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Jorge Verstrynge: politólogo, profesor, analista televisivo, sociólogo de la guerra. Fraguista en Alianza Popular, que dirigió durante siete años. Pablista en Podemos, donde su aterrizaje en 2014 provocó un terremoto interno. También Verstrynge: referente ideológico y estratégico del Ejército Bolivariano de Venezuela. Chavista, más que madurista.

Resurge estos días el concepto de la “guerra asimétrica”, entre un beligerante aparentemente poderoso y otro beligerante aparentemente débil, acuñado a principios de los 90 en revistas militares norteamericanas para explicar los nuevos conflictos, con la URSS en retroceso y los arsenales cargados de bombas atómicas virtualmente inutilizables. Verstrynge, analista del término y de su aplicación, lo llevó a Venezuela invitado por Hugo Chávez en el año 2005, cuando publicó su libro La guerra periférica y el Islam revolucionario: orígenes, reglas y ética de la guerra asimétrica.

Tuvo éxito. Tanto, que en Caracas se imprimió una masiva edición especial bajo el sello de las Ediciones de las Fuerzas Armadas de la República de Venezuela. Se repartieron cientos de miles de ejemplares entre el Ejército, al que Verstrynge ha reconocido abiertamente que asesoró “sin cobrar”. También entre la Administración del Estado. Tras ello, al profesor le avisaron de que mejor no intentara sacarse el visado para viajar a los Estados Unidos: le habían vetado.

Chávez editó cientos de miles de ejemplares del libro de Verstrynge y los repartió entre el Ejército y la Administración del Estado en 2005

La teoría de Verstrynge, asumida por el chavismo e inoculada activamente en su Ejército desde hace más de una década, parte de la idea de que los Estados Unidos ya no son una hiperpotencia. Ni ideológica, ni económica ni, especialmente, militar. “No está nada clara la valía militar norteamericana”, ha repetido en charlas, ponencias y conferencias sobre su postulado el sociólogo español: “Los Estados Unidos ya sólo son capaces de ‘microconflictos teatrales’, o sea, de cosas poco serias en materia militar”. De ahí la confianza primero de Chávez y después de Maduro. El desafío constante: retórica altisonante y confianza en que Washington nunca intervendrá en Venezuela porque si lo hace, perderá. Hasta ahora.

Chavismo para llenar el vacío dejado por la URSS

En los escenarios dibujados por Verstrynge, el profesor entiende que los Estados Unidos cometieron un error histórico al pensar que la desintegración de la URSS supondría su hegemonía definitiva sobre el planeta. Una especie de paradoja del vencedor. En sus propias palabras: “Los liberales que se alegran del fin del comunismo, considerado como su último competidor serio, pronto se desengañarán. El liberalismo va a tener que vivir a partir de ahora sin su repelente. Ya no podrá instrumentalizar el miedo para hacer olvidar sus propias taras. Ya no dispone de un diablo para hacer creer en su Dios propio. En lugar de ser considerado como un ‘mal menor’, debe ser juzgado por lo que es en realidad”.

La desaparición de la URSS, para Verstrynge, creó un vacío que alguien debería ocupar necesariamente. Y apuntaba a los candidatos: “China, India, Brasil, Venezuela, el propio modelo europeo, y basta que el sistema parezca griparse para que se singularicen más”. Verstrynge nunca escondió su admiración por Chávez. En una entrevista publicada por JotDown en 2013 decía esto sobre él, coincidiendo con su muerte: “Chávez es De Gaulle y Léon Blum a la vez. De Gaulle por modificar las instituciones para democratizarlas; y Léon Blum, Frente Popular, por la justicia social”. Cinco años antes había aparecido en la televisión pública chavista para decir que Venezuela estaba haciendo “el equivalente a la Revolución Francesa en Europa” y que Venezuela sería el país “que mejor va a poder encajar la crisis”.

En la ‘guía militar’ de Verstrynge, el objetivo es resistir para hacer que el conflicto ‘no resulte rentable al adversario’

En realidad, la guerra asimétrica no es más que “la forma en la que los aparentemente débiles pueden poner en jaque a los aparentemente fuertes”. Se la ha bautizado también como una guerra “de cuarta generación” o “guerra del pueblo” en la que los Ejércitos ya no se enfrentan entre sí y los Estados pierden el monopolio sobre los conflictos. Ahí entran el terrorismo, las guerrillas, la resistencia popular, la desobediencia…

“La guerra asimétrica y el terrorismo son el futuro. ‘La Bomba’ ya no es utilizable y los medios convencionales o no se pueden usar o tampoco son exitosos frecuentemente”, escribiría Verstrynge en una ponencia sobre el concepto, poco después de la publicación del libro. “Un conflicto sería asimétrico cuando los contendientes presenten capacidades muy diferentes, muy disímiles”, describe Verstrynge, que da por sentado que la potencia militar “tratará de conseguir que la lucha discurra en términos clásicos, porque de esta manera tendrá asegurada la victoria”, mientras que la parte débil “consciente de su impotencia en el terreno militar, tratará de plantear y exportar el conflicto a otros ámbitos al objeto, más que de obtener la victoria, de hacer que el sostenimiento del conflicto no resulte rentable al adversario. O sea, intentar una victoria indirecta”.

