Internacional | Política

El discurso del odio produce monstruos

La polarización se traduce en la forja de discursos identitarios que transforman al otro en enemigo que ha de batirse

Ilustración: Carmen Vivas

«En los últimos tiempos el exhibicionismo del resentimiento ha adquirido relevancia pública e incluso política. Al igual que muchos otros, no estoy dispuesta a acostumbrarme. No quiero que el nuevo placer de odiar libremente se normalice. Ni en mi país, ni en Europa, ni en ningún otro lugar». La filósofa y periodista alemana Carolin Emcke recibió en 2016 el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes con su obra Contra el odio (Taurus), que ha cobrado en estos tiempos de incertidumbre renovada vigencia.

El otro es el enemigo. Sucede en los Estados Unidos de Donald Trump o el Brasil de Bolsonaro (también pasaba con Lula o Dilma) y en la España actual, a pesar de que la pandemia del coronavirus ha dejado a nuestro país desangrado. Resuenan los ecos de quienes se echan en cara los muertos de hoy, por el coronavirus, y del pasado (guerra y posguerra civil).

Sin respeto por los que se fueron ni por los que se han quedado desgarrados. Por la pérdida de seres humanos. Por el desconcierto de una enfermedad invisible e inasible. Por el miedo a un mañana en el abismo.

Hay algo mucho más peligroso: el clima de fanatismo… Esa dinámica que genera un rechazo cada vez mayor hacia a aquellos que poseen otras creencias o ninguna… El desprecio creciente por todo lo distinto», escribió Carolin Emcke

Es ese odio, ese discurso envenenado, produce monstruos. «Hay algo mucho más peligroso: el clima de fanatismo… Esa dinámica que genera un rechazo cada vez mayor hacia aquellos que poseen otras creencias o ninguna, hacia quienes tiene otro aspecto o aman de una forma diferente a lo que dicta la norma. El desprecio creciente por todo lo distinto que se extiende y, poco a poco, va perjudicando a otros». Carolin Emcke predice un escenario que estamos viviendo en este 2020 con una intensidad que estremece.

En la primera potencia del mundo el presidente es el atizador-en-jefe. Donald Trump, y más en pleno año electoral, no tiene reparos en propagar el odio. Ni siquiera deja a un lado esta actitud polarizadora cuando el país afronta una crisis económica solo equiparable con la Depresión de los años 30.

Al contrario, Trump, en una huida hacia delante, comparece cuando se atisba un ligero repunte del desempleo para recordar a los suyos que no hay nadie mejor que él como gobernante en toda la historia de América y para interpretar a los muertos y vislumbrar la alegría de George Floyd por el esperanzador último dato de paro.

En busca del enemigo

Tampoco le hace reaccionar el asesinato de George Floyd, un afroamericano víctima del abuso policial. Un crimen que ha convertido a la víctima en un emblema tras la difusión de las crueles imágenes de su tortura a través de las redes sociales. Pero quienes lo vieron se quedaron parados y siguieron grabando. Todos nos echamos las manos a la cabeza a posteriori, y salimos a las calles en busca de enemigos.

La denuncia de los abusos, y más aún de la desigualdad racial, o de cualquier otro género, es una reivindicación justa. Pero los saqueos y la violencia quitan la razón a cualquier forma de protesta. Como decía una pintada junto al lugar donde mataron a otro afroamericano, David Dorn, ex policía, de 77 años, en San Luis, Misuri: «Matáis a un negro para manifestaros por la muerte de otro negro». Así no.

Una de las voces más claras en estas dos semanas de convulsión en Estados Unidos ha sido la de Keisha Lance Bottoms, alcaldesa de Atlanta, afroamericana, en la CNN. «Esto es el caos. Una protesta tiene un objetivo. Cuando el doctor King fue asesinado no hicimos esto a nuestra ciudad… Si queréis cambiar América, id y registraos para votar».

