«Te levantas y mientras haces el desayuno recibes una propuesta con el trabajo del día pormenorizado por horas y un mapa donde se indican las zonas rojas, aquellos lugares por los que no podrás pasar por el riesgo de contraer el Covid-19. En tu correo electrónico has recibido este mensaje y en la app del gobierno puedes leer las últimas decisiones adoptadas por el Máximo Líder, que años ha fue elegido en las urnas, pero desde que estalló la crisis del coronavirus a principios de 2020 sigue en el poder. Su gobierno acapara el Legislativo y el Judicial, y controla los medios de comunicación. Las redes sociales también están supervisadas. Por el bien común. Pero garantiza tu seguridad y la de tu familia. El precio: lo saben todo de ti y de los tuyos. Todo es todo».

Esta distopía, en la que la democracia se transforma en un ser amorfo con mascarilla permanente, amputado, puede estar gestándose. En países como Hungría, donde su primer ministro, Viktor Orban, ha aprovechado la crisis para controlar el Legislativo e imponer restricciones a los medios de comunicación es un ejemplo. Y se permite el abuso de criticar a la Unión Europea por perder el tiempo en críticas (tibias) «en lugar de salvar vidas».

También están utilizando la crisis como escaparate los regímenes autocráticos, como China o Singapur, donde la mayoría de la población confía en sus dirigentes siempre y cuando les garantice su seguridad, también la seguridad sanitaria. La campaña de propaganda de China está dirigida a que a nadie le importe dónde se originó el virus (Wuhan), ni por qué (mercados sin control con animales vivos), sino cómo obtener el máximo de material sanitario posible (fabricado por China, en su mayor parte).

La tormenta pasará, la humanidad sobrevivirá, la mayoría de nosotros seguirá adelante, pero viviremos en un mundo diferente», dice Yval Noah Harari en ‘FT’

El coronavirus ha infectado a más de un millón de personas en todo el mundo, más de 60.000 han muerto y nuestra forma de vida ha dado un giro de 180 grados. Es un mundo diferente el que emerge en el horizonte. Cuando salgamos de nuestros refugios nada será como antes. «La tormenta pasará, la humanidad sobrevivirá, la mayoría de nosotros seguirá adelante, pero viviremos en un mundo diferente», podíamos leer a Yval Noah Harari, el autor de Sapiens, en las páginas del Financial Times.

Señala Yval Noah Harari que afrontamos dos decisiones particularmente importantes: «La primera es entre la vigilancia totalitaria y la toma de conciencia ciudadana. La segunda, entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad global».

La pandemia nos ha dejado claro cómo ya es posible establecer un sistema de vigilancia que aporte información sobre todos y cada uno de nosotros en tiempo real. Hasta hace poco nos quejábamos si veíamos que debido a nuestra interacción en las redes dejábamos un rastro que seguían empresas de uno u otro calado con fines comerciales.

Ahora los ciudadanos de todo el planeta ven como una garantía de seguridad bajarse una aplicación en la que están todos sus datos sanitarios. El objetivo es controlar el contagio, pero esos datos son un tesoro para empresas de seguros médicos, por ejemplo. Países que hemos considerado ejemplares en su combate contra el coronavirus, como Corea del Sur, o Islandia, facilitan aplicaciones sofisticadas que permiten el rastreo de aquellos que están en cuarentena por dar positivo y ser asintomáticos, en principio. O de los contactos de los positivos.

China también ha recurrido a la tecnología con estos fines. Israel ha empleado métodos que solían utilizarse para el seguimiento de terroristas. El Gran Hermano imaginado por George Orwell comienza a hacerse realidad. «Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado», escribió en 1984.

Esa es la primera elección a la que se refiere el autor de 21 lecciones para el siglo XXI: ¿será reversible esta vigilancia o la aceptaremos a cambio de sentirmos más seguros? ¿Sabremos a partir de ahora cómo nos vigilan y para qué? ¿Serán aceptadas estas limitaciones por la mayoría de los ciudadanos?

Todas las aplicaciones de vigilancia tecnológica de salud pública son un peligro para la democracia… En cinco o diez años puede ser la norma», dice Ignacio Martín Granados

«Desde el 11S, y en España el 11M, ha habido un cambio a nivel global por el que estamos dispuestos a aceptar un estado policial que nos proteja aunque eso conlleve pérdida de derechos de las personas. Lo que en un contexto normal serían actitudes antidemocráticas en circunstancias excepcionales la opinión pública termina aceptándolas», explica Ignacio Martín Granados, politólogo y vicepresidente de Asociación de Comunicación Política (ACOP).

