Si no hubiéramos visto ya tantas cosas en la política española lo ocurrido en las últimas semanas sería una especie de pesadilla, un sueño surrealista, en el que se entremezclan los deseos con la realidad, la verdad y la mentira. Pero, por desgracia, no se trata de ninguna ficción, aunque tal vez Freud disfrutaría como un niño psicoanalizando a algunos de los personajes de esta comedia de enredo.

Quizás el sufrido ciudadano, que ya votó masivamente el 28-A y el 26-M, piense que los líderes a los que apoyó en las urnas le están tomando el pelo. Puede ser. Hasta el viernes, la estrategia de Moncloa consistía en plantear una oferta inaceptable a Podemos (la renuncia de Pablo Iglesias a reclamar un puesto de honor en el Consejo de Ministros) para, de esta forma, justificar una nueva convocatoria electoral en noviembre.

Las encuestas (públicas y privadas) avalan la tesis del presidente de que unos nuevos comicios reforzarían al PSOE y no habría riesgo de que una hipotética subida del PP alterase el dominio de la izquierda, toda vez que el partido de Pablo Casado crecería a costa del derrumbe de Vox y del desgaste de Ciudadanos, pero sin alcanzar nunca una suma que pusiera en riesgo sus intereses.

No es casualidad que los diarios de ese día (viernes 19 de julio) coincidieran en el diagnóstico: ruptura de puentes, fracaso de la investidura, máxima tensión, nuevas elecciones…

La intervención de Pedro Sánchez en La Sexta el pasado jueves había sido toda una declaración de intenciones. El presidente llevaba bien aprendido el guión y repitió en dos ocasiones las tres causas que hacían incompatible su gobierno con la presencia de Iglesias: en primer lugar su posición sobre Cataluña y el hecho de que hubiese defendido la existencia de presos políticos («quiero un vicepresidente que defienda la democracia española», llegó a decir); en segundo lugar, Iglesias no está en condiciones de garantizar que sus compromisos sean llevados a la práctica por su organización (y puso como ejemplo lo ocurrido en La Rioja, región en la que el único voto de Podemos dejó al PSOE sin gobierno), y, por último, que él no podía tener como número dos a alguien que había dicho que no se fiaba de él y que, si pretendía entrar en el gobierno, era justamente para asegurarse de que se cumplían los compromisos adquiridos.

El siguiente movimiento se produjo el viernes por la mañana, cuando la número dos del PSOE, Adriana Lastra, admitió en RNE que en el gobierno podían admitirse a otros dirigentes de Unidas Podemos. Lastra ya no hablaba de «gobierno de cooperación», sino abiertamente de «gobierno de coalición». Entre los que podían aspirar al derecho de admisión estaban la número dos de Podemos, Irene Montero, y el responsable de Organización, Pablo Echenique.

¿Era una manera de poner en evidencia el empecinamiento de Iglesias en ser él y sobre todo él quien pudiera acceder a un puesto clave en el gobierno? Es decir, ¿era una apuesta para dejarle aislado entre los militantes y votantes de la izquierda, quienes le verían como «el escollo» para la formación de un gobierno progresista, o era un esfuerzo de Sánchez para salvar la investidura in extremis«?

El líder de Podemos, con su retirada táctica, logra la máxima rentabilidad para sus 42 escaños: ocupar puestos de relevancia en un gobierno de coalición

Sea como fuere, lo que está claro es que en Moncloa no esperaban el cambio de postura de Iglesias, anunciado en plena tarde del tórrido 19 de julio a través de Twitter.

El movimiento de Iglesias no sólo descolocó a los estrategas monclovitas, sino que obliga a Sánchez a hacer todo lo contrario de lo que ha dicho hasta ahora.

El presidente ha caído en su propia trampa. La admisión por parte de Lastra de que la línea roja para el gobierno de coalición, tal y como ha reclamado Podemos desde las elecciones del 28-A, se circunscribía exclusivamente a la presencia de Iglesias en el Gobierno, dejaba de facto en papel mojado las tres razones políticas por las que el presidente no aceptaba que fuera su número dos.

Tanto Montero, como Echenique, como el resto de los dirigentes de Podemos han mantenido posiciones idénticas respecto a Cataluña, incluso respecto a la falta de credibilidad del presidente y sobre su autoridad en territorios como Andalucía, Valencia o Cataluña, mejor ni hablamos. No hay ni siquiera un matiz que diferencie las posturas ideológicas, tácticas y estratégicas entre Iglesias y su guardia de Corps.

