¿Qué está pasando políticamente en Venezuela? Me preguntan con toda lógica desde España frente al bullicio de las últimas noticias, Nada. Es la respuesta más cercana a la realidad y ese es el problema del país. Venezuela está inactiva y el coronavirus vino a inmovilizar aún más todo.

Pero entonces, ¿de dónde viene todo este ruido político? Por un lado, María Corina Machado no acepta pactar con el gobierno interno y, por el otro, Henrique Capriles avanza hacia unas elecciones donde los demás partidos políticos han sido robados o inhabilitados. Mientras tanto, para despertar del profundo letargo llega el Informe Bachelet develando los tupidos velos que el chavismo ha mantenido a raya a lo largo de 21 años.

Más allá de este escenario la gran pregunta es: ¿es este el fin del apoyo político mutuo y de la unidad opositora de Venezuela?

Lo primero que hay que recordar es que en 2015 la oposición política que representaba las fuerzas democráticas no solo ganó de forma masiva e inequívoca la contienda electoral, sino que por primera vez en la historia de Venezuela -desde 1958- un grupo político lograba el 56% de los votos en el Parlamento.

La legitimidad de esa elección fue tal, que sacaron más votos en una elección legislativa que los que obtuvo algún presidente de la era democrática, -los cuarenta años – Hugo Chávez en 2006 o Nicolás Maduro en sus dos elecciones.

Es pues esa la verdad que llegó para cambiar por primera vez en Venezuela desde que el chavismo ascendió al poder, el escenario político. Por una parte, gracias a esa legitimidad se acabó la retórica del régimen que basaba su legitimidad en el voto y sacaba provecho de la popularidad.

Con este nuevo orden ya no era lo mismo atacar, enjuiciar, perseguir o encarcelar a un líder o activista político que a un diputado, como no es lo mismo encarcelar al líder de un partido político que al vicepresidente del Parlamento, y tampoco es lo mismo allanar la sede de un partido político o impedir la entrada de los diputados a las instalaciones de un Congreso.

Lo que convirtió al régimen en una dictadura fue el atropello brutal contra un poder político elegido legítimamente y legalmente establecido

Porque allanar la sede de uno o varios partidos ha ocurrido en Colombia incluso con el Partido del presidente Iván Duque, en Ecuador, en Argentina y en todas partes, o enjuiciar partidos y a políticos ocurre todos los días en el planeta por lo que nunca habrá solidaridad automática con nadie.

Así que lo que atrajo la atención del planeta, lo que hizo que la ONU llegara a Venezuela y lo que convirtió al régimen de Venezuela en una dictadura fueron las innumerables persecuciones políticas e ideológicas y el atropello brutal contra un poder político elegido legítimamente y legalmente establecido.

Fin de ciclo

Para entender lo que voy a analizar también hay que tener en cuenta que todo un ciclo político estaba concluyendo en Venezuela cuando la oposición por primera vez obtuvo esa histórica mayoría. Fidel Castro y Hugo Chávez habían fallecido. Lula Da Silva se encontraba pagando condena en la cárcel y su sucesora había sido desterrada de la política. Rafael Correa terminaría en el exilio y condenado y los Kirchner comenzaban a ser historia en Argentina.

Mientras tanto, la gran apuesta por partidos anti establishment como el Movimiento 5 estrellas de Italia o Podemos, cuyo objetivo era borrar del mapa a los partidos tradicionales, se transformó en fuerza de gobierno y terminó cosechando los mismos porcentajes de votantes de las izquierdas unidas de siempre, pero con distinto nombre. En todos esos países, el único logro real fue no solo el de haber ayudado a mantener al statu quo, sino haber despertado a la inquietante extrema derecha que dormía plácidamente desde hacía algunas décadas.

El ciclo opositor comienza con la caída de la izquierda y el ascenso al poder de las distintas derechas en Latinoamérica desde la Patagonia hasta el Río Grande, el clima anti dictatorial se hizo más poderoso aún hasta que llegó el que faltaba, Donald Trump. Se iniciaron entonces desde Estados Unidos algunos movimientos que Trump complementaba con amenazas verbales y el envío fue ficticio de barcos de guerra al Caribe. Así se creó la impresión de que había que meter la lupa en Venezuela de manera urgente.  