Otros han visto que es la hora de revisar la historia y de recrearla desde el presente. Han derribado estatuas de Cristóbal Colón, han teñido de rojo al rey Leopoldo II de Bélgica, o incluso han tildado de «racista» a Winston Churchill, quien abanderó la lucha contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial. HBO ha retirado la película Lo que el viento se llevó por dulcificar el esclavismo. ¿Reivindica la memoria de los Floyd asesinados que derribemos estatuas y censuremos películas? ¿Qué aprendemos así?

Pero al mismo tiempo los republicanos hablan de casos aislados en la policía y el presidente acusa de terroristas a los que se plantan ante la Casa Blanca para protestar pacíficamente. Incluso ordena dispersarlos con gases lacrimógenos para posar con una Biblia en la llamada iglesia de los presidentes.

«No puedo respirar», clamaba Floyd. No es de extrañar. Es difícil seguir respirando cuando es el odio lo que flota en el ambiente.

Trump, icono de la polarización

¿Cómo era el mundo sin Trump? Hoy parece que todo empieza o termina en el actual presidente de Estados Unidos. No es así. La polarización ahora alcanza un punto culminante, y se refleja en las encuestas de Pew Research, si bien desde hace 25 años se da en la política estadounidense.

Sin embargo, como exponía Pau Solanilla, consultor en Ideograma, en un webinar sobre EEUU. La era Trump: polarización, populismo y Covid-19, «Trump es un síntoma de lo que ha ido pasando. No es la causa. Es el acelerador de una tendencia que venía de atrás», decía Solanilla, en este foro organizado por el CIDOB, ICIP, Club de Roma y Fundación Cultura de Paz.

Trump es un síntoma de lo que ha ido pasando. No es la causa. Es el acelerador de una política que viene de atrás», afirma Pau Solanilla

Solanilla destacaba cómo «en Estados Unidos se da un combate sin reglas con el adversario. La política americana en la actualidad consiste en la destrucción del adversario: incorrección política, un estilo de comunicación muy emocional, el nuevo autoritarismo de la mentira, y la simplificación de los mensajes. Es lo que hace la nueva derecha americana, que se caracteriza por la radicalización y combate a todo o que tiene que ver con los progresistas».

Ha sido un modelo para otras nuevas derechas fuera de Estados Unidos. Es el caso de Vox en España. Steve Bannon, el ideólogo de cabecera del primer Trump, es un referente para el partido de Santiago Abascal, como lo es para Matteo Salvini. Bannon ha intentado lanzar su aventura europea desde Italia.

Así recordaba Solanilla que «Trump no es la alt right americana, pero se aprovecha del movimiento. Trump estuvo seis años acusando a Obama de no ser estadounidense y haber falseado su acta de nacimiento. Estaba Steve Bannon en su entorno en aquella época. Trump empezó como un hiperlíder que está evolucionando hacia un líder populista con una retórica muy agresiva».

Como consecuencia de la polarización se generan identidades… Significa que ya no se discute por temas, sino por quién proponga qué. Yo soy X y tú eres Y, y por eso, propongas lo que propongas estaré en contra», apunta Peytibi

Esa polarización es un fenómeno ligado a los movimientos populistas, y acaba calando en los partidos tradicionales, que acaban adoptando su agenda y su retórica por temor a perder votantes. «En un primer momento se logra notoriedad: el lenguaje duro y las acusaciones surrealistas llaman la atención de los medios. Con el tiempo esa retórica se queda en la sociedad y esos frames son usados por el resto de las fuerzas políticas», explica el consultor Xavier Peytibi, cofundador de Beers and Politics y coautor, con Sergio Pérez-Diáñez, de Cómo comunica la alt right: de la rana Pepe al virus chino.

¿Cómo se da el salto a la negación del otro, que conduce a fomentar ese odio fácil de alimentar y muy difícil de revertir? «Como consecuencia de la polarización se generan identidades. Le interesa a Trump porque un votante polarizado, con una identidad y una comunidad afín en la que se siente a gusto, es un votante más fiel. Esta polarización y estas identidades significa que ya no se discute por temas, sino por quién proponga qué. Yo soy X y tú eres Y, y por eso, propongas lo que propongas, estaré en contra. Se critica no el qué, sino el todo, a la persona y no lo que dice. Porque es Y».

