España | Opinión

Pablo Iglesias, cazado en sus propias trampas

El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias. EP

A Pablo Iglesias le pueden salir muy caros dos errores cometidos casi simultáneamente y que ahora se vuelven contra él y contra su partido con la precisión de un bumerán. Al mismo tiempo, y por otras vías que no tienen nada que ver con las recorridas por los dirigentes de Podemos contra el antiguo coordinador del equipo legal de la formación morada y contra la supuesta «policía patriótica» que según Iglesias, había montado todo un operativo contra su partido, se le acaba de abrir una grieta de proporciones considerables en el Tribunal de Cuentas.

Lo primero es el intento de hundir la vida de un colaborador molesto pero con mucha información en la mochila, al que se pretendió sacar de la vida social mediante la iniquidad inaudita de acusarle de un delito de acoso sexual a una compañera de trabajo, la abogada Marta Flor Núñez, que aparecerá en otros episodios igualmente oscuros, indignos y quizá delictivos de un partido que había venido, según nos advirtió Iglesias en su día, a regenerar la vida política y la moral pública. Vaya.

La magistrada del juzgado de Instrucción nº32 de Madrid acaba de archivar la semana pasada la denuncia presentada por esta abogada de Podemos contra José Manuel Calvente por un supuesto acoso sexual que fue el motivo aparente por el que el responsable durante años del área legal de Podemos fue expulsado de su empleo.

El abogado ha podido demostrar que las acusaciones eran producto de un montaje pero el hecho de que una formación política que se declara radicalmente feminista y desmiente airadamente una y otra vez que existan denuncias falsas de mujeres por acoso y maltrato contra algunos hombres, acuda a semejante infamia da una idea del nivel de vileza en el que ha estado dispuesta a caer la cúpula dirigente de ese partido intentando destruir la vida de un hombre para lograr neutralizar toda la información de que la víctima disponía sobre las prácticas, de momento oscuras, ya veremos luego si también delictivas, de la cúpula de Podemos.

Liberado ya de esa carga acusatoria, el antiguo abogado de Podemos está suministrando informaciones muy jugosas a los medios de comunicación pero también ante los tribunales, porque José Manuel Calvente ha denunciado a su antigua empresa, Podemos, por financiación ilegal. Independientemente de si esa denuncia prospera en esos términos o se transforma en una investigación por malversación y administración desleal, el hecho es que Pablo Iglesias tiene ahora mismo abierto un complicado escenario judicial que no se limita a esa denuncia de su antiguo abogado.

En la Audiencia Nacional se dirime en estos momentos si él personalmente ha podido cometer un delito de denuncia falsa en relación con el caso del móvil supuestamente robado a su ex asesora Dina Bousselham. Detrás de este asunto está el magistrado Manuel García Castellón, que está pensando ahora si reclamar la competencia de las diligencia abiertas en el juzgado de instrucción de Madrid, pero no por la presunta financiación ilegal ni por la presunta malversación, como sugiere el atestado de la Guardia Civil, sino porque Calvente sostiene en sus declaraciones que él mismo se opuso a que Pablo Iglesias montara el numerito falsario del acoso de las cloacas del Estado contra su partido y contra él mismo.

Dice Calvente que él advirtió a los dirigentes políticos de Podemos de que aquello no se sostenía ni jurídica ni éticamente, a pesar de lo cual Iglesias y los suyos, optaron por desarrollar una campaña llamada Las cloacas del Estado puesta a punto por la consultora Neurona -que también aparece en los reproches contables emitidos por el Tribunal de Cuentas- en la que se exponen todos los mimbres para desarrollarla con éxito por tierra, mar y aire y sobre la que los podemitas montaron su estrategia para incrementar sus votos en los comicios de abril de 2019.