Entonces ¿qué está pasando en Venezuela? Absolutamente nada porque se ha silenciado el tan necesario debate entre los líderes, un intercambio público de ideas que debería ser ineludible para los demócratas en este momento tal y como lo han planteado María Corina Machado y Henrique Capriles.

Un debate no significa que no exista unidad democrática, sino todo lo contrario. Se prohibió lamentablemente porque pareciera que pactar, lograr consensos o unirse con un propósito común significa callar. Por lo tanto, al negar un debate tan vital es donde la oposición política enfrenta nada menos que su posible desaparición y la terrible consecuencia será que ante esto, no pasa ni pasará nada.

Hay que entender que Venezuela está llegando al final de un periodo histórico para la oposición, junto a un nuevo ciclo de política internacional que reinvierte las políticas. Es decir, en Latinoamérica está cambiando nuevamente de ciclo y también llegó el fin de la incontestable legitimidad electoral y constitucional opositora que terminará con las próximas elecciones del 6 de diciembre, si la Unión Europea no consigue aplazarlas.

Vendrá otra forma de oposición porque desde el punto de vista del ciclo, lo hecho, hecho está y lo que no se hizo sencillamente no pasó

No significa el fin de la oposición, solo significa que vendrá otra forma de oposición porque desde el punto de vista del ciclo, lo hecho, hecho está y lo que no se hizo sencillamente no pasó.

Los diputados electos en 2015 ya no serán diputados a partir de enero para el resto del planeta, la presidencia «en disputa» dejará de serlo, el Parlamento estará en otras manos y comenzará un nuevo periodo histórico al constituirse lo que hoy conocemos como oposición en una disidencia, como la cubana, es decir sin la representatividad que otorga la Constitución y el voto.

Las elecciones en EEUU

A esto se le añade el debate interno sobre las elecciones estadounidenses, pues si gana Joe Biden, como por ahora es lo que está previsto a menos que ocurra un milagro, lógicamente cambiará la política con Maduro considerada como «un fracaso abyecto», de nuevo se favorecerá la apertura con Cuba y con ello los derechos humanos pasarán –como en el caso de Barack Obama– a un segundo plano en el debate.

Eliminará sanciones unilaterales y volverá la política de no intervención quizás apostando por un diálogo consensuado con Europa e Iberoamérica.

De ahí que un sector de la oposición encabezado por Capriles plantea preguntas muy claras en un debate prohibido. La primera es cuál es el nuevo proyecto de unidad, es decir en torno a qué proyecto y a qué futuro. También quieren saber qué tipo de continuidad es la que están planteando para la supervivencia política. Y concluye: ¿Es el grupo actualmente en el poder opositor, el propicio en caso de que gane Biden y enfrente el nuevo ciclo iberoamericano?

Como ese debate tampoco se va a dar en Venezuela, porque repito que está terminantemente prohibido debatir, lógicamente quedan las individualidades preguntándose algo muy simple y actuando como María Corina Machado y Henrique Capriles: ¿Cómo voy a sobrevivir yo políticamente, cuando el 5 de enero desaparezca la oposición, tal y como existía legítimamente electa, y nos enfrentemos al nuevo panorama legal, nacional e internacional?

Para entender esto último también se debe comprender lo que hace el adversario, siempre metódico y cartesiano cada vez que traman una elección -anunciada insistentemente desde el 2019- en el medio de la negativa radical opositora y que ya desde ahora plantea sorpresas. A medida que la oposición descarta su participación masiva, el régimen avanza.

No les importará si cuentan o no con la Unión Europea y las demás instituciones de vigilancia, incluso ceder espacios y condiciones otrora impensables, porque saben perfectamente que con la participación del 20% del electorado y un clima de confrontación entre las oposiciones, junto al poder de su maquinaria (empleados públicos y familia) su éxito estará asegurado.

Y aquí es necesario detenerse para entender al adversario, porque hay que eliminar el falso concepto –promocionado por un sector radical opositor- de que esas elecciones pretenden «legitimar a Maduro».

