Opinión

España en América Latina: la influencia perdida

Pedro Sánchez en la Cumbre Iberoamericana de 2023 en Santo Domingo.
El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, en la XXVIII Cumbre Iberoamericana, en Santo Domingo. | Europa Press

Hace unos días me detuve a mirar el programa del Foro Internacional Integración Regional en América Latina y el Caribe: De la Visión a la Acción, organizado por CAF -Banco de Desarrollo de América Latina- en Cartagena durante los pasados 19 y 20 de mayo. Se trata de uno de esos encuentros donde se reúnen presidentes, ministros, organismos multilaterales, empresarios y académicos para discutir el futuro de la región y que, precisamente por eso, permiten observar hacia dónde se mueve el poder. Entre los invitados destacados encontré a Karim Lesina, vicepresidente ejecutivo de Asuntos Externos de Millicom. La presencia de un directivo de esa compañía no tendría nada de particular si no fuera porque, durante décadas, un evento de estas características habría tenido entre sus protagonistas a Telefónica. La observación puede parecer menor; pero, encierra la constatación de que el ciclo en el que España proyectaba buena parte de su influencia latinoamericana a través de sus grandes empresas ha comenzado a agotarse.

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Telefónica no fue solamente una multinacional. Durante décadas representó una determinada forma de entender la relación de España con América Latina. Era el buque insignia de aquella narrativa según la cual la presencia empresarial española constituía una ventaja estratégica casi natural y permanente. Sus inversiones, junto a las de los grandes bancos y otras corporaciones, alimentaron la idea de que España ocupaba una posición privilegiada en la región gracias a una combinación de idioma, historia, afinidades culturales y capacidad económica. Por eso resulta tan revelador que en un foro dedicado a pensar el futuro de la integración latinoamericana ya no aparezca como uno de los actores inevitables del tablero. Lo que está desapareciendo no es solo una empresa de referencia, sino una manera de imaginar el papel de España al otro lado del Atlántico.

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Y no estamos hablando precisamente de una empresa latinoamericana que haya desplazado a Telefónica en nombre de algún proyecto soberanista regional, sino de una multinacional europea, nacida en Suecia y cuyo principal accionista es el empresario francés Xavier Niel, una de las grandes fortunas del continente en telecomunicaciones. Millicom abandonó hace años sus operaciones africanas para concentrarse en América Latina, donde actúa bajo la marca Tigo, además cotiza en Nueva York y tiene su sede en Luxemburgo, imagino que por el buen clima. Pero más allá de esto, lo realmente llamativo es lo que representa su presencia en ese evento, pues se trata de una empresa que no tiene ninguno de esos "vínculos históricos y culturales" que se supone favorecían la consecución de posiciones estratégicas en un espacio que durante décadas estuvo copado por grandes corporaciones españolas.

Sin embargo, el cambio de ciclo no afecta únicamente a la dimensión económica de la relación. También empiezan a hacerse visibles los límites de otra deriva igual de problemática que llevó a concebir la política exterior menos como una cuestión de Estado y más como una prolongación de la política interna, las lealtades partidistas y las afinidades ideológicas.

Durante años se privilegió la relación con determinados gobiernos latinoamericanos bajo una especie de internacionalismo progresista que parecía ofrecer réditos políticos inmediatos y una cómoda comunidad de afectos. El problema es que esa lógica termina difuminando las fronteras entre partido, gobierno e intereses particulares. Por eso el caso Zapatero resulta tan incómodo, y no únicamente por las investigaciones que hoy lo rodean, sino porque proyecta la imagen de unas redes de influencia construidas al calor de relaciones políticas que, vistas desde América Latina, pueden interpretarse menos como solidaridad ideológica que como una forma de intermediación donde la solidaridad empezaba en casa. El resultado es que las relaciones entre Estados acaban siendo percibidas como relaciones entre redes políticas transnacionales. Y pocas cosas alimentan más los imaginarios soberanistas y anticoloniales de la región que la sensación de que actores extranjeros participan de sus disputas internas mientras obtienen beneficios de ellas.

A todo ello se suma un problema más inmediato. Si tenemos en cuenta que la capacidad de convocatoria internacional de un gobierno puede verse afectada en función de cómo se aprecie desde fuera su estabilidad, parece indiscutible que Pedro Sánchez llegará a la próxima Cumbre Iberoamericana de Madrid con una imagen erosionada por las acusaciones de corrupción que afectan a personas de su entorno político y familiar. Tampoco ayuda que parte de la documentación judicial conocida en los últimos meses incluya episodios tan poco edificantes como fotografías de viagra, catálogos de prostitución, grabaciones comprometedoras o denuncias de presiones y amenazas contra jueces.

La cuestión trasciende el debate jurídico sobre la existencia o no de responsabilidades penales. Lo relevante es el deterioro reputacional que producen estas imágenes en el exterior. No sería extraño que algunos presidentes latinoamericanos políticamente alejados del Gobierno español reconsiderasen el nivel de su participación en una cumbre prevista para noviembre, especialmente si para entonces los procedimientos judiciales hubiesen avanzado sustancialmente o el país estuviese inmerso en una dinámica preelectoral. Porque, al final, pocos mandatarios desean salir en la fotografía de un liderazgo cuya continuidad parece incierta.

La verdadera enseñanza de este cambio de ciclo es que España necesita volver a pensar su relación con América Latina como una política de Estado"

Quizá la verdadera enseñanza de este cambio de ciclo sea que España necesita volver a pensar su relación con América Latina como una política de Estado y no como una suma de intereses empresariales, afinidades ideológicas o necesidades coyunturales de los gobiernos de turno. La región de hoy es más diversa, más autónoma y compleja que la de los años noventa y pretender mantener inercias que pertenecen a otro momento histórico sólo puede conducir a una pérdida progresiva de influencia.

La buena noticia es que España conserva activos difíciles de replicar: una lengua compartida, una intensa red de intercambios humanos, vínculos académicos, culturales y económicos de enorme profundidad, además de una larga experiencia de cooperación. Pero para aprovecharlos necesita abandonar la tentación de confundir interés nacional con interés partidista y entender que la credibilidad internacional se construye con instituciones sólidas, previsibilidad y capacidad para relacionarse con gobiernos de cualquier signo.

Si el foro de Cartagena ha servido para algo quizá haya sido para recordarnos que los ciclos históricos terminan mucho antes de que quienes los protagonizan estén dispuestos a reconocerlo. La cuestión no es que Telefónica haya dejado de ocupar el centro del escenario latinoamericano. La cuestión es si España será capaz de construir una relación con América Latina adaptada a esa nueva realidad o si seguirá actuando como si nada hubiese ocurrido.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.

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