«¡Hey! ¡Profesores! ¡Dejad a los niños en paz! A fin de cuentas, es sólo otro ladrillo en el muro». Hemos escuchado este estribillo tantas veces en inglés…The Wall (El Muro), la obra cumbre de Pink Floyd, se ha convertido en uno de los himnos de los 80 y es toda una referencia cultural para una generación que veía en el sistema a un enemigo implacable que trataba de tener todo bajo control. Las imágenes de aquel videoclip con escenas de animación «dalineana» y martillos desfilando se quedaron en nuestra retina para siempre.

En una sociedad como la inglesa, cuya famosa educación lo es precisamente por estricta, tuvo un excelente caldo de cultivo ese concepto de muro contra el que estrellarse, o quizá que derribar. En el Berlín recién liberado del 21 de julio de 1990 el lector puede adivinar qué tema musical resonó en vivo en las paredes de la puerta de Brandeburgo frente a 350.000 personas.

Tuvo un excelente caldo de cultivo ese concepto de muro contra el que estrellarse, o quizá que derribar

Todo esto viene de la mente creativa de alguien realmente especial que cumple años estos días llamado George Roger Waters (6 de septiembre de 1943) Si la muerte no llega a quedarse con su padre en la batalla de Anzio de la Segunda Guerra Mundial, probablemente no hubiera habido en él ese sentimiento pacifista e irreverente que le ha inspirado durante toda su vida. Ya con quince años diseñaba y colgaba carteles por el desarme nuclear y luchó desde el arte gráfico por evitar algo que no sabía que luego se llamaría bullying en su colegio.

Estudiar arquitectura le sirvió para conocer a otros miembros del fluído rosa como Nick Mason y Rick Wright, aunque ya en su época de instituto se topó con dos seres que influirían rotundamente en su vida: David Gilmour y sobre todo, Syd Barrett. Este último, en 1965, era el líder y cantante de una pequeña banda que, tras muchos derroteros, comenzó a llamarse The Pink Floyd Sound. Conocerse les cambió. Juntos hicieron posible la creatividad en su máxima expresión, a veces casi incomprensible, que se concretó en un disco revolucionario: The Piper at the Gates of Dawn (1967). El delirio se apoderó de Barrett justo después del éxito de ese álbum, convirtiéndole en un icono pop que también fue llamado «El diamante loco». Se marchó de la banda sin decir ni siquiera adiós, en medio de una nube lírica imposible, cediendo el puesto principal a nuestro Waters.

Juntos hicieron posible la creatividad en su máxima expresión, a veces casi incomprensible

Los cerdos volantes, los muros que se derriban en espectáculos delirantes, los grandes solos de guitarra, sus conflictos con David Gilmour, sus reconciliaciones, sus tres matrimonios, sus tres respectivos divorcios, sus tres hijos, y hasta sus últimas giras con paso obligado por España forman parte de una vida que aquí, sencillamente, sería insultante tratar de resumir.

Sin embargo, puedo elegir una escena que ha quedado grabada para siempre en la Historia del pop. El 5 de junio de 1975, en los estudios Abbey Road, la cuna de Beatles, Pink Floyd estaban mezclando una de las canciones de su gran disco Wish you were here (Me gustaría que estuvieses aquí) en claro homenaje al que fue su líder. En un momento en el que el tiempo pareció detenerse, Roger rompió a llorar. Hasta ese instante y durante horas no supo reconocer a aquel chico del fondo, con aspecto claramente desmejorado, que atendía la sesión de mezcla como si la música fuera para él. Y realmente lo era. Nadie salvo Waters fue capaz de identificar el hondo vacío de los ojos de Syd Barrett en aquella habitación.