El pasado jueves, en su discurso de una hora larga (21 folios en la transcripción oficial) en el Congreso de los Diputados, Pedro Sánchez no mencionó ni en una ocasión al rey de España. El lunes, en la Cadena Ser, el presidente se había referido a Felipe VI de forma un tanto displicente al preguntar retóricamente cuántas veces había ido a Ceuta en los últimos 20 años, para añadir que él si lo había hecho. Un reproche un tanto absurdo ya que, como el mismo recordó en la citada entrevista, esa decisión depende del Gobierno; es decir, de él mismo.

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El discurso en el Pleno del Congreso podía haber sido una buena oportunidad para limar asperezas, reconociendo que, en todo momento, el monarca ha estado al tanto de la situación. De hecho, el 1 de agosto, Felipe VI emitió un comunicado mostrando su "preocupación e indignación" por lo ocurrido en Ceuta y apelando al Estado "a velar por su seguridad y por evitar que estos hechos vuelvan a repetirse". Pero no, no le nombró ni de pasada. Y parece que a casi nadie le llamó la atención este olvido.

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Es más, el presidente podría haber tenido un detalle con el rey que, al menos de cara al público, hubiese cerrado el incidente del ministro de Transportes, Oscar Puente, cuando dijo que el monarca había traspasado una línea roja al saludar en la toma de posesión del presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, al periodista Javier Negre.

No hay en Moncloa una preocupación especial por transmitir buena sintonía con Zarzuela. En todo caso, cuando se le pregunta, la respuesta es lacónica y fría: "Las relaciones son buenas".

Pero es obvio que no es así. Probablemente desde antes incluso de que Sánchez fuera elegido presidente tras la moción de censura de 2018. Ya a finales de 2017 Sánchez transmitió a sus más cercanos que el discurso de Felipe VI contra la intentona de golpe soberanista en Cataluña no le había gustado, porque "no había dejado ningún margen para el diálogo".

Resulta evidente que al rey no le pareció lo mejor del mundo que Sánchez hiciera un gobierno de coalición con Podemos, un partido netamente republicano. Poco después, llegaron los días más amargos para el monarca, cuando don Juan Carlos decidió marcharse de España tras abrirle la Fiscalía del Supremo una investigación por un delito fiscal y otro de blanqueo de capitales.

Fue precisamente durante esos meses de 2020 cuando Sánchez se dio cuenta de la fragilidad de la monarquía. Y fue consciente de que el Gobierno tenía la oportunidad de asestarle un golpe mortal, como hubiera deseado Pablo Iglesias, o bien, optar por algo más sutil: apoyar a Felipe VI pero haciéndole ver que la supervivencia de la institución dependía en gran medida de él.

Felipe VI (con la inestimable colaboración de la reina Letizia) restañó ese desgaste institucional en un tiempo récord. La permanencia de don Juan Carlos en Abu Dabi y el archivo de las causas en el Supremo en 2022 también ayudaron a desligar a la Corona de los asuntos turbios.

En abril de 2021 tuvo lugar un suceso que marcó de manera radical la política exterior de España y que, de forma indirecta, contribuyó a que las relaciones entre Moncloa y Zarzuela no mejorasen, sino todo lo contrario. Ese mes, el líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, fue trasladado de forma secreta a España para ser tratado de Covid en un hospital de Logroño. Los servicios secretos marroquíes no tardaron en averiguarlo y Mohamed VI montó en cólera.

La personalidad egocéntrica de Sánchez casa mal con el papel del rey. El presidente no entiende -o no quiere entender- cómo funciona una monarquía parlamentaria

Sánchez trató de calmar al rey de Marruecos ofreciéndole la cabeza de la ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya. Su jefe de gabinete, Camilo Villarino, estuvo incluso imputado por aquello, aunque el caso fue archivado. González Laya fue sustituida por un hombre cuya fidelidad al presidente es a prueba de bomba: Juan Manuel Albares.

Con Albares cambió la política exterior de España respecto a Marruecos y respecto al Sahara. Por cierto, a Villarino, que antes de ser jefe de gabinete de la ministra de Exteriores lo había sido también de Josep Borrell y de Alfonso Dastis, y que antes de todo eso estuvo destinado en Rabat durante cinco años como jefe adjunto, Albares le vetó como embajador en Rusia, cuando ya había sido solicitado el plácet a Moscú.

