El 6 de febrero de 1770, la Real Audiencia de Quito dictó una sentencia en contra de los indígenas sublevados en respuesta a los abusos de los administradores del Obraje de San Ildefonso, que ordenaba literalmente: "…vajar sus cuerpos de la Horca, y divididas sus Cavezas, y quartos seran llevados con los dichos asotados al mismo Obraxe de Sn Ildefonso para la segunda parte del castigo: y las cavezas de los quatro mencionados, seran puestas en Xaulas de fierro bien clavadas, de modo que nadie las quite, sobre las puertas principales del expresado Obraje, y los quartos o destrosos de Cuerpo, repartidos por los Caminos de su inmediación, de donde ninguno osara quitarlos, hasta que el Tiempo los consuma, vaxo de la misma pena. Y fenecida esta execucion, y la de los asotes… seran traidos estos a esta Real Carcel de Corthe, para ser enviados con un grillete a las Haziendas de su Magestad, que fueren del arbitrio del Señor Presidente a servir en ellas a racion y sin sueldo el Tiempo de diez años".
El obraje era propiedad de esa Compañía de "soldados de Dios", que servían "bajo el estandarte de la Cruz", fundada por San Ignacio de Loyola en París, y el texto de la sentencia está citado por Segundo Moreno Yánez en su libro Sublevaciones indígenas en la Audiencia de Quito. Si bien el brutal y sádico castigo está muy en la línea de otras sentencias medievales muy reñidas con la piedad cristiana (recomiendo la lectura de Vigilar y castigar de Michel Foucault, en cuyas primeras páginas hay un buen ejemplo), me impresionó en su momento porque conozco muy bien el camino entre Pelileo y Patate donde debieron exhibirse los "destrozos" y los "cuartos", es decir, las piernas y los brazos mutilados, hasta que se pudrieran. De hecho, alguna vez que fui a visitar a mi familia paterna, pasé por el sitio ahora conocido simplemente como El Obraje y vi las ruinas de la antigua fábrica, no pude dejar de imaginarme las jaulas con las cabezas decapitadas a la entrada de la fábrica como sistema disciplinario.
Los hechos que acabo de citar no sorprenderán a ningún historiador serio, porque sabe que la conquista de América fue un hecho violento, como todas las conquistas desde el principio de los tiempos hasta las actuales, ya sea la israelí en Palestina o la que pretende Putin en Ucrania. Los únicos negacionistas de esa faceta del proceso son los de la escuela del "nada por lo que pedir perdón", cuya obsesión por desmontar la leyenda negra y demostrar que la "Hispanidad" es la civilización más grande de la historia los ha llevado a parecerse cada vez más a los catalanes del Institut Nova Història, que se dedican a demostrar que todo personaje relevante de la historia es catalán y, de no serlo, al menos tiene una tía en Reus.
Precisamente por conocer esta tradición historiográfica y que los propios pensadores españoles del siglo XVI fueron los primeros en la conquista, me resulta difícil comprender determinadas iniciativas académicas actuales de la Universidad de Salamanca (institución donde trabajo), que ha organizado, en el marco de los Cursos de Verano de Santander, un encuentro conmemorativo del V Centenario de la Escuela de Salamanca titulado "De los derechos fundamentales a los derechos digitales y la IA" y que tiene como estrella principal al propagandista argentino Marcelo Gullo, cuyos trabajos sobre la hispanidad están llenos de errores y omisiones, a pesar de que se anuncian como históricos. Aunque, la verdad, quizá no debería sorprenderme tanto después de que la misma universidad haya concedido el doctorado honoris causa al tenista Rafael Nadal como representante de los valores de la Escuela de Salamanca, o de que se haya organizado un Torneo de Golf Conmemorativo de la citada efeméride, en el que cada uno de los dieciocho hoyos del club salmantino de Zarapicos estará dedicado a un concepto o figura clave de la Escuela de Salamanca.
