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Acuerdos, celos y pintadas, las 'heridas preelectorales' del 12-J

País Vasco | Política

Acuerdos, celos y pintadas, las 'heridas preelectorales' del 12-J

Los acuerdos cruzados entre el Gobierno con el PNV y la izquierda abertzale, las agresiones a sedes de partidos políticos y la fractura interna de Bildu, Podemos y PP marcan el arranque del proceso electoral vasco.

El mar desinfecta y el sol deja marca. Es la máxima que se aprende desde niño en tierras costeras para sanar heridas. En Euskadi, como en el resto del país, estos días el confinamiento se cura con horas de arenal y olas en playas saturadas de irresponsabilidad. Y eso que al verano aún le quedan tres semanas por llegar. Será entonces cuando además de arena, salitre y sol —bueno, eso en el País Vasco es sólo una esperanza— los vascos tendrán en su nueva realidad mítines estivales y urnas con mascarilla. Para entonces las heridas electorales que ya han comenzado a producirse unos y otros quizá hayan cicatrizado en el mar o dejado demasiado rastro por la exposición ambiental.

Por el momento, y a mes y medio de las elecciones, todos los partidos se empeñan con dedicación a protegerse, a blindarse para evitar heridas de gravedad antes del 12-J mientras se las procuran al adversario. En el PNV la sangre no ha llegado al río. Su debilidad en forma de desconfianza, celos con Bildu y ninguneo como aliado preferente de Sánchez apenas ha durado una semana. Ya empieza a reconducirse con acuerdos para gestionar el Ingreso Mínimo Vital o la reactivación del calendario de cesión de transferencias para Euskadi: «El depósito de la confianza ya está con unos litros más», dijo el portavoz del PNV, Aitor Esteban.

En EH Bildu lo que duele es el temor a que se desvirtúe su ‘peneuvización’ en Madrid. El miedo es que su acuerdo para derogar la reforma laboral sea flor de un día y con ella su reconversión como formación capaz de alcanzar acuerdos útiles y no sólo plantar órdagos se diluya. Pero lo que más inquieta a los de Otegi estos días revueltos en el patio político vasco es el virus interno. Lo propaga un sector que no hace mucho luchaba en su mismo bando y que hoy arremete contra sus dirigentes con pintadas de «culpables» por la situación de los presos en prisión y por haber abandonado la amnistía para los presos de ETA como aspiración prioritaria.

La colección de heridas primaverales a puertas de las elecciones es mucho más diversa. En Elkarrekin Podemos lo que duele antes del 12-J es la confusión de sus bases. Las encuestas apuntan hacia un descalabro de los morados que ahora lidera Miren Gorrotxategi. La candidata a lehendakari se impuso en el proceso interno que precipitó la salida de la anterior dirección. A ello suma que su insistencia en apostar por un tripartito de izquierdas para descabalgar del poder el PNV continúa siendo un guante sin recoger en el PSE.

El desgaste de Sánchez

En casa de los populares, la herida electoral sangra desde hace tiempo. Lo hace antes de la salida precipitada y convulsa de Alfonso Alonso y el accidentado proceso de coalición con Ciudadanos. La mayor inquietud del PP vasco no es sólo perder peso sino terminar por ser innecesarios para la conformación de mayorías en el Parlamento Vasco en una legislatura en el que se abordarán no sólo cuestiones esenciales en materia social y económica sino también territorial. La probable fortaleza de PNV y PSE convertirían al PP en una bancada sin capacidad de influir ni decantar votaciones.  

En las filas socialistas el temor pasa por no padecer el impacto de desgaste que proceda de Moncloa. Las encuestas le otorgan la posición más cómoda a los de Idoia Mendia. De cumplirse, podrán elegir alianzas, y con ello elevar el listón de exigencia para conformar gobierno tras el recuento electoral.

Cada una intenta recomponerse de sus rasguños, pero a todas afectas una herida común: la pandemia y su incidencia en el proceso electoral. La irrupción del coronavirus y el confinamiento de más de dos meses a los que ha obligado precipitó la suspensión electoral del 5-A. El lehendakari optó por celebrar los comicios en pleno verano. Será una experiencia inédita en la historia electoral de la democracia. Un proceso celebrado bajo medidas de protección, mascarillas y distanciamiento social y en un contexto vacacional. Por el momento no se ha decidido si la campaña electoral se mantendrá o se acortará, pero todos los partidos trabajan ya con actos en los que los mítines con cientos de asistentes parecen descartados y los mensajes y campañas a través de los medios y las redes sociales se potenciarán.

También los programas electorales se ultiman ya para ajustarlos a la nueva realidad electoral. Los documentos que se editaron para el 5 de abril requieren ahora anexos clave en forma de medidas económicas y sociales con los que atraer voto preocupado por la crisis económica.