El plan está diseñado para eliminar al gobierno interino y toda su legitimidad que se fundamenta en el poder legislativo y busca acabar con la oposición política

Maduro no es reconocido como presidente legítimo y en el mundo seguirán sin reconocerlo formalmente, de hecho al chavismo poco le importa «legitimar» algo, y mucho menos una nueva Asamblea Nacional. El plan está diseñado para eliminar al gobierno interino y toda su legitimidad que se fundamenta en el poder legislativo. Busca también acabar con la oposición política, a sabiendas de que quien quede en pie en 2021 será con quien se debe hablar.

A fin de cuentas todos siempre hablaron con Mugabe, así como con Gadafi y con Fidel, aunque para hacerlo la comunidad internacional haya tenido que ponerse un pañuelo en la nariz, del mismo modo que lo hacen con los autócratas europeos, que dicho sea de paso y salvando las distancias, siguen torturando y apaleando a la oposición.

Es en esencia lo mismo que ocurre con el Informe Bachelet. Mientras algunos sectores opositores lo venden un logro propio o esperan un desenlace gracias al horror que allí se describe, el informe en sí no le importa porque ya todo eso estaba escrito desde el año 2017. Es decir, lo que puede hacer cada avance es ahondar más en lo que ya se conoce.

Lo que sí cuenta para el régimen, lo importante para ellos, es lo político, de allí la calculada aparición de Michelle Bachelet cuando dijo a los embajadores: «Saludo la decisión del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, de indultar a 110 personas, la mayoría políticos». O celebra un año más: La renovación de la Carta de Entendimiento (..) triplica el número de oficiales  (..) con mayor autonomía jurídica, así como la formalización de un mecanismo de intercambio».

De esta manera, inserta en la comunidad un puente y demuestra que están dispuestos a cooperar alejando por décadas cualquier actuación internacional si tenemos en cuenta que la aniquilación siria y las atrocidades en el Congo tardaron una década en llegar a juicio.

María Corina Machado, fiel a sí misma

Sobre lo que viene: no es la legitimidad de Maduro lo que se discute en esta elección. Y eso nos lleva finalmente a las individualidades y a su supervivencia política. Líderes como Machado y Capriles fueron los únicos que hicieron públicas sus posiciones, pero hay que analizar también que en el seno de la Unidad hay partidos que van a ir a las elecciones, unos con sus partidos divididos, y otros liberándose la disciplina partidista, porque se trata de apostar a su supervivencia lógica bajo la consigna de que «más vale un diputado legítimo, que mil activistas entusiastas».

 Y eso nos lleva a María Corina Machado, quien no ha dicho nada que no explicara desde el 2017. Objetivamente es una falacia que su postura rompa la Unidad Democrática porque ella está alineada con el proyecto de no ir a votar. Su cálculo es perfectamente político, al igual que otros líderes que se plantean lo mismo.

Si el 6 de enero, cuando asuma la nueva Asamblea, todos van a ser «activistas» o «disidentes», principalmente de redes sociales, sus partidos van a desaparecer del escenario político. La lógica les indica que deben conservar su núcleo de apoyo político desmarcándose de quienes van a estar en igualdad de condiciones a partir del 6 de enero.

Por lo tanto la postura de Machado no causa verdaderos problemas a la unidad: exigió el Tiar y Guaidó lo introdujo en la OEA. Ahora exigió el R2P y Guaidó lo exigió en la ONU, por lo que en la práctica hay unidad de criterios.

En este sentido, lo único irritante fue la postura del encargado estadounidense que intentó usarla para desvincular su enorme responsabilidad en todo esto. Porque no fue solo ella quien creyó que Estados Unidos tenía alguna intención de crear una amenaza creíble, la realidad es que María Corina Machado fue la única que dijo que solo quedaba trabajar en crear esas condiciones.

Fue toda la oposición la que creyó eso, y aún peor que ella, actuaron en consecuencia. Se lo creyeron los que se marcharon a Cúcuta pensando que había 5.000 soldados y un verdadero apoyo latinoamericano. Se lo creyeron los del varapalo del 30 de abril. Se lo creyeron los nacionalistas y socialistas que acompañaban a la oposición y se marcharon a desenterrar los kalashnikov, y más aún los que se creyeron que en verdad había una flota estadounidense en el Caribe.

