Oscar Puente y Javier Negre se necesitan. Si uno de los dos desapareciera de las redes, el otro tendría que vestir luto. El macarra, por naturaleza, necesita de otro macarra para reivindicarse, para justificar el golpe por golpe, el insulto por el insulto. El problema es que Puente es ministro del gobierno de España y Negre un periodista que ha visto en la propaganda a favor de la extrema derecha (nacional y extranjera) una forma de ganarse la vida.

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Negre, como el que fue su reportero estrella, Vito Quiles, juegan a la provocación, siempre a la búsqueda de likes en las redes sociales. Su trabajo tiene poco que ver con la práctica del periodismo, que consiste en dar información veraz al público. Negre usa el periodismo como una excusa para ganar influencia... y dinero.

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El ministro Puente, que debería ocuparse más de mejorar el servicio de Renfe, que funciona cada día peor y que acumula pérdidas multimillonarias que sufragamos todos los ciudadanos, ha irrumpido en pleno agosto con la polémica de una fotografía de Felipe VI saludando a Negre en el acto de toma de posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia en Cali. La escena es breve. Negre se acerca al rey, le da la mano, le pide una fotografía, el monarca accede y punto.

Puente reaccionó al día siguiente en X –lo que fue Twitter es un arma que maneja con soltura– calificando esa imagen como "una absoluta ignominia". No contento con la polvareda que provocó su primer comentario, el pasado lunes volvió a insistir en sus críticas al monarca en una entrevista en Europa Press. Se explayó a gusto. Dijo que la imagen que él tiene de un jefe del Estado dista mucho de la que ofreció el rey saludando a un tipo como Negre, al que él no "no tocaría ni con un palo". El ministro de Transportes sentenció: la Casa Real "ha cruzado una línea roja" .

De no haber sido por Puente, nadie, excepto los seguidores del propio Negre, se hubiera enterado del saludo con el rey en Cali. Así que ha sido el ministro el que ha dado relevancia y significado a algo que no pasaría de ser una incómoda anécdota. Probablemente, ni Felipe VI cayó en la cuenta de quién era el individuo que estaba en la fila con otros muchos para estrecharle la mano y pedirle una foto.

La estrategia consiste en debilitar al rey, convertirle en una marioneta del presidente del Gobierno

Evidentemente, Puente no ha criticado al rey –cosa que sucede por primera vez en España con un monarca en ejercicio– por pura venganza personal; él mismo reconoció en la entrevista a Europa Press que le ha demandado en un juzgado por publicar una foto de su hija cuando era menor de edad. No, ni mucho menos. El ministro puede ser un bocazas, pero no es tonto y sabe lo que hace. Es decir, es consciente de que sus declaraciones plantean dudas importantes: ¿son buenas las relaciones entre la Corona y el Gobierno? ¿Es cierto que el presidente no tiene química con Felipe VI? ¿Es el momento de plantear el debate sobre monarquía o república?

Aunque Puente afirma que lo dicho forma parte de su derecho a la libertad de expresión y que no ha seguido la consigna de nadie, es evidente que en un tema tan sensible como este ha consultado previamente con el presidente. Eso es indudable en el caso de la entrevista. No olvidemos que Puente, que define al presidente como "el puto amo", es amigo personal de Sánchez y de su esposa, Begoña Gómez. Si él pensara que la polémica con el rey les incomoda, no hubiera dado pie a la conversación con Europa Press. Así que hay que deducir que este lío a Sánchez le gusta, le viene bien.

Cuenta Puente además (eso también es propio de macarras abusones) con la ventaja del silencio obligado de Felipe VI, que no puede defenderse por su papel constitucional. Él rey si tiene limitada su libertad de expresión.

Entremos ahora en lo mollar de esta serpiente de verano. ¿Por qué le interesa a Pedro Sánchez darle este capirotazo al rey? Hay quien dice que es por desviar la atención del desastre de Ceuta. Otros van más lejos y apuntan a que esta es la última bala del presidente para movilizar a la izquierda, un debate que puede dividir a España en dos y que podría darle réditos electorales.

Puede que la conversación sobre la pertinencia de la fotografía del rey con Negre confunda un poco a algunos despistados, pero pretender que con ello se puede apartar el foco de la crisis de Ceuta es algo que no se ocurre ni al que asó la manteca.

Tampoco creo que Sánchez esté tan loco como para desestabilizar a la corona pretendiendo con ello aglutinar a toda la izquierda y salir victorioso en las próximas elecciones.

Como recordaba ayer Angel Carreño en El Independiente, esa polémica puede salirle cara a Sánchez, ya que un tercio de los votantes socialistas se declaran a favor de la monarquía. Lo que podría ganar el PSOE por su izquierda, al atraer posibles votantes de Sumar o de Podemos claramente republicanos, lo perdería por el centro. Nunca ha sido buena idea robar votos dentro del mismo bloque electoral. La suma, en caso de forzar un debate sobre monarquía o república o incluso la idea de proponer un referéndum con el fin de decidir sobre la forma de Estado, sería siempre más pequeña que la que resulta de sumar a un partido que todavía respeta –al menos formalmente– el pacto constitucional con otros que quieren romper la Constitución de 1978.

No. Sánchez no se va a atrever a tanto. Su final podría ser dramático. Sería recordado no sólo no sólo como el presidente que acumuló más casos de corrupción de la democracia sino que, además, con tal de salvarse, puso en riesgo la paz civil en España.

Ahora bien, el incidente de Puente responde a una estrategia calculada, que consiste en recordarle a Felipe VI que su figura no es intocable, que, en gran medida, su prestigio depende de lo que le interese al gobierno. Esto es, debilitarle, pero mantenerle débil para que no de un paso sin contar con la Moncloa. Lo que hizo Puente con su entrevista fue mostrar el disgusto del presidente con la declaración institucional de Felipe VI de apoyo a Ceuta, que fue muy mal recibida en en entorno de Mohamed VI.

A Sánchez, Felipe VI le molesta porque no está bajo su mando. Cada paso que da el rey con cierta autonomía provoca un sarpullido en la Moncloa. Para estos casos, siempre es bueno tener al lado a un dóberman como Puente. Él sólo tiene una línea roja: no molestar al "puto amo".