Los cuadros que pegué a la pared con cuelgafácil se han caído sobre el sofá. El calor ha hecho mella sobre estas pegatinas que no son clavos, ni velcro ni blu-tack, pero que aseguraban poder aguantar varios kilos; no había referencia alguna a la temperatura. Madrid se ha derretido y, con la ciudad, mis cuadros.

En verano, dicen que no queda nadie aquí. Pero es mentira, quedan millones de ciudadanos a los que la precariedad les ha impedido hacer la maleta y descansar unos días fuera de la capital. Ellos no se han derretido, pero sí lo hace su capacidad económica a medida que la inflación crece.

También se ha deshecho el foco informativo sobre Madrid. El Mar Menor, Benidorm, el Cap de Creus, Ávila y Afganistán se han abierto un hueco a medida que los titulares políticos que salen del Congreso de los Diputados y económicos, de la Bolsa de Madrid se disuelven. La ciudad ha perdido consistencia, pero a medida que bajen las temperaturas recuperará su rigidez y su atractivo.

Ya no hay vecinos que se quejen por las terrazas de Ponzano, porque ahora el ruido está en las discotecas de Torremolinos y en los botellones de la Costa Brava. El Zendal ha perdido interés, porque no tiene playa. Antonio López se ha hecho inmortal y ha sobrevivido al Sol de justicia del centro de la ciudad y todo, sin grabarse un Reels con Me gusta todo de ti de fondo.

Las negociaciones de los expedientes de regulación temporal de empleo, del Consejo General del Poder Judicial y del Salario Mínimo Interprofesional se han tomado un descanso. En agosto se resuelven crisis internacionales en alpargatas.

Cuando llega este mes, en Madrid se funden los coches y es más fácil aparcar y circular. De Twitter desaparecen las aglomeraciones en el Metro, porque la hora punta se derrite. En verano es cuando te das cuenta que nadie es de aquí y que entre Moncloa y Barajas solo quedan los que son gatos, cuatro, en concreto, porque todo el mundo vuelve ‘a casa’. 

Entre Moncloa y Barajas solo quedan los que son gatos, cuatro, en concreto»

Mis plantas se han ido de Erasmus mientras he estado fuera y como aquella chica de clase que encontró el amor en Noruega, se han afincado en mejores terrazas que la mía, fuera de la capital. En Madrid, el vecino no te riega las plantas porque del vecino no recuerdas ni el nombre. Pero aquí estamos, conociendo España entera gracias a quienes podemos llamar amigos.

En la capital, en verano, se disuelven hasta los parques, que se cierran cuando hace mucho calor y también, los médicos de los centros de salud que no se sustituyen si se van de vacaciones. La Castellana sube de temperatura, sin audios y sin transeúntes. El cielo madrileño respira aliviado, no por la brisa, sino porque por fin se puede quitar la boina. 

Madrid se derrite en agosto porque todo lo que nos gusta de la ciudad deja de estar presente en este mes. Las agendas son imposibles de cuadrar, los conciertos son mejores en la costa, el fútbol vuelve a medio gas y el bar de moda está en Ibiza, pero en la isla. Y el cambio climático, claro, que convierte el centro del país en Doha.

Agosto funde los días de los que vuelven y de los que se van de Madrid. Todo se deja para después del verano, para cuando la maquinaria vuelva a sus engranajes, para cuando la capital sea el centro de todo. Otra vez. Mis cuadros siguen sin estar colgados en la pared, ya lo haré cuando llegue septiembre.