“La crisis del Aquarius ha puesto a Europa ante el espejo. En el mismo mar al que vamos a veranear, el Mediterráneo, quedaban abandonadas a principios de esta semana 629 personas, entre ellas 123 menores, 11 bebés, siete embarazadas. Es un reflejo de una política fallida, que ha desembocado en una situación dramática en la que todo vale. No quieren testigos y prefieren que el Mediterráneo haga su trabajo”. Carlos Ugarte, responsable de relaciones externas de Médicos sin Fronteras (MSF), sabe, por su experiencia humanitaria, que esa Europa que reacciona como una fortaleza asediada se está haciendo el haraquiri.

Helmut Kohl, el llamado canciller de la unidad alemana y gran europeísta, decía en 1991, con la vista puesta en los países vecinos del antiguo bloque oriental, que «Europa no puede ser una fortaleza que nos blinde de los demás, debe ser abierta”. Dos años antes los alemanes habían derribado el Muro de Berlín, el llamado Muro de la Vergüenza.

Hoy varios gobiernos europeos erigen muros para frenar la inmigración; son muros que avergüenzan como lo hace ese Mar Mediterráneo, convertido en fosa común. Estos gobiernos, que se han dejado vencer por los cantos de sirena del populismo, libran una batalla sin cuartel contra quienes defienden los valores sobre los que se fundó la UE. El Aquarius, la embarcación de rescate y salvamento fletada por SOS Mediterraneé y MSF, a la que Malta e Italia negaron el acceso a sus puertos, ha puesto de relieve cómo el cisma en Europa es cada vez mayor y parece irreversible.

El viraje político en España tras la moción de censura, con un nuevo gobierno socialista, ha hecho posible que el Aquarius pueda atracar en Valencia, a propuesta del presidente Pedro Sánchez. Sin embargo, el problema va a continuar para quienes huyen de guerras, hambrunas, abusos o desean una vida mejor.

La ONU estima que 258 millones de personas viven en lugares diferentes al de nacimiento, un 50% más que en el año 2000. Cerca de 65 millones se han visto obligadas a desplazarse dentro o fuera de su propio país. En los últimos cinco años ha aumentado el número de conflictos armados en África y Asia, y no mejoran las situaciones económicas que generan migración.

Los flujos migratorios no sólo van de Sur a Norte. Los mayores se dan en África, en la zona de los Grandes Lagos, no hacia Europa. De Sudán del Sur a Uganda se desplazó un millón de personas el año pasado. A Grecia, Italia y España llegan miles de personas cada año vía marítima (en 2018, alcanzaron España, 12.219; Italia, 15.345; y Grecia, 12.065). Pero en Turquía se han quedado (3,4 millones de sirios, en virtud del acuerdo con la UE) o en el Líbano, un Estado diminuto con gran diversidad de identidades religiosas donde uno de cada cuatro habitantes es refugiado.

En 2017 hubo 35 muertes por cada 1.000 llegadas. En 2018 han muerto 792 personas en el Mediterráneo. Según la Organización Internacional de Migraciones, es la región con mayor número de desapariciones a nivel mundial. Pequeñas y grandes ciudades mediterráneas asisten desde hace años al espectáculo de la llegada de miles de personas, unas vivas, otras ahogadas. No vienen por gusto,  sino porque han elegido entre malvivir en el infierno del hambre o la guerra, o arriesgar su vida en las terribles condiciones de las rutas del tráfico (especialmente para las mujeres), aun a riesgo de terminar ahogados.

La respuesta social a su llegada está dividida. Un sector de la sociedad europea está dispuesto a recibirlos, acogerlos, convivir con los irremediables choques culturales, y hasta correr el riesgo de que algunos (un número ínfimo frente a todos los que llegan y ya viven en Europa) lleven a cabo actos terroristas. Otro sector los ve como una amenaza al empleo, una competencia por los recursos del Estado, y un fantasma que les cambiará la identidad blanca y cristiana.  Los populistas de derechas alientan y se benefician de estos temores.