Todos los argumentos esgrimidos por Moncloa han devenido en pueriles excusas tras este cambio de última hora. No había nada auténtico, sólo argumentario de quita y pon, palabrería hueca en lugar de razonamientos y convicciones.

¿Se acuerdan cuando Sánchez y sus ministros defendían como si fuese una evidencia indiscutible que no podía haber un gobierno de coalición porque PSOE y UP no sumaban y que como era necesaria la cooperación con otras fuerzas no se podía dar ese premio al partido de Iglesias, que tendría que conformarse con cargos de segundo nivel? ¿Qué ha cambiado desde hace una semana a esta parte? ¿Acaso los diputados de UP ya no son 42, sino 53, el número mágico que daría al gobierno la suma de la mayoría absoluta?

Pero, sin duda, esto no es lo más importante de la rectificación en toda regla que ha tenido lugar en las últimas 72 horas. Lo peor es el cambio de postura que se adivina respecto a Cataluña. Podríamos preguntarle al presidente, como él mismo hizo de forma retórica en su entrevista con Antonio García Ferreras: ¿qué hará Irene Montero si siendo vicepresidenta hubiera que aplicar el artículo 155 en Cataluña?

Por sí cabía alguna duda, los Comunes -la marca de Podemos en Cataluña- ya han dejado claro que se opondrían ante esa posibilidad y que continúan estando a favor de una consulta como la que reclaman los independentistas.

Los independentistas catalanes y vascos deben estar de enhorabuena: un gobierno de coalición PSOE/UP es lo mejor que les podía pasar

En resumen, si las negociaciones, ahora discretas y sin luz y taquígrafos, no como reclamaba Podemos cuando se presentaba como la expresión más genuina de la nueva política, concluyen con éxito y el próximo día 25 de julio Pedro Sánchez resulta investido presidente del Gobierno, lo que tendremos es un gobierno Frankenstein, como calificó Alfredo Pérez Rubalcaba a la resultante de la moción de censura, pero con la diferencia de que ahora tendremos a a ministros de Podemos sentados en el Consejo de Ministros y en puestos relevantes.

De esta forma, Iglesias ha convertido su batacazo del 28-A en un éxito sin precedentes. El nuevo Gobierno deberá contar para aprobar los presupuestos o cualquier ley importante con los votos favorables de los independentistas. Todo ello, con la perspectiva de una sentencia condenatoria dura por parte del Tribunal Supremo a los líderes del procés, entre los que se encuentra el jefe de ERC, Oriol Junqueras, sin cuyo visto bueno el Gobierno descarrilará, como ya se vio en la anterior legislatura.

Tanto ERC, JxC y el PNV deben estar exultantes. Un gobierno de coalición PSOE/UP es lo mejor que les podía pasar. Algunos celebran que esta sea la primera vez que se constituye un gobierno de coalición de izquierdas (casi un frente popular) desde la Segunda República ¡Vayan abriendo botellas de champan!

Colateralmente, el posible acuerdo -que la vicepresidenta Carmen Calvo daba el sábado en La Sexta por casi seguro– no sólo salva la cara a Iglesias, sino que le consolida en su organización como un estratega de altos vuelos, casi como un Gramsci de la era digital. Y, por supuesto, le da a Podemos un oxígeno que necesitaba urgentemente, ya que, desde las elecciones municipales la organización se encontraba en la UVI.

Los argumentos de Sánchez se han derrumbado. Aceptando en el Gobierno a líderes como Irene Montero admite las mismas políticas por las que vetó a Iglesias

Aunque sea de rebote, lo ocurrido da la razón a Albert Rivera, quien siempre dijo que era inútil negociar con Sánchez, ya que tenía decidido con quiénes quería pactar: con la extrema izquierda y con los independentistas.

Magro consuelo, ya que la investidura cierra la puerta a que se convoquen nuevas elecciones y, por tanto, el líder de Ciudadanos tendrá que rediseñar sus planes con la perspectiva de que vamos a tener un Gobierno por varios años.

¿Y el país? En realidad, esa ha sido la última prioridad de unos políticos más preocupados por obtener rendimientos a corto plazo que por preparar a España para la que se nos viene encima.

Pero, en fin, la vida sigue.