España, rojos y fachas con coronavirus

Al lector le resultará fácil identificar esa retórica en los políticos españoles. La crisis consecuencia de la propagación del nuevo coronavirus, lejos de generar consensos, en España ha tensado las relaciones entre los partidos políticos.

A años luz nos queda Portugal, aunque sea nuestro país vecino en la frontera occidental. En Portugal el principal partido de la oposición ha respaldado al gobierno por las circunstancias excepcionales aparejadas a la crisis del Covid-19. Más distante aún nos resulta un gobierno de gran coalición entre los dos principales partidos del país, como se forjó en 2018 en Alemania, a pesar de que ese paso suponía para el Partido Socialdemócrata un auténtico harakiri.

España no es diferente a la corriente de polarización que recorre el mundo. En el caso español incluso los políticos de los extremos del espectro han puesto los muertos sobre la mesa para echarse la culpa. Unos acusan a los otros de poner en riesgo a la población por promover la manifestación del 8 de Marzo, mientras apoyan protestas por el estado de alarma, sin medidas de precaución. Y el gobierno se escuda en la crisis para desautorizar a todo aquel que pone en duda su gestión.

Con un discurso que unas veces alude a la familia o la condición social del adversario («Tu padre es un terrorista». «Y tú eres marquesa») o desentierra lo peor de la guerra fratricida que desembocó en la dictadura franquista con la misma terminología: los rojos y los fachas. Si no piensas como yo, eres facha. Si no me das la razón, eres un rojo. Ochenta y un años han pasado desde el final de la guerra civil y seguimos sin aprender de los errores cometidos.

Una de las consecuencias de la crispación es que todo lo que es crítico es acusado de equidistante. Cuando alguien osa hacer una crítica le llaman aliado del adversario político, que en tiempos de polarización es convertido en enemigo», dice Verónica Fumanal

«Una de las consecuencias de la crispación es que todo lo que es crítico es acusado de equidistante. Los polarizados quieren sumisión, adscripción total y falta de crítica. Cuando alguien osa hacer una crítica le llaman colaboracionista o aliado del adversario político, que en tiempos de polarización es convertido en enemigo», señala Verónica Fumanal, presidenta de la Asociación de Comunicación Política.

La periodista y ex senadora Norma Morandini, en un artículo titulado La conversación pendiente de los argentinos, toma como referencia su Argentina natal para hacer una reflexión que puede aplicarse en el Norte y al otro lado del Atlántico.

«Las palabras no no son inocentes: la expresión revela que entre nosotros decir lo que pensamos no es lo que debiera ser, un acto de libertad y honestidad personal, sino una manifestación de coraje. Si pudiéramos reconocer que el alma de nuestro país está profundamente herida por esa intolerancia, que el odio enferma, que nadie vive bien las ofensas, las peleas familiares y las descalificaciones personales, que la igualdad ante la ley no es solo un ideal democrático, sino la obligación ciudadana para respetarnos y reconocernos, tal vez, entendamos que nosotros también debemos desarmarnos del odio y de la violencia que nos atraviesan», escribía Morandini, que fue directora del Observatorio de Derechos Humanos del Senado de Argentina hasta diciembre de 2019.

Esa polarización que utilizan los populismos, y por extensión los partidos tradicionales temerosos de perder su espacio, cala hondo en la sociedad. Las familias dejan de mencionar determinados temas o se distancian. Los conocidos se dan la espalda. Y también los amigos. Si no piensas como yo, estás contra mi. ¿Hay forma de parar el odio?

Carolin Emcke apela a los ciudadanos, a los políticos y a los medios para contener esa ruptura. «El ocio solo se combate rechazando su invitación al contagio. Quien pretenda hacerle frente con más odio ya se ha dejado manipular, aproximándose a eso en lo que quienes odian quieren que nos convirtamos. El odio solo se puede combatir con lo que a ellos se les escapa: la observación atenta, la matización constante y el cuestionamiento de uno mismo».

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