El caso del Aquarius es representativo de la tendencia global. Estados que firmaron las convenciones sobre asilo y refugio, o que se han beneficiado durante décadas de la mano de obra barata que ofrece la migración, ahora la rechazan. Australia fue precursora hace pocos años, al no dejar que atracaran en sus costas barcos cargados de inmigrantes, bajo amenaza de bombarderlos. En Estados Unidos el fiscal general cita la Biblia para separar a niños inmigrantes de sus padres.

Mientras el Aquarius quedó en el limbo en el Mediterráneo, con 629 personas hacinadas y sin agua ni comida, se violaba la legislación internacional y se quebraban los valores que la UE dice defender. Pero el ministro italiano del Interior, Matteo Salvini, clamó “victoria, objetivo logrado” al saber que el Gobierno español de Pedro Sánchez ofrecía su ayuda.

Es un remedio a corto plazo porque, como han pedido Grecia e Italia incesantemente, el problema lo tiene que asumir la región. De otro modo, uno tras otro los estados europeos cerrarán las puertas. Pero como no cesará la presión, crecerán las redes del tráfico, los inmigrantes y refugiados sufrirán todavía peores violaciones de sus derechos, en las rutas y en los países en los que entran ilegalmente. El cierre de fronteras se vuelve, además, flexible. La UE  llega a acuerdos con Turquía y Libia (ya desde la época de Moamar el Gadafi) para que contengan el flujo de personas, de tal forma que invisiblemente la frontera europea se amplia hacia el sur y sureste.

La decisión española es un gesto ético de gran importancia, pero no resuelve el problema», señala Carlos Ugarte

“La decisión española es un gesto ético de gran importancia, especialmente para los 629 afectados, pero no resuelve el problema, si bien se desmarca de la política oficial, caracterizada por la mezquindad y la falta de soluciones”, indica Ugarte, quien recuerda cómo Italia fue precisamente el país que puso en marcha la operación de rescate Mare Nostrum en 2013 tras un mortal naufragio frente a Lampedusa. Europa dejó sola a Italia, como hace con toda la frontera sur, «una frontera europea», según insiste el ministro español de Exteriores, Josep Borrell.

Alemania y el «eje de la voluntad»

Hace casi tres años la canciller alemana, Angela Merkel, abrió las puertas a más de un millón de personas, la mayoría procedentes de Siria, un país asolado por la guerra. “Lo conseguiremos”, dijo entonces convencida del deber de acogida de un país que sabe lo que es el odio al otro como régimen político, lo que es saltar muros a riesgo de la vida, y que supo remontar desde cero. Hoy se enfrenta a quienes hacen electoralismo a costa de quienes, desesperados, golpean a la puerta de Alemania en persecución de un sueño.

Los socios de la canciller, los bávaros de la Unión Social Cristiana, no quieren perder su mayoría absoluta en las elecciones de octubre. Con ese fin, emulan las consignas anti inmigración que ha coreado con éxito la ultraderechista Alternativa por Alemania, que roza el 12% en intención de voto en Baviera y es el principal partido de la oposición en el Parlamento federal, al compartir el poder la CDU de Merkel y los socialdemócratas en gran coalición.

Alternativa y la CSU ven a los refugiados como un problema porque compiten por la ayuda social y el empleo», dice Delle Donne

“Alternativa y CSU ven a los refugiados como un problema para Alemania, porque creen que compiten por la ayuda social y el empleo, y a la vez remarcan el peligro del islam. En el otro extremo están Los Verdes, que hablan de solidaridad y derechos humanos, valores sobre los que está fundada Alemania. Pero, en términos de comunicación política, dominan las tesis más conservadoras”, señala Franco delle Donne, autor de Factor AfD. Esta combinación de islamofobia y xenofobia es común a estos partidos, como Vox en España, que puede tener representación en el próximo Parlamento Europeo, según los sondeos.

El ministro alemán del Interior, Horst Seehofer, se ha unido al primer ministro austriaco, Sebastian Kurz, que gobierna con la ultraderecha, para formar “un eje de la voluntad” (¿Será por El triunfo de la voluntad, de la cineasta filonazi Leni Riefensthal?) con el fin de promover una política migratoria más restrictiva, que ampare las devoluciones en caliente. Es decir, todo aquel que llegue a la frontera desde otro Estado miembro, o que haya sido rechazado previamente, será expulsado de inmediato.

