Opinión

Colombia y el repugnante otro

Abelardo de la Espriella, candidato a la Presidencia de Colombia en Medellín.
Abelardo de la Espriella, candidato a la Presidencia de Colombia en una rueda de prensa en Medellín. | Europa Press

El sociólogo Carlos de la Torre definió, en uno de sus libros, al expresidente ecuatoriano Abdalá Bucaram como "el repugnante otro". Una expresión que captura muy bien la polarización política y social que vivió Ecuador durante la segunda mitad de la década de 1990, cuando el líder populista y su partido tenían un rol estelar en la tragicomedia nacional. Bucaram era, efectivamente, muchas de las cosas que a ojos de sus detractores lo hacían "repugnante". Era vulgar, procaz, arrogante, estridente, zafio, machista, racista y dado a la provocación permanente. Su carrera ha estado marcada por insultos, acusaciones temerarias, escándalos de corrupción, denuncias de nepotismo y una forma de entender la política que parecía desafiar deliberadamente los límites de lo aceptable por la "gente bien".

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Pero sus excesos no bastan para explicar la intensidad del rechazo que despertaba. Bucaram resultaba perturbador porque exhibía en público aquello que las élites preferían mantener fuera de escena. Su forma de hablar, de vestir, de relacionarse con el poder y de ocupar el espacio político representaba lo contrario de la imagen que la "gente bien" ecuatoriana tenía de sí misma y de lo que consideraba que debía ser un gobernante. Verlo era asistir a la irrupción de los barrios urbano-marginales en la cabina de mando del país, bajo el liderazgo de un "turco" dispuesto a disputar no solo el poder, sino también las formas legítimas de ejercerlo.

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Lo que muchos no entendieron al escandalizarse por el apoyo electoral de Bucaram es que no estaban observando únicamente a un político. Estaban frente a una parte del Ecuador que llevaba décadas golpeando la puerta sin que la dejaran entrar. Bucaram no inventó el sentimiento de agravio por la desigualdad, el resentimiento hacia las élites, la desconfianza hacia los expertos ni la sensación de que los gobernantes vivían en un mundo distinto al de la mayoría. Todo eso existía antes de que él apareciera. Su talento consistió en convertir esas percepciones dispersas en una identidad política movilizada. Por eso sus propuestas, incluso cuando eran inviables, improvisadas o contradictorias, resultaban razonables para muchos de sus seguidores. Y no era porque estuvieran respaldadas por complejos estudios técnicos, sino porque, para ellos, estaban cargadas de "sentido común" y operaban en el mismo registro que organizaba la cotidianidad de sus votantes.

Salvando las distancias históricas, sociales y personales, algo similar parece estar ocurriendo hoy en Colombia con el candidato presidencial Abelardo de la Espriella. Para una parte significativa de la opinión pública, especialmente aquella que se considera ilustrada, moderna, pacifista y cosmopolita, el abogado costeño encarna casi todo aquello que no debería representar un líder político.

Su lenguaje hiperbólico, su gusto por la confrontación, su exhibición de riqueza, su nacionalismo enfático, sus posiciones conservadoras, su pasado profesional, su apología de la violencia y su aparente despreocupación por los códigos de corrección política lo convierten en una figura particularmente irritante para quienes pensaron que Colombia estaba cambiando. Para sus detractores, De la Espriella no representa simplemente una opción política equivocada, sino una forma de entender el país que consideran atrasada, vulgar, autoritaria y peligrosa. Dicho de otro modo, antes incluso de saber si puede gobernar Colombia, muchos ya lo han convertido en el "otro" al que odiar porque les restriega esa parte del país que se parece a él y que prefieren no ver.

En realidad, personajes de este tipo siempre han existido en la política local y regional colombiana. Lo diferente es que una figura sobre la que recaen sospechas de vínculos con grupos armados o actividades ilícitas tenga posibilidades reales de competir por la Presidencia. Esa es la verdadera novedad. Y para entenderla conviene mirar menos al candidato y más a la historia reciente del país.