No se trata de censurar otras interpretaciones de la historia, sino de distinguir la investigación de una seudociencia que, por definición, no puede ser avalada por una universidad
Digresiones aparte, si se quería debatir con rigurosidad sobre "¿Qué aportó la Escuela de Salamanca a Hispanoamérica?" (que es como se llama la mesa en la que interviene Gullo), se me ocurren varios investigadores del área de Historia de América de la propia Universidad mucho más rigurosos y sistemáticos que él o María José Rubio, la otra ponente, una escritora de novela histórica especializada en reinas. Es posible que no se haya recurrido a los historiadores de la propia universidad para ofrecer un programa más plural, pues ya hay otra mesa redonda titulada "La Universidad de Salamanca de cara al futuro: difundiendo el conocimiento", en la que participan un informático de la Fundación General de la Universidad y el vicerrector de Relaciones Internacionales, Raúl Sánchez Prieto. Ambos forman parte de COMHiS (Comunicación Hispana), que organiza eventos donde se habla de las posibilidades para los emprendedores en la comunidad hispana gracias a la lengua común, todo ello salpimentado con mucho orgullo hispano y sal gorda del "nada de que pedir perdón". Visto lo visto, en uno de mis desvelos, se me pasó por la cabeza la disparatada idea de que el activismo hispanista del vicerrector Sánchez Prieto quizá influyó en el rechazo de una beca que conseguimos desde el Instituto de "Iberoamérica" para un estudiante del Máster en Estudios "Latinoamericanos". Pero inmediatamente aparté de mí ese cáliz porque hubiera sido demasiada frivolidad tomando en cuenta el perjuicio que la decisión provocó a la Universidad y al programa en sí.
Volviendo a la estrella invitada de mi universidad, he de decir que la debilidad argumental de Gullo está en el tu quoque –el y tú también–, una falacia lógica que consiste en responder a una crítica señalando que quien critica o un tercero ha cometido el mismo error o algo peor, en lugar de refutar el argumento en cuestión. Por ello, responde a cualquier crítica de la conquista española señalando atrocidades cometidas por ingleses, holandeses, franceses o norteamericanos en lugar de explicarlas, refutarlas o ponerlas en contexto. Ese procedimiento podría ser legítimo –comparar es un instrumento metodológico válido–, pero se convierte en propaganda cuando, a) sustituye al análisis de los hechos hispánicos en lugar de complementarlo; b) selecciona acríticamente las fuentes que favorecen la tesis; y c) presenta como certezas irrefutables afirmaciones que la historiografía académica matiza o discute profundamente. Esta omisión no es inocente, puesto que los estudios contemporáneos sobre la historia colonial han producido una historiografía matizada que reconoce tanto las aportaciones –que las hay, y muchas– como las violencias del sistema colonial español, sin caer en la leyenda negra ni en la leyenda rosa.
No se trata de censurar otras interpretaciones de la historia, sino de distinguir las investigaciones rigurosas de la seudociencia que, por definición, no puede ser avalada por una universidad. Sabiendo que, a primera vista, las diferencias no siempre están claras, me valdré de un ejemplo. El propio rector de la Universidad de Salamanca, Juan Manuel Corchado, pidió que se retirara su nombre como coautor del estudio titulado "What is a UFO?", publicado en 2017 en el Journal of Aircraft and Spacecraft Technology, porque, según dijo, fue incluido junto a los otros seis coautores sin su consentimiento; pero la causa evidente era marcar distancias con un articulo de seudociencia sobre marcianos para precautelar su prestigio como autor altamente citado, en los términos que exigen los estándares científicos y la ética universitaria. En resumen: en la universidad no vale todo.
Por otro lado, para Marcelo Gullo la evangelización y la salvación de los indígenas de sus profanos líderes caníbales constituyen la justificación de la conquista, asumiendo que el bien objetivo que se entrega –la fe cristiana– excusa el método coercitivo de su trasmisión. Es el mismo tipo de razonamiento utilizado por todos los imperialismos de la historia, desde la "carga del hombre blanco" del poema anglosajón hasta el "deber civilizador" francés. Todos ellos compartían la convicción de que el beneficio que el colonizador aporta al colonizado es razón suficiente para que éste sea sometido sin consulta.
El argumento evangelizador como justificación tiene una larga historia crítica dentro de la propia tradición hispánica. Resulta significativo que los pensadores más lúcidos sobre esta cuestión sean precisamente teólogos y juristas españoles del siglo XVI. El propio Francisco de Vitoria, que sirve como pretexto para las jornadas de Santander, fue el primero en refutar explícitamente que la evangelización pudiera servir como título jurídico para la conquista. En sus Relectiones de Indis, Vitoria argumentó que el rechazo del Evangelio por parte de los indígenas no podía constituir causa justa de guerra, porque la fe no puede imponerse por la fuerza. Este argumento lo formuló mientras la conquista estaba en pleno auge y lo dirigió directamente contra los teólogos que justificaban la guerra en nombre de la evangelización. Quinientos años después, la universidad que reivindica su legado ha decidido celebrarlo invitando a quien sostiene exactamente lo contrario. Algunas ironías de la historia no necesitan más comentarios.
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