Merkel se opone pero su coalición puede saltar por los aires en ese pulso. La canciller ve en peligro el acuerdo de Schengen, que supone la supresión de fronteras internas en el espacio de 26 países, si cada miembro actúa unilateralmente. “Los fundamentos de la UE están en juego”, alerta.

Externalizar a los refugiados

Los políticos y partidos contrarios a la inmigración también defienden que se establezcan campos de acogida (hot spots) en países vecinos como Albania o Macedonia, y en el norte de África (Marruecos, incluso Libia). Se trata del  modelo australiano, país que externalizó a islas como Nauru a los que llegaban a sus costas y los encerró en condiciones carcelarias. En el contrapunto estaría el modelo canadiense o el modelo ecuatoriano.

En el primero, el gobierno ha implicado a la sociedad y a las empresas con gran éxito en la acogida de inmigrantes. Según ACNUR, Canadá ha asegurado el reasentamiento de 38.000 sirios. En el segundo, el país acoge a cientos de miles de colombianos y venezolanos dando escolaridad, sanidad e iguales derechos laborales, ahorrándose en gran medida que la gente sea captada para la criminalidad.

El cisma europeo es un hecho. En el Consejo Europeo del  28 y 29 de junio difícilmente podrán darse pasos hacia delante para forjar una política común de asilo, como demanda Merkel, porque las posturas están muy radicalizadas. En 2015 Bruselas decidió repartir entre los estados miembros a 120.000 refugiados, según la capacidad económica de cada miembro, pero salvo Alemania, Suecia y Portugal, nadie cumplió el compromiso.  Ese acuerdo parece enterrado y Salvini, lejos de quedarse solo, cada vez cuenta con más aliados. Inclusive echa en cara al presidente Macron su “hipocresía”. Y casi ningún país puede dar ejemplo.

Francia tampoco es un modelo ético, ya que expulsa a menores de edad sin acompañantes que llegan por Ventimiglia, como acaba de denunciar Oxfam,. Por esta frontera franco-italiana han pasado en los últimos nueve meses 16.500 personas, una de cada cuatro era menor de edad.

Tras una crisis bilateral sin precedentes, desencadenada por las críticas furibundas de Macron a Salvini, y la respuesta descarada del italiano, el viernes volvieron las aguas a su cauce y el presidente francés recibió al primer ministro Conte. Francia, después del mutismo inicial, se ha ofrecido el sábado a acoger a los migrantes del Aquarius que quieran establecerse en el país vecino.

Un horizonte probable es que la UE retroceda al espacio económico común y se reduzca a las potencias del norte y del centro», dice De Lucas

“Un horizonte probable es que la UE retroceda al espacio económico común y se reduzca a las potencias del norte y del centro, excluyendo las potencias del centro y del norte, una Europa de dos velocidades. En el Consejo Europeo puede incluso imponerse el bloque más proteccionista. Es un hecho gravísimo que Theo Francken, secretario de Estado de Inmigración y Asilo de Bélgica, nacionalista flamenco defensor de los derechos de Carles Puigdemont, haya dicho que el convenio de protección de inmigrantes y refugiados es pura hipocresía”, señala Javier de Lucas, catedrático de Filosofía de Derecho y Filosofía Política en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia. De hecho, Francken ha remarcado: “Primero tenemos que cerrar las puertas y luego buscar un compromiso”.

De este modo, ya no son solo los miembros del Grupo de Visegrado (Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría) los que no quieren acoger refugiados, como sucedió con el fallido acuerdo de reparto por cuotas. Ahora los que defienden la fortaleza europea son Italia -con el primer gobierno populista en un país fundador de la UE- junto a Bélgica, Austria y Dinamarca -donde participan en el gabinete fuerzas ultranacionalistas-. Incluso la Alemania solidaria, por temor al auge de la ultraderecha, fomenta sus tesis. Paradójicamente cierto.