La contención ocurrida con este tipo de liderazgos se explica, al menos en parte, por el control que las élites tradicionales han mantenido sobre Colombia desde su fundación. A diferencia de otros países de América Latina donde estas se renovaron parcial o totalmente, allí las viejas estirpes políticas demostraron una notable capacidad de supervivencia. El expresidente Juan Manuel Santos (2010-2018) es un buen ejemplo ya que su familia llega, pasando por varios "ex algo", hasta los héroes de la independencia. Un caso de continuidad ya poco común en una región donde cada vez es más difícil encontrar grupos familiares que controlen durante tanto tiempo los espacios donde se toman las decisiones más importantes del país.

Dicha continuidad no se debe únicamente al control de recursos económicos, políticos o sociales, sino también a la institucionalización del conflicto y la violencia. Durante décadas, la guerra interna redujo la capacidad de articulación de muchas demandas sociales y empujó a otras fuera de los canales institucionales. Como resultado, buena parte de los sectores subalternos terminaron disputando el poder por fuera de las reglas del sistema, lo que paradójicamente contribuyó a preservar el control de las élites tradicionales sobre las instituciones del Estado.

De la Espriella no es el visitante inesperado que ha irrumpido en la política colombiana sino el reflejo de una de las caras de Colombia que siempre estuvo ahí"

Al Tigre de la Espriella se le reprocha que, pese a su pasado como abogado de paramilitares y narcotraficantes, proponga terminar con la política de Paz Total, rechazar negociaciones con grupos armados, construir megacárceles de máxima seguridad, endurecer penas y recuperar el control territorial mediante operaciones más agresivas de las Fuerzas Armadas. También plantea un "Plan Colombia 2.0" basado en inteligencia artificial, drones y el fortalecimiento de la capacidad coercitiva del Estado para combatir el narcotráfico.

La aparente contradicción, sin embargo, quizá no sea tal. La historia colombiana ha dejado heridas profundas en la sociedad y también ha definido ciertas particularidades en la forma de entender la vida pública. Uno de los síntomas de lo anterior fue el resultado del plebiscito sobre el acuerdo de paz de 2016, en el que el no se impuso, con claras victorias en los mismos departamentos en los que ahora ganó el "Tigre". Otra manifestación puede observarse en la relación que Colombia mantiene con la economía de la cocaína. Es un producto al que se condena públicamente, pero cuya producción continúa creciendo y los recursos que genera siguen infiltrándose en la economía, la política y la cotidianeidad misma de amplias regiones.

Vista en conjunto, Colombia parece un país lleno de paradojas. Rechaza la violencia, pero demanda respuestas cada vez más de "mano dura" contra el crimen; condena el narcotráfico, pero convive con las transformaciones económicas y sociales que este produce; critica a las élites tradicionales, pero sigue admirando la riqueza, el liderazgo fuerte y la capacidad de imponer orden. Quizá por eso la discusión más interesante no sea la que gira en torno a Abelardo de la Espriella, sino la que interroga a la propia sociedad colombiana. Presentarlo como una anomalía tiene la ventaja evidente de mostrar que el problema es él, que se trata de una excentricidad política o de una desviación pasajera.

No obstante, De la Espriella no inventó la fascinación por la mano dura o el uso de la violencia para procesar conflictos, la desconfianza hacia las negociaciones de paz, la admiración por quienes acumulan riqueza, la tolerancia hacia ciertas formas de corrupción o la convicción de que los problemas nacionales se resuelven mediante demostraciones de fuerza. Todo eso existía antes de que decidiera competir por la Presidencia, de modo y manera que quizá haya que verlo como una expresión genuina de su sociedad y no como una excepción. Al igual que Bucaram en Ecuador, su principal talento ha consistido en reconocer sentimientos dispersos y darles una voz reconocible. Por eso quienes lo presentan como un cuerpo extraño probablemente se equivocan. De la Espriella no es el visitante inesperado que ha irrumpido en la política colombiana. Es, más bien, el reflejo de una de las caras de Colombia que siempre estuvo ahí, aunque durante mucho tiempo prefirió no verse en el espejo.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.

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