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El ultra Bolsonaro gana con holgura en Brasil pero necesitará una segunda vuelta

Su rival a la Presidencia será Fernando Haddad, candidato del Partido de los Trabajadores, tiene 18 millones de votos menos

Jair Bolsonaro.

Jair Bolsonaro. EFE

“Juntos cambiaremos Brasil. Recuperaremos el orgullo de nuestra patria. Haremos una política diferente”. El ultraderechista Jair Mesías Bolsonaro, de 63 años, se ha impuesto con holgura en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil con el 46,03% de los votos, con el 99,9% escrutado.“Hoy se decide todo”, había dicho el capitán retirado, esperanzado de evitar la segunda vuelta con más del 50% de los sufragios. Ha rozado la Presidencia. Habrá de esperar al 28 de octubre.

 

El candidato del Partido Social Liberal (PSL), ultraconservador, ha logrado más de 49 millones de votos. Tendrá que librar de nuevo la batalla en las urnas dentro de tres semanas frente al heredero de Lula da Silva y candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, que ha obtenido el 29,28% de los sufragios. Son 18 millones de votos menos que Bolsonaro. El tercero en liza ha sido Ciro Gomes, del Partido Democrático de los Trabajadores (PDT), con un 12,47% y el cuarto, Gerardo Alckmin, del PSDB, con el 4,76%.

Los aspirantes al Congreso, Senado o gobernadurías ligados a Bolsonaro anticiparon el éxito del líder ultraderechista. Su hijo Flavio Bolsonaro conseguía el puesto como senador. Su hijo Eduardo es el diputado federal más votado de la Historia. Major Olimpio se imponía al veterano petista Suplicy en el Senado en Sao Paulo y Wilson Witzel iba en cabeza para ser gobernador de Río de Janeiro, aunque necesitará segunda vuelta. Por el contrario, la ex presidenta Dilma Rousseff no podrá ser senadora por Minas Gerais.

Brasil ha acudido a las urnas este domingo en las elecciones presidenciales más polarizadas e inciertas desde la vuelta de la democracia en 1985. Más de 147 millones de brasileños elegían a su presidente, 513 diputados, 57 de los 81 senadores y 27 gobernadores. Los grandes derrotados son los candidatos del PT, a quien los brasileños culpan de la corrupción, la inseguridad y del retroceso económico.

El voto es obligatorio para los mayores de 18 años y hasta los 70, opcional entre los 16 y los 18. La abstención en las presidenciales ha superado el 20%, algo insólito porque conlleva multa. También es excepcional el número de votos en blanco o nulos, más del 8%.

Medio millón de brasileños lo han hecho en el exterior, de ellos 20.000 en España. “Quiero a alguien que no sea corrupto”, decía una brasileña en Madrid. “Seguridad y educación es lo que me importa más”, comentaba su compañero.

Michel Temer, del Movimiento Democrático de Brasil (MDB), acaba su polémico mandato presidencial con una popularidad de un 3%. El candidato al que apoyaba, Henrique Mereilles, no tenía ninguna posibilidad. Muchos brasileños han reaccionado contra el PT. Asocian su país con la corrupción, la vergüenza y la decepción, de ahí su desafección con los políticos tradicionales y su confianza ciega en lo nuevo, incluso aunque sea un ultraderechista, homófobo, misógino y racista.

Bolsonaro, cuyo partido es el hasta ahora minúsculo Partido Social Liberal (PSL), votó a primera hora de la jornada en la Escuela Municipal Ros da Fonseca, al oeste de Río de Janeiro. “Sin un gran partido, sin fondos, sin tiempo en televisión, pero con la verdad y la sinceridad, desbancamos a los que estaban apoyados por los grandes partidos y la televisión”, dijo el capitán retirado.

Su dominio en las redes sociales es espectacular. Es el candidato más popular en Facebook, con más de siete millones de seguidores, Instagram o Twitter, y el preferido de los jóvenes.

“Mito, mito”, le coreaban sus seguidores (Bolsomito le llaman) y muchos gritaban: “Será en primera vuelta”. Su primogénito, Flavio Bolsonaro, que ha logrado un puesto en el Senado a diez puntos del siguiente candidato, le acompañó al colegio electoral. En Río de Janeiro, el candidato de Bolsonaro, Wilson Witzel, logra más del 42% de los votos, 20 puntos más que su principal rival, Eduardo Paes.

También iba un enfermero con Jair Mesías Bolsonaro, ya que resultó herido en septiembre en un ataque de un desequilibrado. Le acuchilló en el abdomen. “Estoy recuperado en un 60%. Gracias a Dios. Por un milagro de Dios estoy vivo”, afirmó antes los medios, quien figura con el número 17 en las listas electorales.

Más de un centenar de políticos del Congreso y Senado salientes están investigados por corrupción y una docena ya han sido condenados, entre ellos el ex presidente Lula da Silva. El PT le eligió de nuevo para optar a la Presidencia pero los tribunales le han impedido concurrir a las urnas por su condena. A última hora tuvieron que buscar un sustituto, Fernando Haddad, ex alcalde de Sao Paulo.

Haddad, de 55 años, que en las urnas se identifica con el fatídico número 13, votó en Sao Paulo. Joao Doria, del PSDB, partido del conservador Geraldo Alckmin, y rival del PT, se adelantaba en el antiguo bastión de Haddad. Eduardo Suplicy, senador entre 1991 y 2015 por el PT por Sao Paulo, también ha perdido frente al candidato apoyado por Bolsonaro, Major Olimpio, seguido por Mara Gabrilli, del PSD.

