llamado la Crida Nacional por la República para presentarse a unas nuevas elecciones anticipadas -por convocatorias electorales que no quede- y por eso no está dispuesto a admitir de ninguna manera que otros partido como ERC se sometan a las órdenes del tribunal español que obliga a suspender la actividad de los diputados inhabilitados y sustituirla provisionalmente por otros hasta que se emita sentencia sobre los procesados. Hay que añadir que una de las que se supone que eran defensoras de su figura política, Elsa Artadi, se ha apresurado a aclarar que el apoyo del presidente racista Quim Torra a la idea de la Crida es una “posición personal” que no implica al Govern. Porque la realidad es que la tal Crida que él propone para su uso personal no les gusta ni a los suyos.

Esta es la clave del choque brutal que se produjo ayer en el parlamento catalán: que Puigdemont está dispuesto a volver a ser presidente de la Generalitat sea como sea porque se considera absuelto del delito de rebelión -una conclusión delirante- y, por tanto, libre de inhabilitación alguna. Su problema es que entre los independentistas, también dentro del PDeCat, hay un número creciente de políticos que están hartos de él y de sus extravagantes maniobras. Y eso es así porque una parte del independentismo ha concluido ya, por fin, que su enloquecida escalada en pro de la secesión y de la soñada república independiente se ha estrellado contra la realidad y contra el Estado de Derecho que es España y ha optado por empezar de nuevo el camino pero, eso sí, no saltándose la ley porque ya han comprobado el precio que tiene hacerlo: la cárcel. Por eso ERC y una parte, no toda, de JuntsxCat está dispuesto a acatar las órdenes del Supremo, algo a lo que los recalcitrantes del líder Puigdemont se oponen porque saben que esa vía es una vía muerta para su jefe, un hombre que ha perdido definitivamente todo sentido de su propia realidad.

Su problema es que entre los independentistas, también dentro del PDeCat, un número creciente de políticos están hartos de él y de sus extravagantes maniobras

La primera consecuencia práctica de esta discrepancia de fondo, que va mucho más allá de si la Mesa del Parlament llega o no a un acuerdo sobre si la suspensión se aplica a los seis diputados o sólo a los cinco que hoy siguen en prisión provisional -y que a tenor de lo manifestado por la nueva Fiscal General del Estado, van a seguir en ella hasta que termine el juicio y haya sentencia- porque resulta que los hay que pretenden que el señor Puigdemont quede exento dado que ha sido “absuelto” del delito de rebelión ¡por un tribunal regional de Alemania! La primera consecuencia de esta discusión es que el pleno del parlamento ha quedado suspendido y lo previsible es que sus sesiones no se reanuden hasta entrado el mes de septiembre. Porque sucede que uno de los que no está dispuesto a desobedecer a los tribunales es el presidente de la Cámara y por eso el señor Torrent está a un minuto de ser acusado de traidor a la causa por parte de los fanatizados fieles al líder huido. Lo que hay que ver.

Y esto es lo que resulta intolerable. Una cámara de representación popular no puede acompasar su actividad a las necesidades y a las imposiciones de uno de sus diputados que, para mayor inri, está fugado de la justicia española. Esa cámara de representación está obligada por ley a cumplir su función esencial que es la de abordar los problemas de la ciudadanía para tratar de darles respuesta. Y, sin embargo, hace ya demasiado tiempo que asistimos al escandaloso espectáculo de un parlamento literalmente paralizado y sólo pendiente de las cuitas y ahora de los enfrentamientos de los independentistas. El resto de los diputados, que son los representantes por cierto de la mayoría de la  población catalana, están paralizados en su actividad esencial que es la de proponer, discutir y en su caso aprobar leyes en beneficio de los ciudadanos que les han elegido. Y eso es denunciable ante todas las instancias.

La segunda consecuencia de lo vivido ayer es que el secesionismo está ya puesto definitivamente ante su propio espejo y no puede continuar engañándose a sí mismo y mucho más a sus seguidores. Las grietas que vemos porque se exhiben ya a la luz de todos, tienen que abrirse definitivamente o, de lo contrario, los independentistas se arrastrarán consumiéndose eternamente entre sus contradicciones y sus autoengaños y llevarán a Cataluña definitivamente al desastre.

En esta crisis del secesionismo tiene Sánchez la oportunidad de oro de jugar con tino para salvar por mucho tiempo esta brecha abierta en España

Este fin de semana el PDeCat celebra un muy difícil  congreso y muchos de sus miembros temen que los fieles a Puigdemont intenten reventarlo porque lo que al fugado de la justicia le conviene es la vorágine, el lío, el desconcierto, que es donde él y los suyos creen que pueden ganar esta partida que en realidad ya se les ha ido a todos ellos de las manos. La crisis del secesionismo ha alcanzado una profundidad que ya no es capaz de tapar ninguna estrategia y ningún acuerdo. Se están aproximando dramáticamente a la hora de la verdad. Es decir, o se someten al imperio de la ley como todo ser civilizado y actúan dentro de sus márgenes o insisten en volver por segunda vez al sabotaje de la legalidad lo que les asegura un nuevo y estrepitoso fracaso como el que ya han sufrido, además de un  daño extraordinario y quizá irreversible a Cataluña y, en consecuencia, a España entera. Y de cómo se sustancie esa crisis dependerá el futuro de Cataluña pero también el de España entera.

Y ahí tiene el presidente del Gobierno Pedro Sánchez la oportunidad de oro de jugar con tino y con inteligencia para intentar salvar por mucho tiempo esta brecha hondísima que los independentistas catalanes han abierto en España. Pero debe elegir bien a sus interlocutores y el punto exacto en el que aplicar la palanca.