Opinión

Alemania: el fracaso del cordón sanitario

Los líderes de AfD celebran en Magdeburgo el triunfo electoral.
Los líderes de AfD celebran en Magdeburgo el triunfo electoral. | EFE

Alternativa por Alemania (AfD) ha logrado casi la mayoría absoluta en el estado de Sajonia-Anhalt (43,8% de los votos). La CDU, partido que gobierna en coalición con los socialdemócratas, tiene en su mano una difícil elección: mantener el cordón sanitario e impedir gobernar al grupo neonazi, o permitir que gobierne en solitario por primera vez en un estado. No es exagerado afirmar que el futuro del canciller Friedrich Merz depende de lo que decida sobre esta cuestión clave.

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AfD ha ganado por dos motivos fundamentales: apelar al orgullo de ser alemán y hacer una enmienda a la totalidad en la política migratoria de Alemania. Son dos caras de la misma moneda.

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Abordemos la cuestión más inmediata. La decisión de la CDU y del PSD de establecer un cordón sanitario respecto a la extrema derecha que propone, entre otras cosas, un lavado de cara al nazismo, ha fracasado estrepitosamente. El ascenso de AfD, del que la victoria en Sajonia-Anhalt es sólo una prueba, demuestra que la política de salón no sirve para frenar la oleada reaccionaria de las masas. El cordón sanitario no sólo no ha cumplido su función (en teoría, reducir al mínimo la representación de AfD), sino que implica una interpretación torticera de la democracia: impedir el gobierno de los que no nos gustan o no son políticamente correctos.

Si, finalmente, Merz decide mantener su política, AfD tendría dos opciones: pactar con la ultraizquierda de Sahra Wagenknecht (BSW); o bien forzar una repetición electoral, ya que fuera de AfD no hay alternativa posible. Las dos cosas son malas para la CDU, al margen de que esa cerrazón a reconocer la realidad daría motivos al partido ultra para justificar su victimismo y aumentar el rechazo al establishment.

Sin embargo, con ser el cordón sanitario un asunto muy importante, que pone en cuestión la extensión de esta fórmula a otros países europeos, lo esencial de lo que ha ocurrido en Sajonia-Anhalt es que la victoria de AfD se ha basado en el rechazo a la inmigración. Y no olvidemos que la entrada masiva de más de un millón de inmigrantes en Alemania, fundamentalmente por la oleada de refugiados a consecuencia de la guerra civil en Siria, fue una decisión de Angela Merkel (CDU) en 2015.

La oposición a la inmigración y el nacionalismo son los dos motores de la ultraderecha en toda Europa. Es la prueba de que la política migratoria ha sido un desastre.

En Sajonia-Anhalt la ultraderecha ha demostrado el éxito del rechazo a la inmigración

La defensa de la inmigración masiva ha tenido como base dos argumentos: uno humanitario (todos los seres humanos tienen derecho a mejorar sus expectativas) y otro economicista (Europa necesita mano de obra y la entrada de inmigrantes garantiza trabajadores con sueldos bajos para labores que ya no quieren hacer los europeos; a lo que se añade, como la prueba del nueve de sus beneficiosos efectos, que los nuevos cotizantes garantizan el futuro de las pensiones).

Respecto al primero de los argumentos, no hay que extenderse mucho. Llevado a su extremo, lo que habría que hacer es abrir las fronteras europeas y dejar pasar a todo el mundo. ¿Por qué van a tener más derechos los que saltan una valla o cruzan el Estrecho en una patera que los que ni siquiera tienen dinero para pagar a las mafias?

El segundo de los argumentos es, sin duda, el más peligroso. Parte de dos bases erróneas. La primera es que los inmigrantes siempre se van a conformar con salarios bajos. La segunda es pensar que nunca se van a jubilar.

Ver a los inmigrantes como mano de obra barata no parece muy humanitario, ni tampoco realista. A corto plazo, esos bajos salarios pueden hacer a las empresas más competitivas, pero esa situación cambiará con el tiempo. Por otro lado, esa realidad -que los inmigrantes hagan lo que los nacionales no quieren hacer- lleva a la creación de una bolsa de jóvenes que ni estudian ni trabajan, pero que, o viven de los subsidios, o, si están muy preparados, se marchan a un país extranjero en busca de un buen sueldo.

Creer que la economía va como un tiro sólo porque aumenta el empleo es propio de ignorantes, como lo es nuestro presidente del Gobierno, en cuestiones económicas.

Una economía va bien cuando sus empresas son competitivas, ganan dinero e invierten en tecnología para seguir siendo competitivas. Sin embargo, al menos en España, las empresas que ganan dinero son vistas como sospechosas y explotadoras.

Otra cuestión importante es que no todos los inmigrantes son iguales. España tiene la suerte de tener muchos inmigrantes procedentes de Latinoamérica. Compartimos el mismo idioma, una cultura similar e incluso un mismo acervo religioso. Pero eso no sucede con los inmigrantes de otros orígenes, como el Magreb, cuya integración es mucho más compleja. Si no, que se lo digan a los franceses, a los belgas o, por supuesto, a los alemanes.

No sólo ha fracasado el cordón sanitario en Alemania, sino que la victoria de AfD ha demostrado el fracaso de la política migratoria europea del último cuarto de siglo. La ultraderecha seguirá avanzando porque las clases medias se han empobrecido, culpando -muchas veces sin razón- a los inmigrantes de que sus expectativas hayan empeorado.

No es casualidad que esa victoria de AfD coincida con la mayor crisis de su historia en Volkswagen, un emblema del orgullo industrial de Alemania. Es curiosos que muchos de los que defienden la entrada masiva de inmigrantes por sus salarios bajos pongan el grito en el cielo por la entrada de coches chinos en Europa y propongan elevados aranceles. ¿No tienen acaso derecho los trabajadores chinos a mejorar su situación? Es verdad que el gobierno de China financia a sus empresas, pero también es cierto que el presupuesto europeo está lleno de ayudas a sectores económicos.

Los partidos ultras encuentran en el sentimiento de abandono a las clases medias por parte de los políticos del establishment el caldo de cultivo ideal para expandir su ideología. La vuelta al nacionalismo exacerbado es, en gran medida, culpa de los gobernantes que no supieron o no quisieron ver las consecuencias de unas políticas que han alterado los equilibrios básicos que hicieron de Europa el mejor lugar del planeta para vivir.

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