Pues sí,  aunque a estas horas parezca mentira, hubo un momento en este jueves en que se abrió paso la esperanza fundamentada de que se alcanzara un acuerdo y de que Carles Puigdemont aceptara convocar elecciones autonómicas dentro de la legalidad  y de que, en consecuencia, el artículo 155 quedara en suspenso.

El por entonces conseller de Empresa de la Generalitat Santi Vila, amigo personal de Puigdemont y de la presidenta del Parlamento Ana Pastor, que incluso acudió a su boda, y hombre moderado, estaba desde hace meses preocupado por la deriva de los planes independentistas que su presidente llevaba adelante sin reparar en las consecuencias.

Esa preocupación, creciente con el paso de los días, le decidió en un momento determinado a abrir una vía de comunicación que pudiera dar paso a unas negociaciones que desembocaran en la superación de la definitiva caída en la ilegalidad  de su gobierno y en la, todavía en fase de anuncio, aplicación del temido artículo 155 que iba a suponer la inexorable destitución del Govern en pleno, con su presidente a la cabeza, y de todas las consejerías además de la salida de los mandos de los Mossos d’Esquadra, como primeras medidas.

Santi Vila recurrió primero, de eso hace ya muchos meses, a otro amigo: un conocido periodista madrileño con grandes lazos de muchos años con Cataluña. El primer intento fue encontrarse con Alfredo Pérez Rubalcaba, ex secretario general del PSOE, ministro en varios gobiernos socialistas tanto con Felipe González como con José Luis Rodríguez Zapatero, y un hombre con acreditado sentido de Estado y con indiscutida influencia política en su partido.

Rubalcaba aceptó el encuentro pero puso una condición: que la cita no tuviera lugar en un restaurante por razones de discreción. Propuso entonces recibir al consejero catalán de Empresa en la sede del PSOE, opción que fue inmediatamente rechazada por Vila, y con motivo: la imagen de un miembro de la Generalitat entrando en el cuartel general del Partido Socialista supondría una bomba y dejaría al conseller a los pies de los caballos.  El periodista madrileño decidió entonces recibir a ambos interlocutores en su casa de Madrid y así se hizo.

El resultado de esa conversación fue positivo o, al menos, no fue negativo. Y dio esperanzas a Santi Vila, que prosiguió su esfuerzo constante para introducir las necesarias dosis de sensatez en la mente de otros compañeros de gobierno y de partido y, por supuesto, de Carles Puigdemont.

Ha habido en estos días muchas personas  cercanas al gobierno catalán empujando en esa dirección. Uno de ellos ha sido el propio Artur Mas, asustado por las consecuencias que iba a tener la culminación de un proceso que – y esto es un comentario personal de quien firma esta crónica- fue puesto en marcha por él en el año 2012. Pero el hecho cierto es que el señor Mas se ha esforzado, hasta este momento sin éxito, por parar esta locura.

El periodista madrileño, instado por Santi Vila, se pone recientemente también en contacto con Pedro Sánchez y le traslada la pregunta-propuesta del conseller: ¿retiraría el Gobierno el artículo 155 si Carles Puigdemont convocase elecciones anticipadas? La respuesta de Sánchez es clara: sí, si queda nítidamente de manifiesto que esa convocatoria se hace dentro de la legalidad, lo cual significa que se renuncia a la ilegal ley de Transitoriedad. La misma pregunta le traslada el periodista al líder de Ciudadanos Albert Rivera y obtiene en esencia la misma contestación.

Con esa base de esperanza el conseller Vila desarrolla en el seno del gobierno catalán y en el seno de su partido una auténtica operación de lento convencimiento, apoyado por el dato positivo y esperanzador de las respuestas favorables con las que los dos líderes constitucionalistas habían acogido su sugerencia, que era casi un principio de promesa, un embrión de compromiso o al menos de voluntad de compromiso. Estas conversaciones instadas por un nacionalista moderado, por teléfono y vía whatsapp, han sido constantes, han durado varios días y han llegado hasta la mañana de este jueves.

Había llegado el momento de pulsar la opinión del Gobierno de España, que, hay que aclararlo, estaba ya conversando por vía intermedia con el presidente de la Generalitat gracias a la intermediación del lehendakari vasco Iñigo Urkullu.

El periodista madrileño se pone entonces en contacto con uno de los ministros más influyentes y cercanos a Rajoy. Para entonces, el rumor de que Puigdemont se disponía a convocar elecciones anticipadas, sin más precisiones, estaba ya en los medios y, de hecho, el presidente le había trasladado su decisión a alguno de sus socios de gobierno.

El ministro coincide en esencia con la respuesta de Sánchez y de Rivera: han de ser unas elecciones dentro de la legalidad, por lo tanto, renunciando a la ilegal ley de Transitoriedad que había dejado a Cataluña al margen de la Constitución española y al margen del Estatuto. Pero, aun en esas condiciones, al ministro le parecía insuficiente la mera oferta de elecciones aunque no rechazaba de plano la propuesta del consejero Santi Vila, que siguió haciendo su labor de zapa constructiva, a pesar de que este miembro del Gobierno comentó al periodista que hacía las labores de intermediario que unas elecciones convocadas el 20 de diciembre “no son lo mejor, porque el clima político en la sociedad catalana está muy crispado”.

La esperanza se abría así paso con el transcurso de las horas porque Santi Vila, Artur Mas y algunos otros iban teniendo la sensación de que el presidente de la Generalitat, empujado también por los consejos del lehendakari Urkullu, se inclinaba por asumir esa fórmula. Y éste fue precisamente el punto más cercano a la solución que se logró alcanzar. Había pasado el mediodía. Pero “la calle”, es decir, los ciudadanos que los secesionistas han estado agitando durante años y que les han comprado la promesa de una república catalana independiente rebosante de felicidad, bienestar y prosperidad, ya se había plantado. Se empezaban a oír gritos, y hasta pancartas, que decían “Puigdemont, traidor”. La ANC y Ómnium amenazaban con provocar una auténtica rebelión de sus masas. Y en el partido socio de Junts pel Sí se empezaba a decir que, si el president cedía, ellos abandonarían el gobierno.

Después ocurrió lo inesperado, que Carles Puigdemont planteó definitivamente al Gobierno las intolerables, por escandalosas e inasumibles en cualquier Estado de Derecho, condiciones que Casimiro García-Abadillo ha contado en este periódico. A la esperanza de un acuerdo, convertido ya en completamente imposible, sucedió el bochornoso espectáculo al que todos asistimos con el no-anuncio de Puigdemont y la sesión del parlamento catalán. Y la jornada se cerró con la dimisión del conseller Santi Vila, que no estaba dispuesto a respaldar la opción decidida por su presidente.

Sin embargo, esto no había acabado aún. Las conversaciones continuaban bien entrada la noche. Pero quede aquí constancia de que hubo, efectivamente, un momento en que la solución estuvo al alcance de los dedos de nuestra mano.