El conflicto político abierto entre España y su vecino del norte de África no ha podido llegar en un momento más delicado, tanto desde el punto de vista geopolítico como económico. En el momento en el que cierro este artículo, el ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, trata de deshacer la madeja diplomática en Bruselas mientras el gobierno argelino eleva de tono unas amenazas que no solo comprometen a nuestro país sino a nuestros socios comunitarios.

El detonante de la crisis ha sido la abrupta y unilateral suspensión del Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación que rige las relaciones entre ambos países desde 2002. Como telón de fondo, la variación de la posición española en torno al Sáhara, adoptada tras la visita del presidente Pedro Sánchez a Rabat de hace un par de meses y el acercamiento que ha tenido a bien implementar nuestro Ejecutivo hacia Marruecos tras más de un año con las relaciones diplomáticas congeladas, por no decir que prácticamente estaban rotas.

Llevarse bien a la vez con dos interlocutores que no se hablan es siempre una pasión casi inútil

La relación de España con nuestros dos vecinos del sur han sido históricamente uno de los aspectos más endiablados de la política exterior española. Llevarse bien a la vez con dos interlocutores que no se hablan es siempre una pasión casi inútil y a lo más que puede aspirarse es a no quebrar la propia relación con ninguno de ellos, evitando así la afectación de problemas que no nos son propios. No siempre es posible, como se ve. Utilizar este argumento como arma arrojadiza es, además de poco patriótico, políticamente miserable. No son de recibo ni ayudan las ruidosas declaraciones del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, diferenciando -para que le escuche con total claridad el gobierno argelino- la posición de España del sentir de la opinión pública de nuestro país. Creo que el político gallego ha desperdiciado una excelente oportunidad para mantener un prudente silencio. Menos aceptable aún es la posición de algunos medios de comunicación que llevan semanas sugiriendo, sin prueba alguna para ello, un presunto ‘chantaje’ del gobierno marroquí al presidente Pedro Sánchez como el motivo ‘real’ del viraje de la política exterior española.

El camino en estos últimos meses ha sido especialmente accidentado y es ocioso recordar todos sus hitos puesto que son conocidos; a la retirada del embajador argelino de Madrid tras nuestro acercamiento a su vecino siguió la vuelta de la embajadora marroquí, que se había ido tras la crisis migratoria que sufrió nuestra frontera melillense en mayo de 2020. Resultaría cansino sino fuera por lo mucho que nos jugamos en este envite.

Que Argelia nos cortocircuite el suministro de gas sería inaceptable no solo para España, sino para el conjunto de la zona euro

Argelia es, como se sabe, nuestro principal suministrador de gas. Con una crisis económica que el gobierno trata de encauzar por todos los medios, con una inflación que supera el ocho por ciento, el hecho de que Argelia nos cortocircuite el suministro, o eleve los precios hasta límites insoportables, sería inaceptable… pero no solo para España, sino para el conjunto de países de la zona euro.

Este ha sido el principal motivo de la visita del titular español de Exteriores a Bruselas. Para ello ha tenido que alterar su agenda -estaba prevista su presencia en la Cumbre de las Américas– y dirigirse precipitadamente a la capital comunitaria. Desde allí, José Manuel Albares ha puesto un énfasis especial en defender la vía diplomática para resolver el conflicto y ha obtenido un respaldo pleno, como no podía ser de otra manera, de la Comisión Europea. La suspensión de un tratado de amistad no es, precisamente, una cuestión menor, y Argelia ha ido demasiado lejos. Puede cuestionarse si el enfoque de la crisis y su gestión por parte del Ejecutivo ha sido la más adecuada o la más inteligente, pero no es aceptable, bajo ningún punto de vista, la injerencia de un tercero, en este caso de Argelia, en torno a la decisión soberana de un país, España, de reencauzar sus relaciones con Marruecos y su posición sobre el Sáhara. Esto y no otra cosa es lo que ha subrayado el jefe de la diplomacia española tras su encuentro con el vicepresidente de la Comisión y responsable de Comercio, Valdis Dombrovskis. «Queremos mantener una relación con Argelia basada en la amistad, el diálogo y el respeto mutuo y la no injerencia en asuntos internos».

José Manuel Albares ha sido especialmente cuidadoso en no avanzar escenarios futuros si persiste el conflicto. Es una posición inteligente desde el punto de vista diplomático. Con todo, el titular español de exteriores ha señalado, como aviso, que tanto nuestro país como la Unión Europea (UE) disponen de herramientas y mecanismos suficientes para hacer frente a una situación que nunca debiera haberse producido.

No estoy seguro de que la forma en la que el Ejecutivo ha gestionado esta crisis sea la mejor, pero la decisión unilateral argelina afecta a nuestras empresas

Es inconcebible que todo un ministro del Reino de España hubiera aceptado, siquiera como hipótesis, semejante acusación. Por lo que a mí respecta, como soy analista y no político debo decir que no estoy seguro, repito, que la forma en la que nuestro Ejecutivo ha gestionado esta crisis haya sido la mejor, ni desde el punto de vista político ni desde el de comunicación, pero lo fundamental es que la unilateral decisión del gobierno argelino afecta a nuestras empresas y a la relación comercial con la UE. Ese es el verdadero núcleo de la cuestión y cualquier otro debate, al menos en este momento, sería una manera pueril de mezclar cuestiones que nada tienen que ver y que dificultarían el correcto análisis del problema.

La respuesta comunitaria ha sido contundente, dentro de lo admisible en el siempre delicado y cortés terreno en el que se mueven las relaciones diplomáticas entre los estados. En un comunicado conjunto, el citado titular de comercio y el responsable de la política exterior de la UE, Josep Borrell ha enfatizado que el país magrebí está vulnerando el acuerdo de asociación con el bloque comunitario y que desde la Unión se hará frente a cualquier medida coercitiva que tome Argelia contra uno de sus socios.

En política, como en la vida, hay ayudas que sería mejor no recibir… al menos de forma tan evidente

Mientras tanto, por si era poco el ‘ruido’ en torno a esta cuestión, hemos conocido en la mañana del viernes 10 de junio las declaraciones de un portavoz oficial de Marruecos felicitándose porque la ‘hoja de ruta’ pactada con España avance a un ritmo satisfactorio. Los detalles más precisos han sido diferidos por las autoridades marroquíes a unas explicaciones posteriores, ‘dentro de los plazos pactados’. A veces pienso que, en política como en la vida, hay ayudas que sería mejor no recibir… al menos de forma tan evidente y en los momentos más inoportunos.

Nadie sabe que es lo que pasará en las próximas semanas, ni siquiera en los próximos días. Personalmente pienso que España tiene una experiencia y una solvencia más que acreditada, tanto desde el punto de vista de nuestros actuales gobernantes como desde nuestro servicio diplomático, uno de los más profesionales del mundo, para resolver de forma airosa este conflicto. Que España y la UE pueden verse afectadas en un primer momento por el impacto de esta unilateral y torpe decisión del gobierno argelino, es innegable. Que a la larga quien más tiene que perder es el país magrebí, también lo es.