Algunas veces me han preguntado por qué desaprovecho la oportunidad que me ofrece una columna de opinión para explicar los problemas reales de América Latina y por qué no propongo soluciones. Mi respuesta suele decepcionar: para lo primero ya tengo los artículos académicos, donde llevo años escribiendo sobre instituciones, democracia, partidos políticos y representación con todas las herramientas que ofrece la Ciencia Política. En cuanto a las soluciones, muchas veces no las tengo o desconfío de mí mismo cuando creo tenerlas: soy de los que sospechan de quienes siempre tienen respuestas simples para problemas complejos. Por estas razones, aquí persigo otro objetivo.
Soy un ecuatoriano que vive en España desde hace muchos años; un politólogo que estudia Argentina, México o Cuba desde una ciudad europea. Esta posición fronteriza, desplazada, hecha de distancia y de nostalgia, no es solo un dato biográfico, sino que es, o intenta ser, un método. La lejanía permite observar aquello que la cercanía oculta y el afecto impide caer en la falsa objetividad de quien cree que comprender una realidad consiste únicamente en medirla. Aprendí, como tantas personas dispersas por el mundo, que la pertenencia no siempre es una cuestión geográfica y que su pérdida, curiosamente, agudiza cierto tipo de atención.
La Ciencia Política me ha proporcionado los instrumentos para investigar la región: variables, indicadores índices, regularidades. Esta disciplina tiene la enorme virtud de la precisión y el pequeño defecto de creer que la realidad siempre puede caber dentro de un modelo. Sin embargo, hay procesos en América Latina que se escapan de las categorías que usamos para estudiarla. Salen por una rendija, unas veces por la contradicción y otras por la informalidad; en ocasiones por el humor y con frecuencia por la violencia; pero casi siempre por la desmesura de sus líderes, de sus tragedias, de sus expectativas o de sus frustraciones.
Hay elementos de la experiencia latinoamericana que no pueden operacionalizarse. Fenómenos que los marcos teóricos diseñados para explicar otras realidades ni siquiera imaginan. Quizá por eso terminé escribiendo sobre asuntos que aparentemente tienen poco que ver con la política como la música, la comida, el baile, el racismo, el machismo o los expresidentes, caudillos, narcos y demagogos. Algunos consideran que estos temas son frívolos frente a los grandes problemas de la región. Yo sospecho lo contrario.
Pienso, por ejemplo, en el bolero. No como curiosidad folclórica sino como documento político. Esa narrativa del abandono y la traición, esa voz que canta la herida con una elegancia que casi la dignifica, recorre décadas de cultura popular latinoamericana. ¿No dice algo sobre cómo ciertas sociedades han aprendido a soportar, e incluso a sublimar, la decepción? ¿Sobre cómo se procesa el fracaso cuando las instituciones no ofrecen reparación? No estoy diciendo que el bolero explique una elección presidencial, sino que revela una atmósfera emocional que los indicadores de confianza institucional apenas rozan.
Lo mismo vale para la comida. Una identidad nacional puede leerse en lo que una sociedad decide preservar en la mesa cuando todo lo demás cambia. Son fenómenos que los politólogos solemos dejar fuera del análisis, pero que configuran la manera en que las personas entienden el mundo y se relacionan con él.
Las comunidades no solo se gobiernan, también se articulan, se fracturan y se reconstituyen a través de significados, que tienen sabor y música"
La idea no es nueva: desde Gramsci hasta los estudios culturales contemporáneos, pasando por la antropología política, existe una larga tradición que advierte sobre la necesidad de leer el poder en la cultura. No obstante, mi pretensión en esta columna es más modesta: busco ofrecer una mirada que no separe el rigor del afecto, que me permita escribir sobre América Latina desde dentro de ella aunque viva fuera, y que asuma que hay cuestiones que la razón tarda en comprender y que el cuerpo —el que baila, el que cocina, el que emigra— ya resolvió hace tiempo.
Las ciencias sociales siempre han privilegiado como claves explicativas de la acción política las instituciones, los incentivos y los intereses. Esto es fundamental para comprender cómo se estructura la competencia por el poder, pero cada vez resulta más evidente que las personas no actúan únicamente desde cálculos racionales. También actúan desde lealtades heredadas, prejuicios no declarados, nostalgias que sobreviven a los cambios de régimen y emociones que ninguna encuesta registra del todo.
La tarea, entonces, no consiste en elegir entre instituciones y cultura, entre cabeza y corazón. Consiste en asumir que ambas forman parte de una misma realidad. Desde este postulado propongo intentar entender América Latina prestando atención, además de a sus reglas, a sus relatos; aquellos que las sociedades usan para explicarse a sí mismas, para distribuir reconocimiento, para sostener o erosionar lo que existe. Porque al final, las comunidades no solo se gobiernan, también se articulan, se fracturan y se reconstituyen a través de significados. Y esos significados tienen historia, tienen geografía, tienen sabor. A veces, incluso, tienen música.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.
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