Estando las encuestas igualadas entre los bloques de izquierda y derecha el debate de ayer era la mejor y tal vez la única oportunidad para desequilibrar el empate. El candidato del PSOE es, en teoría, el aspirante y, por tanto, a quien correspondía llevar el peso en la pugna por derrotar a Isabel Díaz Ayuso.

Pero Ángel Gabilondo estuvo nervioso, torpe y no transmitió en ningún momento dotes de liderazgo y, por tanto, capacidad para arrastrar el voto indeciso que necesita la izquierda para ganar en Madrid. Todos le perdonaremos la vida porque nos cae bien, porque es buena persona y él, que lo sabe, apeló constantemente a su bonhomía para atraerse el cariño de la gente. Pero eso no es suficiente.

Gabilondo se presentó como un pato cojo a una confrontación en la que sabía que otros iban a brillar más que él. Partía con un gran hándicap: en su partido ya le habían buscado destino como Defensor del Pueblo cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid dio un golpe de mano y adelantó las elecciones. Maniobras de última hora para convencer a la ministra de Defensa fracasaron: Margarita Robles no se dejó engatusar.

En Moncloa están preocupados porque «Gabilondo no tira» y un mal resultado del PSOE en Madrid (lo que, según las fuentes, sería bajar de 35 escaños) significaría de forma automática el triunfo de la derecha.

Mónica García (Más Madrid) estuvo muy agresiva e hizo esfuerzos por atraer sobre ella la atención de Ayuso. Pero tuvo que repetir varias veces su nombre para que la gente la situara. Ese es un grave problema cuando apenas quedan once días de campaña.

Por su parte Pablo Iglesias se presentó en el plató de Telemadrid como si siguiera siendo vicepresidente de Gobierno. Se apuntó la subida del SMI («que hemos firmado Pedro Sánchez y yo») y en un momento se refirió a «mi secretario de Estado» cuando habló del escudo social que, argumentó, ha construido el Gobierno de coalición. Con un cierto aire de superioridad respecto al resto decepcionó en líneas generales: abusó de los datos y no supo acorralar a la presidenta de la Comunidad de Madrid cuando utilizó el viejo truco de preguntarle datos concretos, que, de saberlos, tampoco demostrarían que es mejor gobernante. Puro efectismo.

Ayuso no estuvo brillante, pero fue eficaz: mantiene intactas sus opciones. Iglesias, que se cree todavía vicepresidente, decepcionó en su terreno favorito.

La cita de ayer era quizás la última oportunidad de la izquierda para dejar mal herida a la candidata popular. Y se les fue viva.

Ayuso no hizo alarde de gran oratoria. Bien aleccionada, nunca perdió la sonrisa y casi nunca perdió los nervios. Ella sabía que con no meter la pata tenía suficiente. Un debate a seis da muchas oportunidades para recobrar la calma.

La presidenta de la Comunidad se conformó con machacar una y otra vez con unos argumentos simples pero eficaces y explotó con éxito los ataques del Gobierno y el simbolismo de Madrid como barrera frente al intento de la izquierda de asaltar el gran feudo del PP. En definitiva, poca brillantez, mucha eficacia.

Edmundo Bal hizo lo posible por mantener un discurso imposible: atacar la gestión de un Gobierno compartido por su partido hasta el mismo día del adelanto electoral. Por desgracia, el de ayer no era el mejor día para sacar a relucir las bondades del centro. Iglesias le desarmó cuando le dijo que su decisión de no abandonar el escaño en el Congreso decía mucho de su falta de confianza en las posibilidades de Ciudadanos de superar el 5% del apoyo electoral.

Monasterio fue a lo suyo. Sin concesiones, atacó de forma inmisericorde a Iglesias y se presentó como la garantía de que la izquierda no gobernará en Madrid. Sus mensajes fueron catastrofistas, pero convincentes para una parte de la población preocupada por la seguridad y a la que no le importan otras consideraciones.

Como sucede en los combates de boxeo es el aspirante el que debe ganar al campeón, aunque sea a los puntos, para arrebatarle el título. Gabilondo ni siquiera le hizo un rasguño a la candidata popular.

Así que, sí, por descarte, Ayuso triunfó ayer. Sus posibilidades para ganar por una amplia mayoría en Madrid continúan intactas.