Conciliador, al votar Haddad tendía la mano a los otros contendientes con la esperanza puesta en la segunda vuelta. Después del sprint de los últimos días de Bolsonaro, que haya una nueva oportunidad a finales de mes, ya era un sueño para los que querían evitar que un ultraderechista, misógino y racista llegara al Palacio de Planalto.

Bolsonaro llegó el viernes al 35% en los sondeos y el sábado ya rozaba el 40%. Finalmente se ha quedado cerca de superar el 50%, el doble de apoyo que hace u n mes. Durante las semanas que estuvo convaleciente su apoyo se estancó, pero resurgió como la espuma en cuanto volvió a aparecer unos días antes de esta primera vuelta.

Sin embargo, Haddad se estancaba sin alcanzar el 30%. En realidad, las elecciones presidenciales han enfrentado a dos visiones de Brasil, la de Lula (PT, Haddad) y la de Bolsonaro. A Lula y al PT muchos no les quieren volver a ver en el gobierno. El castigo ha sido severo. A Haddad le resultará muy complicado sumar tantos votos como ha conseguido Bolsonaro.  Los sondeos sobre la segunda vuelta daban a Haddad menos posibilidades frente a Bolsonaro que a Ciro Gomes.

Fernando Haddad, candidato a la Presidencia de Brasil por el PT.

Fernando Haddad, candidato del PT brasileño. EFE

“Tengo la esperanza de que la segunda vuelta sea más civilizada. Tengo el máximo respeto por mis contendientes, especialmente con aquellos con los que han trabajado en el gobierno de Lula, como Marina Silva, Ciro Gomes, o Meirelles. Vamos a dirigirnos a todos los brasileños que quieren trabajar por la reconstrucción democrática”, señaló Haddad.

En una carta a los electores, Lula les pedía calma. “Sé que el sufrimiento conduce a la desesperación, pero les pido que tengan esperanza y confíen en la democracia pues es el camino para vivir en paz. El odio nunca es la solución, ni la violencia. Votemos con amor”. En la misma línea, Haddad señalaba en un comunicado: “Ellos tienen la fuerza como idea, nosotros tenemos nuestras ideas como fuerza”.

Situado a la derecha del PT, Haddad es rehén del legado de su propio partido. Los brasileños, hartos de la corrupción que asocian al Partido de los Trabajadores que ha gobernado 13 años (Lula primero y luego Rousseff), confían en quien les ha prometido cambio, aunque el rumbo apunte a los tiempos de la dictadura.

Golpe en caso de «anarquía»

La falta de credenciales democráticas de Bolsonaro no han influido en quienes quieren evitar que vuelva el PT de Lula y Dilma Rousseff al poder. Bolsonaro y su segundo de a bordo, el también militar retirado Hamilton Mourao, han justificado un golpe en caso de “anarquía”, sin concretar a qué se refieren, y han ensalzado el recurso a las torturas, o la muerte de delincuentes. En un país con 65.000 asesinatos anuales, invocan la ley y el orden al estilo de Rodrigo Duterte en Filipinas.

Su defensa de la familia tradicional le ha cosechado las simpatías de los evangélicos, con importante fuerza política en Brasil. Si bien miles de mujeres se han manifestado en contra de Bolsonaro (#EleNao, él nunca), muchas conservadoras y de clase alta le ven como un garante de los valores tradicionales y el antídoto contra el petismo.

“Sus ideas conservadores le unen a Trump y también como al presidente de EEUU le gustan las teorías de la conspiración, y arremeter contra los medios tradicionales. Pero es un producto original. Como un Chávez de derechas, con un discurso autoritario. Alguien que viene a poner orden”, afirma Luis Tejero, autor de La construcción de una presidenta y consultor en MAS Consulting.

En cuanto al mundo del dinero, que al principio desconfiaba por la inseguridad que podría crear, finalmente lo ve como una apuesta más clara que la vuelta de la izquierda. Bolsonaro ha seducido a los empresarios al prometer que encomendará a Paulo Guedes, educado en el liberalismo más puro en Chicago, el Ministerio de Economía.

La corrupción, que ha llevado a la cárcel al ex presidente Lula da Silva, ha marcado a los brasileños. El actual presidente, Michel Temer, a punto estuvo de perder el puesto pero se salvó in extremis. Y Dilma Rousseff fue destituida por un impeachment, en agosto de 2016, por alteraciones presupuestarias. El PT optaba al Senado por Minas Gerais. No lo ha logrado.

Todos los partidos, y también algunos de los que ha formado parte Bolsonaro, que lleva desde 1991 en el Parlamento, se han visto involucrados en casos de corrupción. Odebrecht, la gran constructora que ha hecho tambalearse a la clase política de América Latina, es brasileña y en su país empezó sus tejemanejes.

No es la economía lo que no funciona, es la política que no genera confianza», señala Julimar da Silva

A esta lacra, hay que sumar una recesión de la que el país más poblado de América Latina empieza a recuperarse muy poco a poco. “Lo peor es el déficit (un 7% del PIB), pero la inflación se ha estabilizado. Las reservas son de 380.000 millones. El crecimiento es bajo y el desempleo alto porque los gobiernos no generan confianza. No es la economía lo que no funciona, es la política”, explicaba Julimar da Silva, profesor de Estructura Económica y Economía del Desarrollo en un foro reciente en Casa de América.

Las reformas pendientes para equilibrar las cuentas públicas, en especial del sistema de pensiones, así como la reforma fiscal parecen ineludibles para que Brasil recupere la senda del crecimiento. El margen de maniobra será escaso y el presidente necesitará pactar con el Congreso y el Senado. O se orienta al centro, o renuncia a la vía democrática.

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