García Castellón tiene que estar, no sé si indignado pero sí muy, pero que muy molesto. Y tiene razón en estarlo. Porque no es sólo que Pablo Iglesias le intentara engañar con su versión -ya se ha visto que muy bien elaborada y minuciosamente planificada- de la «policía patriótica» de la que él se presentó como víctima. Eso no es lo relevante porque eso, intentar ofrecer al juez la versión más favorable para el acusado o para el acusador, es una práctica que se hace con extraordinaria frecuencia en los juzgados del mundo entero.

García Castellón no va a dejar sin examinar ni un solo de los resquicios que este comportamiento oscuro y ya veremos si también delincuencial de Iglesias haya dejado abierto

El problema es que García Castellón le compró la mercancía, ahora sabemos que muy averiada, y se lanzó a agradecerle expresamente a Iglesias que le hubiera aclarado la trama : «Efectivamente en el procedimiento que aquí se sigue, que usted conocerá por la prensa, respecto al señor Villarejo aparecen implicaciones del Ministerio de Interior muy serias, la investigación es muy amplia», le dijo el magistrado que creyó haber dado con el hilo conductor del robo del móvil y la publicación en algún medio de comunicación de algunos comentarios contenidos en su tarjeta.

Y, claro, ahora se siente toreado por un Pablo Iglesias perfectamente consciente de que le estaba vendiendo una burra ciega a su señoría y seguramente satisfechísimo de haberle llevado por el camino tramposo que él había previamente trazado con la ayuda de la consultora Neurona. García Castellón actuará como el juez que es, pero no va a dejar sin examinar ni uno solo de los resquicios que este comportamiento oscuro, manipulador y ya veremos si también delincuencial del jefe de Podemos haya podido dejar abierto.

Por eso es tan importante la información y el conocimiento que atesora el antiguo jefe del equipo jurídico de Podemos a quien Iglesias y los suyos intentaron tumbar en la lona de la manera más sucia posible: acusándolo de haber acosado sexualmente a una compañera del despacho.

Este hombre, José Manuel Calvente, la víctima de esa villanía, no se va a callar sino todo lo contrario: contará todo lo que sabe sobre las oscuras actuaciones de la cúpula de Podemos a quien le quiera escuchar. Por ejemplo, el episodio de esa consultora Neurona, inscrita en el Registro Mercantil tan solo 11 días antes de recibir el encargo de la campaña electoral de Podemos. Una consultora que dice Calvente que no tenía administrador y que estaba constituida por dos mexicanos que no residían en España.

Una consultora de la que dice el Tribunal de Cuentas que su objeto social «no coincide con las prestaciones contratadas» por Podemos. Pero que, para mayor inri, ha realizado trabajos para los dirigentes chavistas Evo Morales y Nicolás Maduro, representantes como todo el mundo sabe, de lo más granado de la transparencia y de la democracia en el mundo. Pero no sólo eso. El abogado expulsado por intentar meter la nariz y frenar las prácticas más que dudosas en las finanzas del partido morado está dispuesto a denunciar ante quien quiera escucharle todos los desmanes cometidos en las finanzas del partido.

En fin, todo muy edificante, como se ve, por parte del partido que nos iba a enseñar a todos como se gestiona con honestidad una formación política y, por extensión, los destinos de un país. Pero el problema de Iglesias no es únicamente, con ser ya enorme, el de la evidente pérdida de reputación por sus sucios manejos de tantas mentiras y de esas infamantes acusaciones a un colaborador que se convirtió en alguien peligroso y al que se intentó destruir por lo que sabía y por lo que pretendía indagar.

El problema de Iglesias es el que le amenaza desde los tribunales. Si el juez García Castellón reclama la competencia al Juzgado de Instrucción 42 de Madrid y acaba apreciando delito de denuncia falsa, el vicepresidente del Gobierno, que lo es a pesar de todos los oscuros episodios en los que está envuelto, no tendrá escapatoria.

Por mucho que se esconda detrás de la bandera republicana y la pasee por todas las calles de España, el Tribunal Supremo le estará esperando. Y eso significará su definitivo descrédito político.

No lo tiene nada fácil el vicepresidente, que ha caído y está irremisiblemente atrapado en las trampas que él mismo había tendido para otros.

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