Muchos en Venezuela creyeron en la diplomacia de micrófonos de Estados Unidos. Demasiados sembraron el cuento de unos barcos que venían al rescate cuando cualquier adolescente en Twitter podía buscar y verlos en realidad una semana más tarde llegando a sus puertos para abrazar a sus familias. Si eso lo podía ver un adolescente, imaginemos a los analistas de inteligencia rusa o cubana.

La amenaza creíble ocurrió únicamente en la cabeza de buena parte de la oposición y todos, sin excepción actuaron impulsivamente. Por eso fue injusto que un funcionario extranjero como Elliot Abrams, quien además había creado ese insólito bluf, haya dicho que no entiende cómo Maduro sobrevivió para luego burlarse de una líder de la oposición venezolana (dijo que era surrealista su propuesta de intervención de EEUU).

Los venezolanos no debieron aceptar la burla contra una conciudadana, eso y la respuesta de Machado quedarán para la historia: ¿quien se hubiera creído que un presidente norteamericano, un secretario de estado y un asesor de seguridad nacional podían mentirle a los votantes estadounidenses? Al día siguiente la burla se transformó en desmentido.

Por eso llegados los últimos minutos, María Corina Machado simplemente intenta que su grupo político sobreviva y por lo tanto ni altera al status quo, ni los planes de la oposición, porque son los mismos. De manera que por ese lado no está pasando nada.

El cálculo de Capriles

Vayamos entonces al cálculo político de Capriles, quien a mi juicio también obvio, intenta sobrevivir como líder de una minoría legítimamente electa. Su cálculo parece una locura pero no lo es. De hecho, es frío y quirúrgico, porque en el escenario probable puede ser uno de los pocos líderes que quede en pie en el futuro.

Sabe que no tiene los votos, que enfrentará el descrédito opositor junto al despiadado ataque de sus iguales, que carece completamente de maquinaria para vigilar sus votos y sin presupuesto alguno de campaña. Aún así convocará contra una maquinaria que obtendrá entre un 80 y un 90% de los diputados. Además, lo hará justo cuando, de acuerdo a las advertencias de la Academia de Ciencias, la pandemia estará en un punto muy difícil en Venezuela.

No hay manera de que no sepa que va a ser aplastado a tal punto que irá a las elecciones –de darse un mínimo de garantías- con su discurso del día siguiente escrito: «Si hubiéramos votado (..) si no hubiéramos caído en la trampa de la abstención (..) no habríamos regalado la Asamblea (..) pero los pocos que salieron tienen la obligación…».

Capriles sabe que el régimen necesita al menos unos pocos opositores, y esos pocos significarán mucho a partir del 6 enero

Y aquí, precisamente en esta última frase es donde está el frío cálculo, Capriles sabe que el régimen necesita al menos a unos pocos opositores y en este escenario esos pocos significarán mucho a partir del 6 de enero de cara al planeta que no entiende más que de elecciones, constituciones y derecho internacional. (El debate interno poco importa, ese es un problema doméstico que cada pueblo debe resolver).

La única cara negativa de su visión es precisamente la pandemia. Que ocurran elecciones en países que tienen sólidos sistemas de salud es una cosa. Pero convocar a la población de riesgo en una pandemia, cuando no hay capacidades, cuando no hay gasolina ni la población puede adquirir una mascarilla real, cuando los hospitales y sus médicos están desbordados y muriendo diariamente, cuando la mayoría empobrecida no tiene cómo comprar una caja de aspirinas, mucho menos los miles de dólares de medicinas antivirales y lo que queda de la clase media no tiene seguros, ni decenas de miles de dólares para una clínica.

Convocar a millones, muchos de ellos en condición de riesgo a permanecer horas en colas, para luego entrar a un espacio cerrado con la carga viral de cientos, no solo sería un acto de irresponsabilidad política de Capriles, más aún para los miles de venezolanos que deben permanecer todo un día en esos espacios cerrados, (jefes de mesa y observadores etc), también alentaría a la abstención.

En particular le pido que haga todo lo posible por salvar vidas, y si no puede cambiar las condiciones electorales, al menos llame a crear las condiciones para salvar esas vidas.

