Una acera de Parla. Una mujer llama "nazi" a un hombre. Él contesta: "Comunista". Ella levanta la barbilla y dice: "Encantada y orgullosa de serlo". Me quedo con la barbilla. El insulto de ella pretendía herir, y el de él, en esa misma acera, solo consiguió que ella se irguiera. Una palabra expulsa a quien la recibe de la comunidad de los decentes. La otra se lleva puesta como una medalla.
La condena del nazismo es necesaria e irrenunciable. El racismo, el antisemitismo y el proyecto de exterminio no son excesos de su doctrina: son su núcleo. Lo extraño es que esa condena, tan firme, conviva con una indulgencia selectiva hacia los crímenes cometidos bajo otra bandera. La memoria democrática pierde autoridad cuando depende del color del trapo que ondeaba sobre los verdugos.
La mujer de Parla carga con un siglo de tradición. En 1924 Stalin escribió que la socialdemocracia era el ala moderada del fascismo, y desde entonces ambas fuerzas pasaron a ser gemelas. La doctrina del "socialfascismo" convirtió a los socialdemócratas alemanes en el enemigo prioritario de los comunistas, y esa hostilidad dificultó la cooperación frente a Hitler. No explica por sí sola su ascenso, pero debilitó la resistencia. La operación era de una sencillez notable: en lugar de discutir con el adversario, se le llamaba fascista y quedaba fuera de la conversación. El hombre de la acera acababa de recibir la misma palabra.
El 23 de agosto de 1939, Ribbentrop y Mólotov firmaron en Moscú un pacto de no agresión con un protocolo secreto que se repartía Polonia. Nueve días después, el 1 de septiembre, Alemania entró por el oeste. El 17, el Ejército Rojo entró por el este. Así empezó la Segunda Guerra Mundial: dos invasores y un solo país invadido.
Cuando llegó Núremberg, los jefes nazis se sentaron en el banquillo, y entre quienes los juzgaban, con asiento de juez y de fiscal, estaba la Unión Soviética. Su juez, Iona Nikitchenko, había presidido en agosto de 1936 el primer proceso de Moscú: dieciséis acusados, confesiones previas a la audiencia, ejecución en la madrugada siguiente a la sentencia. Su fiscal jefe, Roman Rudenko, había trabajado en Ucrania durante el Terror. Su delegación quiso cargar a los alemanes con la matanza de Katyn, que el NKVD había ejecutado en 1940 sobre oficiales polacos, y el tribunal acabó callándola en el fallo. La aportación soviética a la derrota de Hitler fue inmensa, y los muertos que puso, también. Reconocerlo no obliga a olvidar que fue socia de aquel reparto ni el Gulag. Haber combatido a una tiranía no convierte al vencedor en defensor de la libertad.
No se puede cargar sobre cualquier comunista de hoy los crímenes de Stalin. Pero sí preguntarle qué condena, qué defiende y qué garantías reconoce a quien discrepa
Después vino el Telón de Acero. Media Europa quedó bajo regímenes que limitaban la vida política y perseguían al disidente, y cuando alguien protestó, llegaron los tanques. En junio de 1953, los soviéticos aplastaron en Berlín Este una huelga de obreros que se había convertido en levantamiento. En noviembre de 1956 entraron en Budapest. En agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia ocuparon Checoslovaquia para cortar la Primavera de Praga. El Muro, levantado en 1961, condensó la contradicción en hormigón y alambre: una barrera para que los ciudadanos no se fueran, vigilada por hombres con autorización de disparar a quienes lo intentaran. Un poder que necesita encerrar a su población difícilmente puede presentarse como su liberador.
Los ejemplos desbordan Europa. En Cuba, la permanencia del partido sirvió de razón para reprimir a la oposición y encarcelar a quien expresaba su desacuerdo. En Vietnam, el monopolio comunista del poder sigue impidiendo una oposición libre. La independencia nacional y los avances sociales son reales, pero no otorgan un derecho perpetuo a gobernar sin competencia, ni legitiman la cárcel para quienes piden libertades.
Camboya llevó la utopía hasta su forma más monstruosa. Bajo los Jemeres Rojos murieron, entre ejecuciones, hambre, enfermedad y trabajos forzados, casi dos millones de personas. El régimen cayó a manos de otro Estado comunista, Vietnam, que invadió el país a finales de 1978. Los comunistas se enfrentaron entre sí, y recordarlo refuerza el argumento en lugar de debilitarlo. Corea del Norte es la versión que sigue en pie: una dictadura hereditaria nacida del comunismo, cuyo sistema represivo ha sido examinado por Naciones Unidas como posible crimen contra la humanidad. En todos estos casos, la concentración del poder dejó a millones de personas sin protección frente al Estado.
En junio de 1989, en Pekín, estudiantes y obreros pedían reformas, transparencia y libertades. Las autoridades respondieron con el ejército, y hubo civiles muertos en las calles. El mecanismo seguía funcionando.
La igualdad no absuelve el Gulag. La justicia social no justifica una ejecución. El antifascismo no concede inmunidad. Tampoco corresponde cargar sobre cualquier comunista de hoy los crímenes de Stalin. Corresponde preguntarle qué condena, qué defiende y qué garantías reconoce a quien discrepa. La libertad no es un premio que concede el gobernante: es el límite que el ciudadano le impone.
Lo que revela la escena de Parla es una comodidad antigua, la de juzgar al contrario por sus horrores y a los propios por sus promesas. Una democracia adulta no necesita confundir nazismo y comunismo para reconocer a sus víctimas. Necesita impedir que unas tengan nombre, memoria y duelo mientras otras quedan enterradas bajo explicaciones indulgentes.
Ella había levantado la barbilla.
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