Eso es lo que no ha tardado en hacer el presidente del gobierno, llevándole la contraria al Supremo y decidiendo por la vía más expeditiva -decreto- que el impuesto de las hipotecas lo paguen los bancos.

Cuando se trata de entender lo que está pasando en España, podría resultar útil preguntar, sin perfidia, de manera que alguien pudiera responder: “¿estamos en una cultura de satisfacción inmediata y del me merezco todo sin esfuerzo, lo que forma parte del proceso de destrucción del Estado?”.

Uno no sabría cómo acertar para emprender la construcción del relato, si de arriba abajo o al revés. Lo cierto es que, en el plazo de apenas una semana, se han lastimado o desplomado piezas esenciales de la loriga del Estado.

El ayuntamiento de la segunda ciudad de España ha reprobado al Rey, sin más refutación que la alerta del republicano Manuel Valls; los abogados del Estado, sin comerlo ni beberlo y a cuenta del juicio al procés, han dejado abundantes pelos en la gatera, en tanto que la justicia ha recibido dos varapalos simultáneos: uno a propósito del cambio de jurisprudencia en la fiscalidad de las hipotecas y un revolcón, otro más, del tribunal de Estrasburgo.

Uno no sabría cómo acertar para construir el relato, si de arriba abajo o al revés

Tras una votación ceñida, la inmediata respuesta a la marcha atrás del Supremo ha sido un edicto populista convocando manifestación ante la sede del tribunal, como si este hubiera participado en la hechura de la norma o en su aplicación. La eterna separación de poderes. Con lo fácil que hubiera sido plantear, a tiempo, la idoneidad del impuesto y los sujetos pasivos.

Como toda codicia, la voracidad recaudatoria arruina cualquier decisión inteligente. En 20 años, ningún gobierno ha cuestionado su conveniencia o utilidad, si bien es cierto que las diversas administraciones precisan de una extracción cuantiosa para cumplir con la agenda social, costear la miríada de subvenciones o hacer frente al fraude sistémico. Y esto tiene que ver tanto con la decadencia económica como con el ocaso del modelo de gobernanza de nuestra sociedad.

La jerarquía judicial, politizada por su sistema de elección, está sujeta al cuestionamiento de partidos, medios y redes sociales, al tiempo que victima de una formación que los expertos consideran deficiente. Junto a ello, algunas instituciones sociales están sujetas al trajín de los más desahogados. La educación malvive en manos de buen número de activistas, las fuerzas del orden carecen, en muchos casos, de medios adecuados y buena parte de las organizaciones humanitarias han ido mutando en remedio para satisfacer necesidades del poder o una forma de lograr el autoempleo.

La jerarquía judicial está sujeta al cuestionamiento de partidos y redes sociales

Pequeños grupos testimoniales acaban generando conflictos inexistentes gracias a la desproporcionada repercusión que logran en algunos medios de comunicación, sometidos al despotismo ilustrado de los más laboriosos.

Se ha perdido el respeto a las instituciones y al orden, por lo que flaquea la autoridad, excepto en lo que se refiere a la agencia tributaria, que cumple sus objetivos, aunque no acabe de meter mano a las furgonetas blancas de la economía sumergida.

Los grupos anti sistema, que han logrado neutralizar a la gente racional acogotándola, han conseguido definir el terreno de juego y que nadie sensato se quiera meter en política. Un éxito total para ellos. Este fardel conforma un árido panorama, propicio a la semilla de la satisfacción inmediata.

Lo más opuesto al sentido común y el discernimiento de Fernando Savater es el carlismo trabucaire, que no consigue hacer declinar su humor, “hoy quien está gobernando el país es el PSOE de garrafón”, aunque apedreen el autobús en el que va a Alsasua, “símbolo de una dejadez de funciones”, a echar una mano a los que están hartos de un “grupo de indeseables”.

Dice el pensador donostiarra que, a la vista de la ferocidad vigente, ha hecho camino la idea de que “es mejor mirar para otro lado, no mirar, el error fundamental de la política actual es querer contemporizar con quienes quieren lo contrario, imponerse a los demás”. Y de ahí, la disculpa de quienes optaron hace tiempo por la salvación individual y no quieren entretenerse en averiguar lo que pasa.

¿Ya no se piensa? A quien lo hace se le acusa de crispar, si es liberal

¿Esto es así porque ya no se piensa? A quien lo hace, se le acusa de crispar; si es liberal, se le estabula en la extrema derecha y al que no comulga con sus ideas, se le esputa el manoseado “fascista”. Así que lo que priva es la apacible condescendencia, compendiada en ese impío “esto es lo que hay”, tan del gusto de las últimas generaciones.

La cultura de la satisfacción inmediata puede ser la explicación más ajustada a lo que está ocurriendo: ceder a la apetencia inminente y no esperar la recompensa. La desazón social es grande y la angustia vital insoportable, por lo que resulta difícil escapar a ese estado emocional.

No es de extrañar que la carencia sea una deficiencia que, si no se satisface, pone en riesgo necesidades de todo tipo, lo que acentúa la insatisfacción. Cualquier cosa con tal de que los populistas no tomen la delantera, atiborrando de manifestantes disgustados la Plaza de la Villa de París, sede del Supremo.