La ‘Biblia’ en siete versículos

¿Y cómo se consigue eso? Trabajando desde mucho antes del conflicto, preparando al país para ello e incluso provocándolo en las mejores condiciones posibles. Verstrynge, específicamente, proponía en 2005 un manual con múltiples propuestas en sus teorías sobre la guerra asimétrica, con base en el libro que durante años ha servido de inspiración al Ejército Bolivariano de Venezuela. Textualmente:

  • Utilización racional de los recursos de los que se disponen y que puedan ser vitales para el país amenazado y sus aliados, o al menos importantes, de forma dirigida a disuadir la agresión o, al menos, diferirla en el tiempo.
  • Utilización de los recursos antes mencionados para acelerar la independencia nacional a través de la reducción de la dependencia industrial, tecnológica, y sobre todo alimentaria y energética. Constitución de reservas estratégicas en la materia y dispersión de las mismas.
  • Reforzar militarmente el país insistiendo mediáticamente en que se trata de medios defensivos pero exagerando, cara al exterior, las disponibilidades. Simultáneamente, preparar la guerra asimétrica y hacerlo públicamente.
  • Reforzar la cohesión nacional interna procediendo a la renacionalización intensa de la población propia, sobre todo de las clases menos pudientes; control incrementado sobre las partes de la población susceptibles de ponerse al servicio del agresor (por orígenes, educación, cultura, religión…)
  • Perfeccionar la política de alianzas. Fomentar y aceptar los apoyos voluntarios en poblaciones no propias para que, llegado el momento de la agresión, vengan al país amenazado tanto a luchar como a realizar acciones militares en el país agresor.
  • Preparación psicológica de la población frente al enemigo, incitándola a la resistencia y exaltando su patriotismo. Lo mismo con la población carcelaria a cambio de redención total.
  • Preparación paramilitar, armas sencillas, explosivos baratos y asequibles, armas químicas y bacteriológicas, vulgarización masiva de la preparación de dichos medios alternativos sencillos entre la población más motivada.

Se trata con lo anterior, según Verstrynge, de “demostrar previamente al enemigo” que la apuesta bélica “no se cumplirá gracias a un alargamiento del conflicto y a la imposibilidad de una victoria definitiva”. Y más allá, “que los planes hipotéticos del agresor de apoyarse tanto en quintas columnas como en parte sustancial de la población son ilusorios tanto por la renacionalización de las masas como porque acciones de terror serán disuasorias ad hoc“.

Las desviaciones del plan

Las contradicciones entre los principios de Verstrynge y su aplicación en Venezuela desde el año 2005 resultan evidentes a simple vista. Ni los recursos del país se han utilizado racionalmente, ni mucho menos han servido para “acelerar la independencia nacional”. Venezuela sobrevive míseramente gracias a la exportación de petróleo, crudo y refinado, cuya venta supone el 81% de los ingresos anuales del régimen. Con la salvedad de que más de la mitad de esas exportaciones acaban en manos de su teórico enemigo, los Estados Unidos, y el resto se reparten básicamente entre India y China. Ni hablar de la “independencia alimentaria y energética”, con cortes de luz constantes en todo el país, supermercados vacíos y población dependiente de cajas de racionamiento y ayuda humanitaria.

Sin embargo, Venezuela sí ha aplicado la política de reservas y dispersión. Un ejemplo es el oro: hace dos semanas, el Banco de Inglaterra negó a Maduro el acceso a más de 1.200 millones de sus reservas, al no reconocerle ya como presidente. Pero se estima que Venezuela tiene una cantidad mucho mayor repartida por todo el mundo, se desconoce dónde.

El ‘chavismo’ ha fracasado en la gestión de sus recursos, pero especialmente en el control de la población para conseguir una homogeneidad que no existe

El refuerzo militar del país ha sido también sonado: a día de hoy las Fuerzas Armadas de Venezuela constan de más de 250.000 unidades y se sustentan en unas cadenas de mando hipertrofiadas, plagadas de generales -más de 2.000 en todo el país- con influencia real sobre el día a día. Esto es cierto, pero también lo son mensajes como los de los militares que estos días comienzan a abandonar a Maduro: “Las tropas no están bien alimentadas”. De cara al exterior, no obstante, se sigue vendiendo la homogeneidad del Ejército. De puertas adentro, se alimenta de forma recurrente la teoría de la guerra asimétrica (en contra) desde plataformas oficialistas. Y desde el propio Maduro, que alude continuamente al “imperio” norteamericano y al “colonialismo” español.

El plan fracasa groseramente en lo que se refiere al “refuerzo de la cohesión nacional”, una quimera que hoy no existe en Venezuela, o que de hacerlo sería en el sentido contrario al deseado. Maduro ganó las últimas elecciones presidenciales -no reconocidas por la comunidad internacional y sin comparecencia de la oposición- con un 67,8% del voto sobre una participación del 46%, con una abstención monstruosa. La situación del país se ha hundido más todavía desde aquel mes de mayo, y su imagen con él. Este fin de semana, en las calles se contrastaron las masivas manifestaciones de apoyo a Juan Guaidó y las pírricas de apoyo a Nicolás Maduro, manipuladas por los medios del oficialismo.

Sí se ha producido, claro, una política de alianzas perfeccionadas. A diferencia de lo que pronosticaba Verstrynge en 2005, Rusia sigue siendo una potencia superlativa y creciente, como también lo es China, sus dos principales apoyos a día de hoy, a excepción de Cuba. En los últimos días, Reuters ha informado de la llegada al país de paramilitares cercanos al Kremlin. A la población, es obvio, se la ha preparado psicológicamente contra el enemigo. O se ha intentado. En Salvados, con Jordi Évole, Maduro aseguraba que el pueblo “ya se está armando” y la gente “sabe a dónde ir”, soslayando la preparación para un conflicto de guerrillas. ¿Redención carcelaria? Ahí se le adelantó Guaidó: fue él quien fue barrio por barrio prometiendo amnistías.