La eurodiputada española Beatriz Becerra, vicepresidenta de la subcomisión de DDHH del Parlamento Europeo, reconoce que la UE se juega su futuro ante el desafío migratorio. “Los populismos ya gobiernan en buena parte de Europa del Este y en Italia, y una de las razones es la incapacidad de la UE de dar una respuesta común. Necesitamos una política común, generosa y equitativa”, remarca Becerra.

En una carta dirigida al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, Becerra le propone que si se bloquea la reforma del Reglamento de Dublín en el Consejo Europeo interponga un recurso ante el Tribunal de Justicia de la UE. “Sus resoluciones son obligatorias y vinculantes y los gobernantes se expondrían a responsabilidades si no actuaran, porque supondría una violación de los Tratados”, explica la eurodiputada. De acuerdo con Dublín, quienes llegan a la UE han de solicitar asilo en el primer país donde arriban, lo que deja en desventaja a las naciones fronterizas.

Ni recetas mágicas ni soluciones simples

El problema sobre cómo abordar la llegada de solicitantes de asilo e inmigrantes es complejo y no tiene soluciones simples. “No existe una solución a la cuestión migratoria y de refugiados, sino formas pactadas de gestión de la situación, afirma Mariano Aguirre, analista internacional. “En un mundo globalizado Europa no podrá encerrarse. Se precisan políticas coordinadas entre países (europeos y no europeos), regiones, autoridades locales, campañas anti racistas, educación y reglas en un marco democrático respetando los derechos humanos. Nada fácil y cuesta dinero, pero más costará no hacerlo. Cada cosa que no se haga por la vía legal se reproduce por 100 en el mundo ilegal, deteriorando a las sociedades que ilusoriamente se pretenden blindar”, agrega.

“En el caso europeo, se requiere que todos se impliquen y es un hecho que Italia es necesaria”, subraya Ugarte. Cuenta el responsable de MSF cómo fue la guardia costera italiana la que trasladó a unas 400 personas al Aquarius el pasado fin de semana, y ahora ha ayudado con dos navíos donde han trasladado a unos 500 migrantes y han garantizado suministros para llegar a Valencia. España queda lejos de esta ruta y el mal tiempo ha obligado a retrasar la llegada hasta el domingo 17.

Algunos expertos tienen muy claro lo que no hay que hacer. Elena Sánchez-Montijano, investigadora del CIDOB, afirma que hay dos cuestiones fundamentales de partida. “Los salvamentos han de hacerse. No podemos permitir que muera gente en nuestras costas. Luego puede discutirse qué pasa con los que llegan pero no podemos dejar que mueran en el Mediterráneo”, explica la investigadora. Y añade: “Hay que buscar vías para que los flujos migratorios no pasen por Libia. El 80% de los que llegan desde Libia ha sufrido abusos. No es un país de tránsito seguro”.

Para el catedrático Javier de Lucas, la primera lección de la crisis del Aquarius sería “el fracaso de una política europea que se niega a ser europea. Hay ausencia de voluntad política para llevar a la práctica un derecho común de asilo, torpedeado desde 2015·. A su vez, ha quedado en evidencia “la hipocresía de Macron, pues los puertos más cercanos eran Córcega o Marsella”.

Tareas pendientes en España

El caso español plantea, a su juicio, una contradicción en el Gobierno de Sánchez . “Es difícil mantener este gesto con el actual marco de la ley de extranjería. Es posible dar otra respuesta que no sea llevarlos a los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros). La pregunta es si se quiere tomar en serio la política de inmigración y asilo. No pueden quitar las concertinas y luego seguir con las devoluciones en caliente. Es preciso que se respeten los derechos humanos en los CIE. Hasta el Defensor del Pueblo ha denunciado incumplimientos”.

