Política

El PP teme que Vox sea "socio preferente" si Abascal supera a Rivera el 10-N

El más que previsible descalabro de Ciudadanos dificulta además la suma del centro-derecha, lamentan en Génova

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El PP teme que Vox sea "socio preferente" si Abascal supera a Rivera el 10-N

Albert Rivera, Santiago Abascal y Pablo Casado durante la Fiesta Nacional. EFE

Resumen:

La perspectiva de que Vox supere a Ciudadanos en las próximas elecciones generales, como apuntan no pocas encuestas con intención de voto, es vista en Génova con bastante inquietud. Porque en el caso, no imposible, de que el bloque de centro-derecha sumase para gobernar tras el 10-N, sería Santiago Abascal y no Albert Rivera el que se convertiría en «socio preferente» al ser el líder de la formación política con la que negociar en primer término dada su mayor representación parlamentaria.

Para algunos dirigentes destacados de Génova esta es una circunstancia indeseada. Son conscientes de que los han necesitado para formar mayorías parlamentarias en Comunidades como Madrid o Murcia y ayuntamientos tan importantes como el de la capital de España, pero los gobiernos de coalición se han pactado sólo y exclusivamente con Ciudadanos. Pocos imaginan a Santiago Abascal de vicepresidente de Pablo Casado.

Al margen de la buena relación personal que mantienen ambos, la consigna en esta campaña es poco menos que ignorar a Vox «pero no a su electorado», sobre todo en las circunscripciones más pequeñas para que la fragmentación del voto no beneficie a la izquierda. Pero Vox ha cogido impulso, -en muy buena medida alimentado por las algaradas callejeras tras la sentencia del procés– y si logra colarse en el tercer o cuarto puesto del «ranking» conseguirá representación en provincias donde el 28-A resultó impensable y se reforzará.

Lo acontecido ayer en el Congreso de los Diputados revela la distancia del PP con respecto a Vox

Si bien le interesa a Génova exorcizar definitivamente el riesgo del sorpasso por parte de Albert Rivera, prefieren a éste de interlocutor. Lo acontecido ayer en el Congreso de los Diputados, cuando los parlamentarios de Vox se sentaron en los escaños de Ciudadanos y luego quisieron incorporar «in voce» una cuestión que no había pasado por la Mesa, refleja en muy buena medida la distancia que les separa. Y es que Ana Pastor le dijo a su sucesora, Meritxell Batet, que no le diera la palabra a la secretaria general de Vox, Macarena Olona, a la que Batet terminó expulsando. El resto de los diputados populares criticaron en privado el «espectáculo» de esta formación política.

La propia portavoz parlamentaria del PP, Cayetana Álvarez de Toledo, ha confesado en público no pocas veces sentirse mucho más cerca de Ciudadanos que de Vox -de hecho, votó a favor de los naranjas antes de volver al PP- por considerarlo un partido nacionalista de los que ella abomina.

El temor de tener que pactar con Vox gobiernos de coalición ya se suscitó ante las elecciones locales y autonómicas, aunque la formación de Santiago Abascal consiguió unos resultados más discretos de los que auguraban las encuestas.

Pero es cierto que en Génova se ha instalado la impresión de que «Ciudadanos no tiene margen, no tiene tiempo», para recuperarse electoralmente. Por mucho que confíen en la recta final de campaña y hasta hayan echado mano de Albert Boadella, los naranjas admiten tener 1,8 millones de sus votantes instalados en la abstención, además de pequeñas sangrías a su izquierda y derecha.

El descalabro de Ciudadanos dificulta la suma del centro-derecha

El descalabro de Ciudadanos crea en Génova sentimientos enfrentados porque si bien aleja el riesgo de sorpasso después de que Rivera se quedara tan sólo nueve escaños el 28-A, impide sumar al bloque de centro-derecha para intentar desalojar a Pedro Sánchez de la Moncloa. Aseguran que, en estos momentos, y según sus trackings, no suman con Cs y Vox, pero cuentan con que una parte cada vez más grande del electorado «decide su voto al final».

Por su parte, los populares se muestran muy cautos a la hora de evaluar sus propios resultados, al menos los que arrojan los sondeos. No quieren caer en la euforia de los cien escaños «por si luego nos quedamos en 99» y dicen, de forma harto gráfica que todo depende «del canto de un duro». Un escaño se puede dirimir por apenas un puñado de votos «y los votos están ahí, pero a veces no se consigue escaño». El índice de participación, siempre incierto, condiciona también el reparto de porcentajes y la proyección de escaños. De momento, recuperan la primera plaza en la práctica totalidad de sus feudos tradicionales, esto es madrid, Valencia, Galicia, Aragón o Castilla y León.