Opinión

Bachatea, Torito

Anthony Romeo Santos junto a Juan Luis Guerra, Estadio Olímpico, Santo Domingo 2012.
Anthony Romeo Santos junto a Juan Luis Guerra, Estadio Olímpico, Santo Domingo 2012. | Alex Cancino (Wikipedia-CC)

El primer gran evento musical al que asistí fue a un concierto de Juan Luis Guerra y 4.40. El éxito de su álbum “Bachata Rosa” hizo que los promotores se atrevieran a montar el escenario en el Estadio Olímpico Atahualpa, el sitio con más aforo de Quito, pues presumían que se quedarían pequeños los polideportivos donde solían presentarse los artistas internacionales. Era el Quito de 1992 y aún subsistía algo de esa ciudad “municipal y espesa” del poema de Arturo Borja –miembro de la generación decapitada- que parafrasea en ese verso a Rubén Darío. La expectativa fue muy grande porque no era habitual que las giras mundiales pasaran por la mitad del mundo.

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Uno de los hits de ese álbum fue “Burbujas de amor”, la canción del pez en la pecera, y la misma “Bachata Rosa”, aunque ninguna era de mis favoritas. Me parecían un poco moñas y musicalmente menos ricas que otras de ese mismo disco o del anterior, “Ojalá que llueva café”, que abre con “Visa para un sueño”, una de las canciones que junto a “Pasaporte”, del cubano Alexander Abreu, mejor describe los sentimientos del que quiere migrar. Además, contenía una versión del calipso venezolano “Woman del Callao”, cantado en esa mezcla de idiomas tan propia del Caribe.

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Tardé en darme cuenta de que la referencia de “Bachata Rosa” no era la flor, sino el género musical. La verdad sea dicha, en 1992 no era consciente de que existiera un tipo de música con ese nombre, mientras que sí estaba familiarizado con el merengue o el perico ripiao –también dominicanos– que se popularizaron en América Latina durante la década de 1980 gracias a Wilfrido Vargas, Las Chicas del Can o Johnny Ventura.

En mi defensa, diré que la bachata tardó en hacerse mainstream porque fue discriminada desde su marginal nacimiento. Mientras el régimen autoritario de Rafael Leónidas Trujillo adoptó y promovió el merengue como música nacional, la bachata quedó relegada a los burdeles, a los colmados –esos locales donde se hace vida de barrio a la vez que se compra de todo– y a las emisoras que la programaban como quien esconde algo de lo que se avergüenza. Las élites dominicanas la despreciaban por supuestos motivos musicales, pero, en realidad, era por una cuestión de clase, estatus y raza, categorías que casi siempre van juntas en América Latina y el Caribe.

En el caso de la bachata se repite el patrón visto en el tango y otros géneros que hace del sonido de los pobres un sinónimo de vulgaridad hasta que alguien con el pedigrí adecuado decide que ya es apto para escucharse en sociedad. Por lo general, son procesos graduales con muchos protagonistas, pero en la música de Quisqueya sería injusto negar el papel de Juan Luis Guerra, cuya lírica y arreglos armónicos e instrumentales han sofisticado su música popular para “exportarla”. Algo parecido a lo ocurrido en la salsa con las letras de Rubén Blades.

Haciendo un poco de historia, José Manuel Calderón grabó en 1962 la que se considera la primera bachata. A riesgo de simplificar mucho, se podría decir que la bachata es un bolero con un ritmo mucho más bailable gracias a su concubinato con el son y otros géneros caribeños. En la música se distingue claramente una evolución de los arpegios del bolero que, en la parte de los solos, se llaman punteados. Para ello se usa la guitarra o el “requinto”, un instrumento parecido a la guitarra, pero más pequeño y agudo al estar afinado una quinta más alta. Ahora bien, su marca de nacimiento frente al bolero son las percusiones con los bongós y el güiro que marcan el ritmo. Y aquí viene otra característica diferencial: es una música para bailar que no necesita de orquestas, como el merengue, o de instrumentos más complejos, como el acordeón propio del perico ripiao. Su fuerza residía desde el inicio, precisamente, en la economía de medios y en una capacidad extraordinaria para convertir emociones comunes en canciones memorables.