Testigo de primera fila de lo que sucede a diario en Melilla es José Palazón, que en octubre de 2014 realizó la foto que mejor refleja la indiferencia con la que los europeos tratamos el drama de la inmigración. En la imagen de Palazón, que ganó el Ortega y Gasset en 2015, se ve a unos jóvenes encaramados en la valla de Melilla contemplando cómo unos hombres juegan al golf.

l 22 de octubre de 2014 un grupo de inmigrantes resiste sobre la valla de Melilla, mientras un agente de las fuerzas de seguridad intenta que desciendan. En frente y simultáneamente, dos jugadoras continúan su partido en un campo de golf situado junto a la frontera y pagado con fondos europeos.

Un grupo de inmigrantes resiste sobre la valla de Melilla, mientras un agente intenta que desciendan. Al lado, dos personas juegan al golf. J. PALAZON

“He estado en otras fronteras, en Grecia, en el Líbano… y la violencia que se ha practicado en Melilla y Ceuta no la he visto en ningún otro sitio. La barrera es horrible, se juegan la vida. Por eso es más frecuente ahora llegar por el Mediterráneo, aunque también sea peligroso. En fin de semana están llegando hasta 600 personas en barcos pequeños”, señala Palazón, cofundador de Prodein, una asociación de ayuda a la infancia.

Las llegadas a España por vía marítima han aumentado de 2017 a 2018 de 10.231 a 22.880, un 124%, según Frontex, la agencia de protección de fronteras. En el caso de Italia bajaron un 34%, de 181.376 llegadas a 118.046, y también se reducen un 77% en Grecia, de 182.277 personas a 41.720. En Italia, con apenas un 8% de población inmigrante, se percibe como si fuera en realidad un 24%, gracias al fomento del miedo y al manejo de las emociones xenófobas por los populistas.

Según Sánchez-Montijano, “los incrementos en España no tienen que ver con cambios en el color del gobierno sino con el trasvase de flujos, de ahí que no haya efecto llamada”. Es decir, quien sale de Libia, tiene más cerca Italia, no va a dar el salto a España, algo que hemos visto con el largo y tortuoso trayecto del Aquarius. Quienes vienen de Marruecos hasta las costas andaluzas, como los 933 que han llegado este fin de semana, lo hacen movidos por el buen tiempo, y la mayor permisividad de Rabat, pendiente de negociar nuevos acuerdos pesqueros.

En la foto de la valla hay indiferencia. Falta la que refleje cómo los Estados son responsables de cada muerte en el mar», dice José Palazón

“En la foto que tomé en la valla hay indiferencia y complicidad. Faltaría la imagen que reflejara la complicidad de los Estados en las muertes en el mar. De cada muerte en el mar son los Estados los responsables. El mar está ahí, neutralizando la responsabilidad”, comenta el activista.

Palazón subraya que acabar con las concertinas, como ha anunciado el Gobierno español, no terminará con el problema. Las hay, y más peligrosas en territorio marroquí, rodeando Melilla. Las vallas de Ceuta y de Melilla tienen ocho kilómetros y unos seis metros de altura del lado español. Ceuta y Melilla, ciudades autónomas, detentan un estatus especial dentro del acuerdo de Schengen. “Si España quiere demostrar algo, ha de buscar una alternativa al cierre de fronteras. Van a venir por tierra, mar o aire”, concluye.

Coincide la mayoría en que las ayudas al desarrollo en origen, algo que comenzó el Gobierno de José Rodríguez Zapatero, que defiende incluso Salvini, pero condicionadas a que los gobiernos respeten los derechos humanos y trabajen por el progreso de su población. Italia colabora con Libia, un Estado desintegrado, donde las mafias negocian, explotan y esclavizan a los que se ven forzados a pasar por esta vía rumbo a Europa.

Hace casi tres años la imagen de Aylan en las costas turcas, un niño sirio que acabó ahogado cuando su familia huía de Siria, golpeó las conciencias de los europeos. Aylan era como nuestros niños, vimos en él a nuestros hijos y nos dio escalofríos nuestra propia complicidad. Su padre se salvó y terminó acogido por Canadá.

En el Aquarius viajan más de un centenar de menores no acompañados, como Aylan y algo mayores. Hay siete mujeres embarazadas, que quieren que sus hijos nazcan en libertad. Y mujeres  y hombres que, como tú y como yo, desean una vida digna y en paz. No son los otros, son como nosotros.