Es bien sabido que la vida y la política solo son pálidos reflejos del beautiful game. Por eso en Alcorcón ya vieron venir que los galácticos de Hillary Clinton lo tenían todo para palmar frente al equipito semiamateur de Trump en 2016, y por eso para descifrar las midterms de 2018 es buena idea recurrir a José Mourinho.

El portugués precedió a Trump como inventor del catenaccio mediatizado. Catenaccio (cerrojo, en italiano) que es como se denomina la táctica de establecer una barrera infranqueable alrededor de la portería propia sobre el campo de juego al tiempo que se impone una disciplina absoluta sobre la propia institución – tanto da que sean partidos políticos de solera como grandes y antiguos clubes de fútbol – y su estrategia de comunicación.

La idea de Trump y Mourinho es dominar el discurso mediático y preservar el campo propio hasta desquiciar al adversario»

La idea no es tanto ganar como dominar el discurso mediático y preservar el campo propio hasta que el adversario termine desquiciado, cometa un error y pierda. A saber, exactamente lo que Trump lleva haciendo dos años.

El presidente se ha apresurado a celebrar la «tremenda victoria» que los votantes le han concedido en el Senado (donde la bancada republicana ha ganado entre uno y tres escaños) mientras ignora las previsibles pérdidas en la Cámara de Representantes, donde los demócratas se aprestan a ocupar hasta 26 escaños más y se esfuerzan por celebrar la recién adquirida mayoría.

Se esfuerzan, hay que enfatizar, porque lo que en algún momento se esperó que fuera un tsunami demócrata se ha quedad en desangelado, por previsible y moderado, cambio de marea. El trumpismo se las ha arreglado para contener las pérdidas, sobrevivir y, por tanto, consolidarse.

Como en 2016, el republicanismo trumpificado ha optado por la estrategia de amarrar a sus votantes naturales de raza blanca, nivel educativo medio bajo y residentes en las zonas rurales que vienen a sumar justo por debajo del 50% del electorado. Suficiente para controlar daños ahora y, eso esperan ellos, lograr otra ajustada derrota de los demócratas en las presidenciales.

El problema para el presidente es que, aunque la táctica es efectiva, no da para mucha épica y ciertas dosis de grandiosidad heroica son imprescindibles en un contexto como el actual, dominado por la sobre-excitación permanente alimentada por la televisión por cable y a los nuevos medios de comunicación. Y es aquí donde las innovaciones del mourinhismo realmente anteceden a las del trumpismo: la timidez en el campo y el aburrimiento en los resultados pueden ser abundantemente compensados por la vía de la espectacularidad mediática.

Nada como insultar y demonizar al contrario para galvanizar a los seguidores propios, y a los del oponente, reforzando la estrategia»

Nada como insultar y demonizar al contrario para galvanizar a los seguidores propios –a los del oponente también, pero eso incluso refuerza la estrategia. Consideremos, por ejemplo, los efectos electorales de la candidatura a la Corte Suprema de Brett Kavanaugh. Preservar el prestigio del alto tribunal habría requerido retirarla tan pronto como empezaron a acumularse las acusaciones de abuso sexual. Trump decidió perseverar, arremeter contra los ya indignados partidarios del movimiento #Metoo y emplear a Kavanaugh a modo de dedo en el ojo de la oposición.

Verbigracia, Claire McCaskill, senadora demócrata por el estado de Missouri que se preparaba para una difícil reelección cuando Trump la obligó a posicionarse sobre Kavanaugh. Igual que Tito Vilanova se vio en el tris de comentar los pormenores del dedo de Mourinho sobre su propia retina en vez de celebrar que había ganado una Supercopa de España. McCaskill se ha pasado todas las elecciones justificando su voto contra Kavanaugh, que Trump convirtió en un voto contra los valores tradicionales defendidos por los electores de Missouri, en vez de defender su propia trayectoria por una sanidad más accesible.

McCaskill, a fecha de hoy, anda buscando empleo en el sector privado. Y haciéndole compañía están los otros cuatro compañeros de partido que votaron como ella. Joe Manchin, el único senador demócrata del comité judicial que ha sobrevivido a la sarracina también fue el único que votó a favor de Kavanaugh y el que antes concluyó, como ya le pasó a un exasperado Guardiola sobre Mou, que Trump es el Amo.

