Tras la habitual comparecencia diaria liderada por Fernando Simón, el secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, anunció por sorpresa la aparición del ministro de Sanidad y del vicepresidente segundo.

La presencia de Salvador Illa no tenía mucho sentido, ya que lo que tenía que decir ya lo había dicho Simón unos minutos antes. Pronto nos percatamos de que, en realidad, él estaba allí sólo como coartada para darle a Pablo Iglesias su vital cuota de protagonismo.

Sí, la estrella de la mañana fue el líder de Unidas Podemos. Se notó desde el primer momento. Y no fue precisamente porque era la segunda vez en pocos días que rompía la cuarentena a la que está obligado.

Iglesias se arrogó sin empacho la autoría de lo que llamó el «escudo social» del plan de choque aprobado («que logramos aprobar», dijo) por el Gobierno el pasado martes.

El vicepresidente dijo que la austeridad ha quedado atrás, que esta vez no ocurrirá lo mismo que en 2008: «Esta crisis no la van a pagar los de siempre».

A medida que avanzaba su elocución, su exhibición de demagogia iba in crescendo. Rectificó incluso al presidente Sánchez, que lleva varios días insistiendo en que la crisis no distingue de raza, ni de naciones, ni de ideologías. Pues sí, ahora ya sabemos que el coronavirus sí «distingue entre clases sociales». Ni Karl Marx se hubiera atrevido a tanto.

El vicepresidente compareció para apuntarse un tanto «a nivel civilizatorio»: El Estado es la solución de todo

Como si estuviera en una asamblea de fábrica, Iglesias dio las «gracias a la clase trabajadora» por el esfuerzo que está llevando a cabo y se lanzó a alabar el «patriotismo de lo público». En una palabra, nos dio doctrina. Lo peor fue cuando quiso ponerse trascendente y aludió a lo que ha hecho este gobierno «a nivel civilizatorio»: «Sólo desde el Estado se puede dar una respuesta a las necesidades de la gente».

Desde su ignorancia, casi tan enciclopédica como su soberbia, se permitió el lujo de ser condescendiente con las Fuerzas Armadas, de las que ha descubierto su profesionalidad y añadió, así como el que no quiere la cosa, que está «asombrado» de la capacidad de la ministra Margarita Robles.

¿Pero no estábamos en guerra? ¡Cuánto echamos de menos en esta hora a los hombres de estado! Por favor, que nuestro vicepresidente segundo vea el vídeo de la intervención de Enmanuel Macron llamando a Francia a hacer un esfuerzo patriótico para superar esta situación. Macron, por cierto un liberal, que puso en marcha un programa de rescate de 300.000 millones de euros. No sé eso lo que significará «a nivel civilizatorio».

Iglesias ha dado su verdadera talla. Es incapaz de percibir la tarea que tenemos por delante. En lugar de pensar en unir a los ciudadanos recurrió a la retórica más ramplona para autojustificarse, para lucir en su pechera los «logros sociales» del Plan de Sánchez.

¿Se imaginan a Churchill apuntándose para su partido el sacrificio de los británicos frente a la amenaza nazi?

Flaco favor le hace el vicepresidente segundo a Sánchez, que, desde la declaración del estado de alarma, ha remontado algo el vuelo del liderazgo.

En lugar de presumir y sacar la cabeza a codazos para que se le vea, Iglesias debería pensar en la situación lamentable en la que están muchas residencias de ancianos; en la gente que está en sus casas sin saber si tiene el coronavirus porque no tiene forma de hacerse un test; en los médicos y enfermeros, que, por imprevisión de su gobierno, carecen de los medios más elementales para hacer frente a la pandemia, y en todos aquellos que, sin creerse héroes, cumplen todos los días con las recomendaciones que hace el gobierno, a pesar del mal ejemplo que nos da el vicepresidente segundo.

Viendo a Iglesias uno entiende que sí, que estamos en guerra. Pero en la guerra de Gila.