Pero ellos son los únicos que lo han dicho abiertamente, por eso es un error pensar que solo ellos necesitan sobrevivir junto a los partidos divididos y políticos libres -de esos partidos- que acompañarán clandestinamente a Capriles duplicando su apuesta como en una ruleta.

El gobierno interino, pendiente de Trump

El cálculo del liderazgo que integra el gobierno provisorio también necesita sobrevivir en medio de una crisis tremenda. Saben que se acabó hace tiempo el juego de la amenaza creíble y confirmaron por el libro de Bolton que Trump no tiene los votos ni de su partido para una aventura semejante y que por ahora está perdiendo las elecciones.

Sospecha que con este nuevo ciclo latinoamericano con López Obrador en México y Kirchner en Argentina, los partidos de Morales y Correa de vuelta al poder, y en un futuro el de Lula, mientras que los partidos que apoyaban al chavismo en Portugal, Italia y España impedirán siquiera un debate, no tienen absolutamente opción distinta en los próximos cinco años, más que reinventarse.

Visto eso enfrenta otros problemas igual de graves. El primero es el lógico desgaste tras cinco años de expectativas. Enfrenta el difícil silencio autoimpuesto hasta el 4 de noviembre para ver quién resulta ganador en Estados Unidos. Si gana Trump, esa parte de la oposición continuará su actual política de apostar por la ayuda de Estados Unidos. Si pierde, habrá que pensar rápidamente qué hacer.

La pandemia impide cualquier organización de presión… hoy no se puede hacer otra cosa que esperar

El siguiente problema enorme es la propia pandemia que impide lógicamente cualquier organización de presión y como se privilegió la acción de corto plazo, por la planificación y el trabajo político sistemático para convertirse en una opción de gobierno, hoy no puede hacer otra cosa que no sea esperar y para muchos, esa espera luce como una posición de brazos caídos.

De esta manera, la única opción que tienen para conservar algún resquicio de legitimidad, es apelar a un referendo consultivo cuyo primer problema es el humanitario, es decir, el mismo de Capriles, convocar a millones en plena pandemia y con eso pudiera de alguna forma darle alguna sostenibilidad.

Esta modalidad tiene además del problema humanitario también algunos otros. El primero es el técnico; es decir, qué países van a integrar una validación de una consulta semejante, cómo se van a validar las firmas y huellas para que el mundo le de alguna validez. ¿Cuántas firmas le dan realmente validez para el mundo a algo como lo propuesto? El problema técnico es complejo en tan corto plazo y no tiene respuestas claras.

De sortear los problemas humanitario y técnico, ¿cómo se logra una movilización en medio de una pandemia sin gasolina, una circunstancia que tiene clausurada a Venezuela? Es una cuestión práctica muy relevante.

De ser factible que se logren superar estas coyunturas en tan corto tiempo, el artículo en que se basa se refiere a «materias de interés nacional» como ocurre en todos los países. ¿Cómo convencer a la renuente comunidad internacional de una consulta que va a ser atacada ferozmente como un mecanismo supra constitucional o constituyente? El reto para la oposición será entonces convencer a buena parte del planeta que consideraría inconstitucional ese mecanismo, pues sería abrir consultas parecidas en sus propias tierras.

Porque el problema no es solo de ámbito constitucional sino de orden jurídico interno, que no es otro que el valor mismo de las consultas, como en Cataluña o el separatismo alemán, o cuando la Unión Europea ha desoído no pocas consultas de sus países. En otras palabras, tendrán que esforzarse como nunca en convencer a todos los medios y políticos de esta forma sui generis de legitimidad, en una Europa y America que cambiaron a un nuevo ciclo.

Por lo tanto, no es un problema entre Guaidó y Capriles, simplemente todo el liderazgo de oposición intenta sobrevivir después de una fecha que es constitucionalmente ineludible.

¿Quienes sobrevivirán? Todos enfrentan grandes riesgos, pero si juegan bien sus cartas paradójicamente todos podrían obtener alguna forma de legitimidad, aunque no sea la que ellos esperan. Pero sin duda la oposición será muy distinta a partir del 5 de enero y eso a mi juicio no es malo, porque Venezuela necesita con urgencia una nueva forma de hacer política.


Thays Peñalver es abogada y periodista. Es autora de La conspiración de los 12 golpes.