No había pasado un año desde el incidente diplomático por el asunto Ghali cuando el presidente del Gobierno comunicó por carta al rey de Marruecos un cambio esencial en la posición española sobre el Sahara, en el sentido de abrir la puerta al reconocimiento de la soberanía del reino alauí sobre la ex colonia española. Ese movimiento estratégico no fue explicado por el presidente en las Cortes y tampoco ha sido motivado públicamente, más allá de las afirmaciones de Albares de que esta es una solución "realista y viable".

Poco después, en mayo de 2022, el Gobierno informó de que el teléfono del presidente Sánchez (así como los de Margarita Robles, Grande-Marlaska y Luis Planas) había sido espiado por una potencia extranjera utilizando el software Pegasus. La Abogacía del Estado presentó una denuncia ante la Audiencia Nacional que, finalmente, fue archivada por el juez Calama en enero de este año.

En total, Sánchez sufrió en su teléfono cinco ataques, que abarcaron desde octubre de 2020 hasta el diciembre de 2021. En la primera intrusión, el hackeo afectó a 2,6 Gibas de datos, y en la segunda a 130 Megas. Hay que tener en cuenta que los datos robados incluyen desde el Delcygate hasta la salida abrupta de José Luis Ábalos del Gobierno por razones tampoco explicadas por el presidente.

Nunca se ha podido determinar cuál era esa potencia extranjera responsable del espionaje. Esa fue la razón del archivo de la causa. Pero todo apunta a que el inductor de la operación fue Marruecos.

En enero de 2024, Felipe VI decidió sustituir a Jaime Alfonsín como jefe de la Casa por Camilo Villarino, que ya sabemos no era precisamente un diplomático de la confianza del titular de Exteriores. El nombramiento de Jefe de la Casa de Su Majestad es un prerrogativa exclusiva del monarca. No es necesario pactar ese nombramiento con Moncloa. Es evidente, que, aunque se comunicó, ese nombramiento no gustó.

En una información publicada en El Independiente, Juanma Romero, citando fuentes del Gobierno, recogía la "preocupación" en Moncloa por el "perfil conservador" de Villarino y porque era previsible que el nuevo jefe de la Casa potenciara una mayor "autonomía" del Rey respecto al presidente. Esto decían en Moncloa incluso días antes de la toma de posesión.

No es que Villarino sea un podemita, pero tampoco parece que sea un ultra. Lo que sí se ha hecho evidente es que la Zarzuela ha gestionado su agenda con bastante autonomía, lo que ha redundado en un aumento de la presencia pública de los reyes y en una ganancia evidente de su popularidad. Lo que, probablemente, a Sánchez no le ha gustado demasiado.

Ha habido varios (algunos de ellos sonados) desencuentros entre Sánchez y el rey (el domingo daremos cuenta de ello en El Independiente). Pero, seguramente, el que más ha marcado al presidente haya sido el incidente de Paiporta (3 de noviembre de 2024), en el que un grupo de vecinos trató de agredirle, lo que forzó su marcha a toda prisa del lugar, mientras que don Felipe y doña Letizia permanecían en la zona cero de la riada sin que su físico corriera peligro.

Todo en la vida puede tener remedio. Pero, más allá de esos desencuentros, lo que impide una relación fluida entre el presidente y el rey es el egocentrismo de Pedro Sánchez. Un rasgo de su personalidad que le ha llevado a configurar el Gobierno más presidencialista de nuestra democracia. Sánchez no admite que nadie le haga sombra y por eso le molesta que el rey brille por sí mismo. El quiere ser el único sol del universo patrio.

No entiende, o no comparte, el papel que le otorga la Constitución al monarca. En su artículo 56, la Carta Magna establece: "El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes". El rey, además, "es el mando supremo de las Fuerzas Armadas".

Sánchez no entiende ese papel de moderador y de árbitro que atribuye la Constitución al monarca. Es verdad que esas funciones no están definidas, pero la voluntad de Sánchez es, en todo caso, ignorarlas.

No puede haber buen feeling entre Sánchez y Felipe VI porque el presidente ve a la monarquía como una antigualla, herencia de una transición en la que el franquismo puso sus condiciones.

Sánchez no entiende, en definitiva a Felipe VI, porque no comprende la esencia de una monarquía parlamentaria.