«Nos cuesta mucho avanzar en derechos y cuando llegan estas situaciones se recortan y es muy difícil reconquistarlos. Muchas veces hay que volver a empezar… Todas las aplicaciones de vigilancia tecnológica de salud pública son un peligro para la democracia. Incumplen la ley de protección de datos. En cinco o diez años puede ser la norma. Los Estados o corporaciones privadas tienen muchos datos nuestros. No sabemos cómo los utilizarán en el futuro», añade Martín Granados.

El mensajero es el enemigo

Quien ponga en cuestión estas medidas es el enemigo. Es el papel fundamental de los medios de comunicación: vigilar que se respeten las reglas del juego democrático. Para evitarse testigos incómodos muchos gobiernos están limitando la capacidad de actuación de los medios y están recortando la libertad de expresión. El extremo sería Turkmenistán que amenaza con encarcelar a quien mencione la palabra «coronavirus».

Pero no hace falta ir tan lejos. En Europa, el Parlamento húngaro, con mayoría clara del Fidesz, el partido del primer ministro, Viktor Orban, ha aprobado una norma que le permite gobernar a golpe de decreto, suspende el Legislativo, así como elecciones y referéndum sine die. A su vez la ley fija penas de hasta cinco años por propagar todo aquello que al gobierno le parezca que se encuadra bajo el epígrafe de «noticia falsa».

Cuando alguien te avisa que puedes ser arrestado, incluso aunque creas que no va a pasar, te afecta», dice el periodista húngaro Péter Erdélyi

Los periodistas en Hungría no creen que vayan a darse arrestos masivos, pero esta ley disuade a las fuentes de hablar con los medios, y les hace muy difícil acceder a información que no tenga el visto bueno del gobierno. Péter Erdélyi, del portal 444.hu, decía a The Guardian que aumentará la autocensura en aquellos medios que tengan más problemas de rentabilidad. «Cuando alguien avisa que puedes ser arrestado, incluso aunque creas que no va a pasar, te afecta», declaraba.

La Comisión Europea se ha limitado a dejar constancia de que vigilará el proceso y que siempre ha de ser temporal. El jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, cuando le preguntaron el viernes tras la videoconferencia con ministros de Exteriores de la UE se limitó a decir que era un asunto interno de Hungría y que en todo caso sería la Comisión quien tendrá que pronunciarse.

Los gobiernos de 13 países (Alemania, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Holanda, España, Portugal y Suecia) se mostraron «profundamente preocupados» por las medidas extraordinarias adoptadas en Hungría, por el riesgo de que supongan «una violación de los principios del Estado de Derecho, la democracia y los derechos fundamentales». No mencionan a Viktor Orban, que aprovechó para decir que estaba preocupado por el coronavirus y no por estas críticas.

El ex presidente del Consejo Europeo, actual presidente del Partido Popular, Donald Tusk, planteó la posibilidad de expulsar al Fidesz del principal grupo del Parlamento Europeo. Sin embargo, ni el Partido Popular español, ni la CDU alemana, ni los Republicanos franceses, ni el partido de Berlusconi, se han adherido a esta demanda.

En el sureste asiático también hay países como Tailandia, Camboya y Mynamar donde sus mandatarios se han arrogado poderes extraordinarios. En Tailandia las restricciones a los medios han llevado a prohibir que se compartan «informaciones falsas relacionadas por el Covid-19 que puedan propagar el miedo entre la población». El gobierno es quien decide qué es una noticia falsa y qué no.

En pleno estallido del Covid-19, China anunció a los corresponsales de The New York Times, Washington Post y The Wall Street Journal, que no renovaría su credencial este año y tenían diez días para entregar las actuales. En teoría es una represalia por la medida de Estados Unidos de clasificar a las organizaciones mediáticas chinas como misiones en el exterior y reeforzar su control. El Ministerio chino de Exteriores consideró la acción como «un acto de opresión motivado políticamente», según informa The Guardian.

Las autoridades egipcias retiraron la acreditación a la corresponsal de The Guardian en El Cairo, Ruth Michaelson, y emitieron una advertencia al corresponsal de The New York Times, Declan Walsh, por difundir informaciones supuestamente falsas sobre la expansión del coronavirus en el país de los faraones.

La nota de The Guardian que molestó al gobierno de Al Sisi apuntaba a que el número de casos era «probablemente» más alto del confirmado oficialmente, basándose en una investigación de científicos canadienses. El periodista estadounidense tuiteó lo escrito por su colega.

Es la confianza, estúpido

¿Están haciéndolo mejor los sistemas autocráticos que las democracias? ¿Es la única manera reforzar los poderes del líder a cargo para acometer este desafío? En un artículo publicado por Carnegie Endowment for International Peace, Rachel Kleinfeld analiza esta cuestión y concluye que no hay relación entre eficacia a la hora de afrontar esta crisis y el tipo de régimen. Es la confianza en los gobernantes lo que pesa más.

