El proyecto europeo ha superado esta madrugada el segundo gran desafío al que se ha enfrentado tras la creación del euro. El primero tuvo lugar durante la crisis financiera, que puso en cuestión la existencia de la propia moneda única, y que salvó Mario Draghi con aquella frase que ha quedado grabada en la memoria de una generación: «Haremos lo que sea necesario». La salida de aquella situación desesperada, que se prolongó durante cuatro años, se saldó gracias a la compra de deuda soberana del Banco Central Europeo (BCE) y a los fondos que la troika repartió a cambio de duros ajustes.

Grecia, Irlanda y Portugal fueron intervenidos, perdiendo sus gobiernos la soberanía sobre la gestión de su economía. España recibió un préstamo de hasta 100.000 millones de euros para sanear su sistema financiero, contagiado por el virus de Bankia. Rodríguez Zapatero, primero, y después Mariano Rajoy tuvieron que aplicar durísimas medidas para cumplir las condiciones impuestas no sólo por Bruselas, sino por Estados Unidos y China.

Pero la crisis que afecta ahora a Europa es distinta. No tiene su origen en una crisis bancaria o inmobiliaria, tampoco en una guerra comercial, sino en una crisis sanitaria. Lo ha repetido de forma machacona el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, como un argumento inapelable: «Superamos ya los 600.000 muertos en todo el mundo».

Nos jugábamos mucho en la cumbre que se ha cerrado a las 5,30 de la mañana de este 21 de julio, que también figurará en grandes caracteres en la historia de esta Europa convulsa, y a veces contradictoria, pero que ha garantizado su continuidad y fortalecimiento a base de consenso.

Esa ha sido la clave de estos cuatro días de tiras y aflojas: el consenso. Lo que se pretendía era insólito. Combatir una pandemia que ha afectado a todos los países y que ha frenado en seco a sus economías con un plan de inversiones de un volumen extraordinario: 750.000 millones de euros.

Las cifras se nos escapan, pero hay que hacer un recordatorio sumario para valorar lo que se va a poner en marcha en los próximos meses: un presupuesto de más de un billón de euros; los 750.000 millones del plan de reactivación, más otro medio billón de distintos planes de ayudas a la sanidad y a la cobertura del desempleo. Total, un 17% del PIB europeo.

España podrá recibir en subvenciones 50.000 millones entre 2021 y 2022 para planes de inversión que tienen que recibir luz verde de Bruselas

El presidente del Gobierno lo calificó esta mañana como «un auténtico Plan Marshall«. Puede ser. Lo importante es que este acuerdo ha salvado el proyecto europeo y, probablemente, salvará también a sus economías si todo se hace correctamente.

La cumbre comenzó con mal pie. Los llamados países frugales (Países Bajos, Austria, Suecia y Dinamarca) pretendían eliminar casi por completo la parte del paquete que llegará en forma de subvenciones. España e Italia, los más afectados por la pandemia y, por tanto, los que más dinero van a recibir del fondo, protestaron ante lo que entendían que era una propuesta «egoísta». Bien es cierto que mientras el primer ministro italiano Giuseppe Conte mantuvo la tensión hasta el último minuto, Pedro Sánchez prácticamente se mantuvo en silencio, en lo que él mismo ha calificado de «escucha activa».

Michel y Ursula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea y autora de proyecto inicial del fondo) han hecho una gran labor para que la cumbre no concluyera en fracaso. Especial atención al papel de Angela Merkel, que es todavía la jefa indiscutible de la Unión; al de un activo Macron, que ha recuperado un poco su papel como coprotagonista, lo que le da oxígeno tras los reveses electorales en su país, y también al jugado por una mujer que, desde la trastienda, ha asegurado que todo funcionara a la perfección: Christine Lagarde, presidenta del BCE.

La solución final, como decíamos, y como no podía ser de otra forma, ha sido de compromiso: las subvenciones se han recortado de los 500.000 millones iniciales del plan de Von der Leyen a 390.000 millones. Los créditos, sin embargo, aumentan hasta los 360.000 millones, para contentar a los frugales.

Más importante que el volumen del fondo es que será la propia Comisión Europea, y no los países individualmente, quien se endeude para financiar el plan

Otra victoria a medias de los frugales es que se establece un mecanismo de seguridad para que los países que reciben ayudas no gasten el dinero a su antojo. El control lo tendrá la Comisión, pero si un país lo reclama, el asunto puede elevarse al Consejo Europeo. La decisión no será por unanimidad, sino por mayoría cualificada.

Para concluir, los frugales, y ¡ojo!, Alemania, tendrán un cheque de devolución de 52.000 millones por su aportación al plan de ayudas.

Sin embargo, lo más importante del acuerdo de esta madrugada, tal vez más incluso que el volumen del fondo, sea que, por primera vez, la Comisión Europea se endeudará para financiarlo. No son los eurobonos que pedía Sánchez, tampoco los coronabonos reclamados por el presidente de Francia, pero es algo que se le parece mucho. Es un auténtico mecanismo de solidaridad, ya que la deuda recaerá sobre una institución supranacional, la Comisión Europea, y no sobre cada país. Otra gran diferencia respecto a la crisis financiera de 2008/2012.

España recibirá un total de 140.000 millones; de ellos, algo más de 72.000 en subvenciones. Ese salvavidas se recibirá en seis años, pero se da la posibilidad de que el 70% pueda llegar entre 2021 y 2022. Es decir, que España podría solicitar unos 50.000 millones de ayudas a fondo perdido en los próximos dos años. Eso no es moco de pavo.

Ahora bien, ese dinero llegará siempre con la condición de financiar planes que tienen que recibir el visto bueno de la Comisión. No se podrán gastar en políticas que no se encuadren en las recomendaciones que se hagan desde Bruselas. Es un auténtico veto al populismo.

Sánchez tendrá que guardar en un cajón la abolición total de la reforma laboral de Rajoy y tendrá que asumir la reforma de las pensiones. Dos focos de conflicto con su socio de gobierno

Esa es la famosa condicionalidad, que siempre ha estado presente en la financiación europea.

Por otro lado, Sánchez tendrá que guardar en un cajón la abolición de la reforma laboral de Rajoy, que en su día recibió las bendiciones de Bruselas. Ese será, sin duda, un elemento de fricción con su socio de Gobierno, que insiste en derogar totalmente la legislación laboral vigente.

Otra cuestión que no figura en el acuerdo, pero que está en su espíritu, es que España va a tener que hacer reformas en su sistema de pensiones, uno de los más generosos de la UE.

En resumen, Europa puede sentirse satisfecha de este pacto del día de San Daniel, que ha salvado con angustia, como siempre, un proyecto que es esencialmente político. Sánchez también puede darse por satisfecho, aunque las repercusiones de este acuerdo le puedan quitar el sueño a su vicepresidente Pablo Iglesias.