El niño ante el mapa de los ríos, como si España fuera una taza rajada; ante el mural de las monocotiledóneas y dicotiledóneas, ese sexo de hadas que hacen las flores entre ellas; ante el compás grande de madera, como haciendo yunta entre hemisferios de navegante. El niño, también ante el crucifijo clavado varias veces, en la pared, en el aire, en la carne, en los ojos, pero sostenido al final sólo por su propia agonía. El niño ante una Virgen empantanada en flores y lágrimas, abarquillada de juventud, belleza y sufrimiento. El niño, quizá todavía muy niño, ante una gloria muy roída de caudillos y pajarracos, ante himnos maquinistas de la Verdad, ante una sangre granjera que parecía sólo sudor de las manos y orgullo cereal. El niño podía ser yo.
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