«Mientras algunas autocracias lo han hecho bien, como Singapur, otros no, como Irán. Lo mismo pasa con las democracias. EEUU está fracasando, mientras que Corea del Sur o Taiwán avanzan por el buen camino», escribe Kleinfeld.

Martín Granados subraya que de China ignoramos mucho más de lo que sabemos. «No sabemos si China, por ejemplo, en caso de haber sido una democracia, habría informado antes a la opinión publica de la existencia del virus y no se habría descontrolado. No tenemos por qué creernos el número de víctimas (hay estudios que apuntan que sería solo en Wuhan). Esta crisis vuelve a poner de relieve el trilema de libertad, igualdad y seguridad», añade el vicepresidente de la ACOP.

Rachel Kleinfeld destaca tres factores determinantes en el éxito de los países en la lucha contra el coronavirus: las lecciones del SARS (aprendidas en Singapur, Corea del Sur, Taiwán o China, pero también en Canadá, donde hubo un fuerte brote); la confianza en los gobernantes o su legitimidad política (fuerte en China y Corea del Sur o Singapur, pero debilitada en muchas naciones europeas); y en tercer lugar, la capacidad o fortaleza del sistema sanitario.

Si bien la naturaleza del régimen político no garantiza su éxito frente al virus, lo cierto es que una crisis tan excepcional, en la que los gobiernos en el poder cuentan con más apoyos políticos y sociales para imponer medidas extraordinarias, son aprovechadas por los autócratas para reforzarse.

En épocas de inseguridad la gente está más dispuesta a ceder libertades (…) El problema es que las democracias antes garantizaban un modelo de vida seguro y estable. Ahora ya no», dice Félix Arteaga

Cuando la única certeza es la incertidumbre (Zygmun Bauman), los falsos profetas se aprovechan de las debilidades de unos ciudadanos desconcertados. «En las últimas décadas, con el proceso de digitalización y globalización, los ciudadanos se sienten inseguros, ahora en lo sanitario, antes en las expectativas de vida, sobre su economía, y eso afecta a la seguridad ontológica, la confianza de las comunidades, que se va erosionando. En ese contexto los movimientos populistas ganan apoyos. En épocas de inseguridad la gente está más dispuesta a ceder libertades. Muchos confían en alguien que les diga qué hacer. El problema es que la democracias antes garantizaban a los ciudadanos un modo de vida seguro y estable. Ahora ya no», dice Félix Arteaga, investigador principal del Real Instituto Elcano.  

Esta tensión nacionalismo/ globalismo a la que se refería el autor de Sapiens se está poniendo de manifiesto también. Cada nación está haciendo la guerra por su cuenta, como se ha visto en la batalla por las mascarillas en la que los estadounidenses ganan la partida gracias a su nutrido talonario. Pero se puede reproducir entre estados en EEUU. Sin embargo, la solución o es global o no es solución. Si el vecino sigue enfermo, corres peligro de contagio, y eso se aplica a los países.

«Orban puede ahora gobernar por decreto, y las autoridades chinas juegan con el acceso a la comida con los uigures, minoría musulmana reprimida en China. Si las democracias desarrolladas no pueden unirse para combatir la propagación del virus, y fabricar los bienes que precisan para lograrlo, así como sumar fuerzas para la recuperación económica, China lo hará. El resultado de esta crisis será decisivo para saber si hay un vuelco global hacia el autoritarismo», concluye Rachel Kleinfeld.

Si las democracias desarrolladas no pueden unirse para combatir el virus, fabricar los bienes que se precisan para lograrlo, y sumar fuerzas para la recuperación económica, China lo hará», apunta Rachel Kleinfeld

Hay lecciones importantes en este proceso: para el individuo, para la comunidad más próxima, para los gobiernos, para los empresarios, para los intelectuales. Cada país se ve reflejado en esta crisis, se aprecian las carencias y las fortalezas.

En España, el caos de un sistema de autonomías mal organizado, un sistema político que no pasa de la adolescencia, y las debilidades de un sistema sanitario público en proceso de descomposición contrasta con unos equipos humanos extraordinarios entre los sanitarios, tanto médicos, enfermeros, auxiliares, en los cuerpos de seguridad, y en las cadenas de abastecimiento.

Martín Granados tiene claro que es crucial que abordemos hacia dónde vamos a partir de lo que hemos aprendido con esta pandemia. «Hemos de definir con claridad qué queremos ser como país. Si solo tenemos turismo, con cualquier desastre sanitario nos vamos al abismo. Habría que dar prioridad a otras cuestiones en la organización del sistema productivo. La OMS ya ha dicho que en 2050 habrá otra pandemia más mortal. Hemos de adelantarnos al futuro».