El ‘laberinto’ de Otegi

El ambiente electoral será complicado. Por el contexto social y por la fecha. El electorado no está satisfecho con su clase política y Euskadi no es una excepción. El ‘Deustobarómetro’ publicado este viernes revelaba que ninguno de los dirigentes políticos o líderes de formaciones lograba el aprobado, ni siquiera el lehendakari. Más aún, a Urkullu, al igual que a Sánchez, la mayoría de la ciudadanía le suspendía por la gestión de la actual crisis sanitaria. Una valoración que sin embargo no se corresponde con la motivación para votar. La participación estimada para el 12-J será del 60%, la misma que hace cuatro años.    

La intensidad de la actividad política de estos días ha supuesto una suerte de adelanto de los enfrentamientos electorales. El cruce de reproches ha sido continuo entre quienes se disputarán el voto en cada uno de sus ámbitos de influencia.

En el nacionalismo la pugna se libra en dos direcciones; entre nacionalistas moderados y extremos y en el eje izquierda-derecha. Las encuestas apuntan hacia movimientos de voto en ambas direcciones que serán esenciales. Tanto el Sociómetro del Gobierno vasco como la encuesta de ETB otorgan al PNV tres escaños más de los que ostenta ahora en el Parlamento vasco. Ni la crisis del vertedero de Zaldibar ni la valoración crítica de la gestión del Covid-19 parecen pasar factura al PNV. Los 31 asientos que se le asignan en ambos casos, uno más por territorio histórico, no sólo le dejaría mucho más cerca de la mayoría absoluta, sino que supondría un hito en la historia de la formación. El PNV sólo superó ese resultado en 1984, antes de su escisión, —logró 32 escaños—, y en 2001, cuando su concurrencia en coalición con EA le asignó 33 asientos. Al candidato jeltzale, Iñigo Urkullu, que el 12-J opta por un tercer mandato, le auparán tan alto votos ‘robados’ del alicaído caladero del PP, que según los sondeos perderá casi la mitad de su representación.

Su adversario en la Euskadi abertzale, EH Bildu, está algo confuso. Los sondeos le apuntan a una mejora, al menos un escaño más, hasta los 19, pero sin lograr capitalizar gran parte del hundimiento de Elkarrekin Podemos. En la izquierda abertzale, inmersa en un proceso de apoyo a Pedro Sánchez y de reconversión como formación útil en Madrid, las costuras empiezan a tensarle. Y lo hacen por distintos motivos. El eje de actuación conjunta con el soberanismo catalán se resquebraja con distanciamientos claros de los de Otegi con ERC y JxCat en su anunciada relación de ‘frente común’ con Sánchez. Los últimos acuerdos y su respaldo a las prórrogas del Estado de Alarma han evidenciado diferencias intermitentes. La moderación y critica delicada de EH Bildu contrasta ahora con el tono grueso y reivindicativo del independentismo de Rufián y Borrás.       

Podemos, desnortado

Y lo que incomoda sobremanera es cómo salir del laberinto de su pasado. La candidata a lehendakari de la coalición, Maddalen Iriarte, no tardó en desmarcarse de los ataques que, en apoyo del preso de ETA, Patxi Ruiz, hicieron sectores afines al movimiento Amnistía Ta Askatasuna (ATA) contra sedes de partidos. En realidad, lo hizo después de que atacaran la vivienda de Idoia Mendia. Pero una vez más, sin la condena expresa que la líder del PSE exigía y el PNV viene reclamando desde que comenzaron los ataques a sus ‘batzokis’. 40 agresiones a sedes jeltzales y socialistas después continúa sin haber una condena clara desde Bildu y las resistencias a suscribir declaraciones institucionales se repiten en el Parlamento y en ayuntamientos. Otegi insiste en que quienes cometen estos actos no son ellos, son ‘otros’. Explicarlo y justificarlos décadas después de que su entorno los impulsara y aplaudiera parece que será tarea complicada en lo que resta de precampaña.

En Elkarrekin Podemos su candidata insiste en una apuesta desde que se impuso en el proceso interno que forzó la enésima salida de la dirección de la formación en Euskadi. Miren Gorrotxategi no se resigna a dar por perdida su ilusión de una alianza a tres junto al PSE y EH Bildu para frenar al PNV. El viernes, ante la evidente negativa del PSE que ya ha dejado claro que da por descartada la propuesta, Gorrotxategi invitó a Mendia a al menos «imaginar» como sería no tener que pedir permiso al PNV de Ortuzar para implantar un programa de izquierdas en el País Vasco.

La formación morada ha pasado en sólo tres meses de suscribir un acuerdo presupuestario con Urkullu y acercarse al PNV a intentar forzar una alianza para derrocar a los jeltzales. Ahora las encuestas conocidas parecen castigar ese viraje y apuntan hacia una pérdida de peso en la cámara vasca nada desdeñable, al caer de 11 a 8 escaños.           

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