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Opinión

Goles y votos: fútbol y política en América Latina

Mauricio Macri, dcha, felicita a Javier Milei al asumir la Presidencia.
Mauricio Macri, dcha, felicita a Javier Milei al asumir la Presidencia, en diciembre de 2023. | Europa Press

Lo que pasó la noche del 6 de febrero de 1997 frustró muchos sueños y aspiraciones de Abdalá Bucaram Ortiz. En esa fecha fue destituido de la presidencia de la República del Ecuador por el Congreso Nacional mediante una votación de 44 votos a favor, 34 en contra y dos abstenciones. La causal invocada fue la de "incapacidad mental para gobernar" prevista en el artículo 100 de la Constitución de 1979, aunque nunca existió un informe médico que la acreditara, como él siempre recuerda. La decisión, adoptada en medio de una huelga nacional y masivas protestas ciudadanas, abrió una grave crisis constitucional y, durante varios días, Ecuador convivió con tres presidentes que se consideraban legítimos en otro de esos episodios que, a la par que pintorescos, dan fe de la debilidad institucional de algunos países.

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Más allá de la frustración que le debió causar tener que dejar el poder luego de haberlo perseguido durante décadas, estoy absolutamente seguro de que uno de los planes truncados que más le dolió fue no haber podido jugar un partido de fútbol con Diego Maradona. Pero antes de contar lo ocurrido, creo que es necesario dar algo de contexto. Resulta que Bucaram era un consumado deportista, tanto es así que representó a Ecuador en las competiciones de velocidad durante las Olimpiadas de Múnich de 1972; no obstante, a pesar de haber destacado en atletismo, el fútbol es su pasión, más aún cuando juega el Barcelona Sporting Club. Tanto es así que, para espanto de las folclóricas, suele vestir de amarillo, color de la camiseta del equipo de sus amores.

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Siempre ha dicho que dejó el fútbol por el atletismo por deseo de su padre, pero que a él le hubiera gustado ser futbolista y jugar en el Barcelona. Al no poder cumplir su sueño, se hizo elegir presidente de un club, un recurso común a muchos hombres que tienen o buscan fortuna y poder. Así, en enero de 1997, se presentó como candidato único a las elecciones del Barcelona Sporting Club. No le pareció incompatible dirigir simultáneamente el país y el equipo más popular de Ecuador. Su directiva reproducía, además, la confusión entre ambos mundos e incluía a ministros, altos funcionarios y personas cercanas al Gobierno.

Bucaram anunció incluso su intención de contratar a Diego Armando Maradona. Es más, según su versión, el futbolista cobró por adelantado medio millón de dólares que no devolvió. Según otras versiones, se habrían jugado partidos no oficiales en los que participaron ambos. El caso es que la aventura duró apenas unas semanas, pues al ser destituido de la Presidencia de la República tuvo que abandonar el país, dejando atrás el sueño de jugar con Maradona.

Si bien es cierto que Bucaram usó la Presidencia para hacerse con un club de fútbol, hay tres casos de presidentes de la República que antes lo habían sido de sus clubes, todos en la cuenca del Río de la Plata, a saber: Mauricio Macri, de Argentina; Horacio Cartes, de Paraguay; y Tabaré Vázquez, de Uruguay. Cuando Macri ganó la presidencia de Boca Juniors, uno de los equipos más populares de su país y conocido a nivel internacional, era ante todo el hijo de un poderoso empresario. Gracias al perfil público que obtuvo con el equipo azul y oro y a los éxitos deportivos que se atribuyeron a la eficiencia gerencial con que manejaba el club, pudo construir un liderazgo propio que, sin duda, le impulsó a la Jefatura del Gobierno de Buenos Aires justo después de dejar Boca Juniors y, ocho años más tarde, a la Presidencia de la nación.

En el caso del paraguayo Horacio Cartes, el impulso a su carrera política desde el estadio parece ser más evidente. Nunca había ocupado un cargo de elección popular cuando dio el salto a la política nacional desde la presidencia del Club Libertad: el tercero del país luego de Cerro Porteño y Olimpia. Se trata también de un empresario con una gran fortuna que, al frente del club, construyó una imagen de gestor eficaz y ganador que el Partido Colorado convirtió en activo electoral.

La historia de Tabaré Vázquez es algo distinta, en el sentido de que no era un empresario que hubiese comprado prestigio a través del fútbol, sino un médico oncólogo profundamente arraigado en La Teja, uno de los barrios obreros e industriales de Montevideo construido entre frigoríficos, fábricas y sindicatos. A finales de la década de 1970 asumió la presidencia del Club Atlético Progreso, un modesto equipo de Primera División muy alejado de los dos soles alrededor de los cuales gira el sistema solar del fútbol uruguayo, Peñarol y Nacional. Desde aquel pequeño club de barrio comenzó una trayectoria de liderazgo comunitario que, sumada a su militancia en el Partido Socialista —integrado en el Frente Amplio—, le acabaría llevando a la Presidencia de la República.

Otro caso diferente es el de Sebastián Piñera. A diferencia de Macri, Cartes o Tabaré Vázquez, Piñera nunca presidió un club de fútbol. Fue, eso sí, el principal accionista de Blanco y Negro S.A., la sociedad concesionaria de Colo-Colo. Aquella inversión aumentó enormemente su visibilidad pública y reforzó su imagen como empresario exitoso, aunque resulta difícil sostener que desempeñara el mismo papel de plataforma política que Boca Juniors para Macri. En realidad, más que un trampolín hacia La Moneda, Colo-Colo fue un activo que amplificó una notoriedad que Piñera ya había construido en el mundo de los negocios y los medios de comunicación.

El fútbol en América Latina no es solo una pasión popular, sino una de las gramáticas más eficaces del poder"

Estos cinco recorridos –el atajo frustrado de Bucaram, el trampolín de Macri, el debut político de Cartes desde una tribuna, la militancia de barrio de Tabaré Vázquez y la inversión de Piñera– muestran que el fútbol en América Latina no es solo una pasión popular, sino una de las gramáticas más eficaces del poder. Un club ofrece lo que ningún partido ni ninguna campaña logra construir con la misma rapidez una visibilidad instantánea, una cercanía emocional con las masas y la posibilidad de que un dirigente traduzca en votos el prestigio de un triunfo que, en el fondo, no es suyo sino de once jugadores en una cancha.

Además, el hecho de que las rutas hacia el poder futbolístico sean dispares –la del empresario que compra prestigio, la del vecino que lo construye desde abajo o la del inversor que amplifica una fama ya existente– confirma que este deporte funciona como espejo de las propias sociedades que lo idolatran al ser una industria que se mueve entre el deporte y las identidades que es tan capaz de servir de plataforma para el ascenso legítimo como de exhibir, en su forma más grotesca, la confusión entre lo público y lo privado.

En definitiva, en una región donde el estadio convoca a más gente que cualquier mitin político, no debería sorprender que tantos hombres con ambiciones de poder hayan entendido antes que nada que, en ocasiones, el camino más corto hacia los votos pasa por la cancha.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.

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