Opinión

Feijóo debe dar el paso y forzar a Mañueco a adelantar elecciones

Gallardo y Mañueco, en las Cortes de Castilla y León.

Gallardo y Mañueco, en las Cortes de Castilla y León. EP

Alfonso Fernández Mañueco no supo explicar hace un año por qué decidió adelantar las elecciones en Castilla y León. Habló de una oscura maniobra de Ciudadanos (su socio de Gobierno) para descabalgarle en una moción de censura (sin pruebas) en la que estarían supuestamente involucrados el grupo Por Ávila y el PSOE. Francisco Igea, líder de C’s y vicepresidente del Gobierno de Castilla y León, negó la operación y llamó «traidor» a Mañueco, quien le destituyó sin previo aviso mientras que atendía una entrevista con Carlos Alsina.

A su vez, en Madrid Pablo Casado aplaudía la decisión de disolver las Cortes regionales mientras afilaba los cuchillos para asestarle un golpe definitivo a Isabel Díaz Ayuso. ¡Qué tiempos!

Los que no entendieron el adelanto electoral, que en realidad se hizo porque las encuestas daban al PP al borde de la mayoría absoluta, fueron los ciudadanos de Castilla y León. El Gobierno de coalición PP/C’s funcionaba razonablemente bien, así que ¿a qué venía aquel embrollo?

El resultado supuso un revés para Fernández Mañueco, que quedó muy lejos de sus expectativas. El PP logró 31 escaños (la mayoría absoluta son 41), Ciudadanos pasó de 12 a 1 (el del propio Igea), mientras que Vox creció de 1 escaño a 13. Por tanto, a Fernández-Mañueco no le quedó más remedio que pactar con Vox. De esa forma tan absurda el PP cambiaba de aliado: de Ciudadanos a Vox.

Al candidato del partido populista de derechas no lo conocía nadie. Santiago Abascal le arropó en la campaña electoral en todo momento: «España necesita menos rufianes y más gallardos», proclamaba en los mítines. Pues bien, el abogado Juan García-Gallardo terminó, gracias a una carambola electoral, aupado a la vicepresidencia de la Junta de Castilla y León. Nunca el admirador de Orbán había soñado llegar tan alto, ni en su peor pesadilla el gobierno autonómico creyó que podía caer tan bajo.

García-Gallardo ha venido, desde su nombramiento, generando ruido. Un ruido que quedaba circunscrito a los límites de la región. La instrucción de Fernández-Mañueco era bastante simple: «No hacerle ni caso».

Pero todo tiene un límite. El pasado jueves el vicepresidente de Castilla y León habló de un protocolo que tenía como fin convencer a las embarazadas que hubieran decidido interrumpir su embarazo para que desistieran de hacerlo. ¿Fue una decisión autónoma o contó con el respaldo de la dirección de Vox? En cualquier caso, el partido populista ha puesto al PP en apuros y, naturalmente, el Gobierno (como bien ha explicado en estas páginas Victoria Prego), se lanzó sobre la presa con toda su artillería.

Dudo que la sobreactuación de Moncloa le dé resultados. Los excesos nunca han sido rentables políticamente. ¿O es que ya hemos olvidado la batalla de Pablo Iglesias «contra el fascismo» en Madrid?

Al igual que en 2022 no estaba justificado el adelanto electoral, ahora sí. El PP tiene que dejar claro que sus diferencias con Vox no son de matiz, sino esenciales

La cuestión no es si el PSOE va a movilizar a sus votantes sobre la base de que el PP supuestamente quiera, forzado por Vox, limitar el derecho al aborto. La pregunta que debe resolver Núñez Feijóo es qué va hacer con Vox. ¿Va a permitir que García-Gallardo le monte otro incendio? ¿Va a dejar ese flanco abierto cuando está a punto de comenzar una batalla electoral decisiva en la que el debate sobre los principios, las ideas, los derechos, el modelo de sociedad, va a ser mucho más relevante que la disputa sobre los datos económicos?

Seguramente, el PP asume un riesgo si rompe con Vox en Castilla y León. Los números no le dan una sustancial ventaja respecto a la composición actual de las Cortes regionales. En ningún caso, el PP puede aspirar a una mayoría absoluta. Incluso, aunque gane, podría verse obligado a gobernar en solitario. Otra cosa es que Vox decidiera, en ese supuesto, ayudar con sus votos a investir a un candidato de la izquierda. ¡Allá ellos!

Igual que en 2022 no estaba justificado el adelanto, ahora sí. Núñez Feijóo, que ha dejado claro que él está a favor de la ley de plazos en el aborto y que comparte muy pocas cosas con Vox, no puede dejar este tema en manos del presidente de la Junta. El líder del PP debe pedirle, tiene autoridad para ello, a Fernández-Mañueco que ponga fin al gobierno de coalición y adelante los comicios, haciéndolos coincidir con las elecciones municipales y autonómicas del 28-M.

A veces hay que dar un paso atrás para ganar una guerra. Los ciudadanos estamos esperando que los políticos se jueguen el tipo por los principios que dicen defender y que dejen el cálculo electoral para los que creen que la victoria lo justifica todo.

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