Y es que el Donald resolvió hace ya que, a diferencia de políticos más convencionales, no tiene el menor interés en expandir su electorado mediante la persuasión. Le es más efectivo enfatizar machaconamente quiénes son los enemigos, reales o imaginarios eso es lo de menos, de su electorado. Por eso ha enviado a los militares a la frontera con México para frenar a un puñado de emigrantes hambrientos y exhaustos.

En la mitología del presidente se metamorfosean en un ejército invasor compuesto por violadores;al mismo tiempo que subraya el presunto radicalismo de las víctimas de violencia sexual que hemos visto genuina y visiblemente enfurecidas en televisión a raíz de la nominación de Kavanaugh. Obsérvese la ironía.

Entretanto, desde la bancada republicana cuando cierto mensaje televisivo – olvidémonos de principios – colisiona con el interés material del electorado, no hay problema. En caso de necesidad, el republicanismo trumpificado siempre tiene otro mensaje. Josh Hawley, por ejemplo, que intentó ilegalizar el Obamacare como fiscal general de Missouri, ha derrotado a Claire McCaskill posicionándose firmemente a favor de preservar los aspectos centrales de la Affordable Care Act­– que es como se llama el programa ahora que Obama ya no está en la Casa Blanca.

Trump ha logrado que republicanos y demócratas se atrincheren en posiciones establecidas por él mismo»

Así las cosas, el resultado más evidente de las elecciones es la consolidación de un escenario político dominado por la polarización. Trump ha logrado que republicanos y demócratas se atrincheren en posiciones establecidas por él mismo, según líneas culturales, socioeconómicas y políticas ya existentes pero que ahora se han puesto al servicio del sectarismo partidista.

Trump hace bien en regocijarse tanto por la exitosa resistencia republicana en estados clave como Florida, Texas y Ohio, como por el éxito de los candidatos demócratas más exóticos (femeninos, abiertamente homosexuales, musulmanes) en circunscripciones escoradas hacia la izquierda como la 14º de Nueva York, la 3º de Kansas o la 5º de Minnesota.

La Casa Blanca perseverará en una estrategia demagógica destinada a explotar el miedo y la incomprensión de los estadounidenses más conservadores. Los demócratas, todavía en la oposición y sin un líder claro, afrontan los próximos años aún más divididos entre sus votantes más ideologizados y deliberadamente hiperexcitados por Trump por un lado, y el electorado más moderado que les ha dado la victoria en las circunscripciones suburbanas y centristas como en Pensilvania, Michigan y Wisconsin.

Entretanto los republicanos, que han optado por someterse abyectamente a la disciplina del Entrenador-en-Jefe, han coreografiado cuidadosamente el despido del ya exministro de Justifica Jeff Sessions, mientras otros, como Ted Cruz, le siguen dispensado a Trump un tratamiento anonadantemente oleaginoso si uno recuerda los insultos personales que Trump le dedicó a Cruz y a su esposa durante las primarias, pero no tanto si uno se centra en la popularidad del presidente entre el voto republicano que él mismo ha radicalizado.

Los republicanos ven que el cortoplacismo resultadista de la Escuela de Florentino es tan efectivo en política como en el fútbol»

En otras palabras, el Partido Republicano ha llegado a la conclusión de que el cortoplacismo resultadista de la Escuela de Florentino Pérez es tan efectivo en política como en el balompié. Pero el fútbol, aparte de metáfora, no dejar de ser entretenimiento, mientras que en política la pseudorealidad guionizada puede terminar haciéndose realidad a secas.

Observen si no qué ocurre cuando Pep Guardiola, que es lo más parecido a Obama surgido de lo estrictamente futbolístico, se pasa del entretenimiento deportivo a la política. En Estados Unidos, lo que de verdad queda por evaluar son los estragos institucionales y culturales de un presidente y una estrategia electoral vil, demagógica y degradante. Como mínimo, el dialogo entre distintas sensibilidades e identidades, fundamental en un momento de intenso cambio cultural y económico como el actual, es hoy imposible.


David Sarias Rodríguez es profesor de Historia del Pensamiento Político, Universidad San Pablo-CEU.