La palabra “bachata” no significaba originalmente tristeza. Viene de un vocablo de raíz africana que designaba la parranda, la juerga, la fiesta de patio con guitarra y ron barato"

Porque si hay algo que singulariza y distingue a la bachata son sus letras. En ellas nunca se habla de grandes gestas, basta con contar un historia de desamor o de alguien que espera una llamada que nunca llega. Desde esa cotidianidad, rezuma la tragedia incluso en los momentos felices y abundan las pasiones no correspondidos o idealizadas, las traiciones, abandonos y muertes, el trago amargo, las infidelidades y el sufrimiento amoroso por los cuatro costados. Dicho lo cual, y esto es lo interesante, la sexualidad y la sensualidad siempre están presentes, quizá por el sentido primigenio del término que la nomina, así como por todo lo que expresa la forma de bailarla.

La palabra “bachata” no significaba originalmente tristeza, sino todo lo contrario. Viene de un vocablo de raíz africana que designaba la parranda, la juerga, la fiesta de patio con guitarra y ron barato. Así se llamaban esas reuniones populares en los campos o los colmados mucho antes de que el término se aplicara a un género musical concreto. La ironía es que ese nombre festivo terminó adherido a una música que se hizo célebre por lo contrario.

El género evolucionó y se popularizó en el mundo entero gracias a músicos como Anthony Santos, Luis Vargas, Héctor Acosta “El Torito" o Raulín Rodríguez, que transformaron el sonido sin traicionar su esencia. Electrificaron las guitarras, renovaron los arreglos y ampliaron el horizonte musical de la bachata sin romper el hilo que la unía con sus orígenes populares y, sobre todo, con sus letras, que siguen siendo exageradamente cursis, explícitas y trágicas. Son tan desmesuradas que ahí está precisamente su gracia.

Más tarde aparecerían Aventura y Romeo Santos, hijos de la diáspora dominicana en Nueva York, demostrando que las identidades nacionales también se construyen lejos del territorio de origen contribuyendo a la difusión de la cultura en nuestra lengua. “Obsesión”, uno de los éxitos de Romeo Santos y Judy Santos, ocupó el n.º 1 en Italia durante 16 semanas consecutivas en el año 2002. Una popularidad y un valor cultural que reconoció la Unesco al declararla patrimonio cultural inmaterial en 2019.

Pero lo mejor de la bachata es bailarla. Los cuerpos suelen estar muy juntos y una de las piernas en medio de las de la pareja mientras, en su forma más básica, se dan tres pasos hacia cada uno de los lados, seguidos por una pausa con movimiento que sirve de apoyo e inicio del movimiento hacia el otro lado gracias a sus compases simétricos. Actualmente, cada vez es más común ver bailar la denominada “bachata sensual” que incluso tiene concursos internacionales. Esta, nacida en las academias de baile europeas, es discutida con vehemencia por los puristas dominicanos, quienes sospechan que las olas de torso y las figuras acrobáticas de esta modalidad tienen más de gimnasio que de barrio caribeño. Personalmente, quizá porque soy como los señores mayores del Festival de Cante de las Minas, creo que no les falta razón porque así se pierde mucha de la improvisación de pies y otros movimientos que caracterizan al baile tradicional. Sin embargo, he de decir que la popularidad de la bachata se debe precisamente a la posibilidad de aprender en una escuela una rutina que permite suplir la falta de capacidad de improvisación o ritmo de algunas personas que, de esta manera pueden disfrutar de la felicidad que da el bailarla.

La historia de la bachata muestra que la cultura popular no constituye un simple reflejo de las relaciones de poder, sino uno de los espacios donde estas se disputan. Lo que comenzó siendo una música estigmatizada por razones de clase y raza terminó transformándose en uno de los principales símbolos culturales de la República Dominicana y de su proyección en el mundo. Más que la evolución de un género musical, su trayectoria muestra cómo cambian los criterios de legitimidad cultural y cómo las identidades nacionales se construyen incorporando, muchas veces con retraso, aquello que antes había sido excluido.

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Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com

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