Han pasado más de siete años desde que se puso en marcha la conocida como Operación Kitchen. En su caída en desgracia el ex comisario José Manuel Villarejo ha arrastrado a políticos, jueces, empresarios, etc. La Corona no se ha salvado de la contaminación que impregna todo lo que toca un policía sin escrúpulos que se mantuvo en la cima durante demasiado tiempo.

La Justicia, desesperantemente lenta, pero implacable, ha terminado por levantar alfombras que ocultaban hechos que afectan al funcionamiento de nuestra democracia.

El viernes 18 de septiembre el juez Manuel García-Castellón decidió imputar al ex ministro Jorge Fernández Díaz, al considerar que el Ministerio del Interior está en el «centro nuclear de la operación» que tenía como fin, según la Fiscalía Anticorrupción, arrebatar a Luis Bárcenas supuestos documentos comprometedores para el PP y para el ex presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

Lo que no dicen ni el juez ni los fiscales es que el caso que puede ser la puntilla definitiva para el marianismo y que amenaza con complicarle la vida un poco más si cabe al actual presidente del PP, Pablo Casado, fue una monumental chapuza. Tanto por su cutre realización como por los míseros objetivos que alcanzó, no se pudo hacer peor. Hubo improvisación, desprecio por la legalidad, deslealtad… Y todo para nada.

Pero, como ha sucedido tantas veces en las luchas de poder, el fin acabó justificando los medios. Todo empezó con un enigmático sms.

Verano de 2013: tres semanas de vértigo

El 28 de junio de 2013 el juez Pablo Ruz ordenó el ingreso en prisión del extesorero del PP Luis Bárcenas ante el riesgo de que se fugara. En los días previos, la Policía había detectado varias transferencias desde sus cuentas en Suiza a otras cuentas secretas en Estados Unidos y en Uruguay y el juez decidió enviarle a Soto del Real.

En el cuartel general del PP la noticia causó un auténtico terremoto. Tras varios años en los que Mariano Rajoy, presidente del PP, intentó un pacto con el ex tesorero para que no hablara de la contabilidad B del partido ni de los sobresueldos que se pagaban a algunos de sus dirigentes, su entrada en la cárcel abría un nuevo escenario en el que Bárcenas podía cumplir su amenaza de contar todo lo que sabía sobre la financiación irregular del PP, que ya estaba siendo investigada en la Audiencia Nacional en el sumario sobre la llamada trama Gürtel.

En el PP se pasó de no querer tocarle un pelo a Bárcenas a querer machacarle como fuera», dice un ex miembro del gobierno de Rajoy

Bárcenas era la persona que conocía todos los secretos sobre los ingresos inconfesables del partido y llevaba meses bajo el foco de la prensa. El 18 de enero de 2013 El Mundo publicó que dirigentes del PP cobraban sobresueldos en dinero negro del partido, en sobres que eran repartidos por el ex tesorero personalmente.  El 31 de enero El País publicó los llamados Papeles de Bárcenas, una copia de los apuntes que confeccionó durante años (entre 1990 y 2008) para llevar las cuentas de las empresas que aportaban dinero en negro para la financiación del partido. Aunque Bárcenas desmintió esas informaciones en un principio, las pruebas se iban acumulando contra él y, a pesar de sus esfuerzos, no hubo forma de llegar a ningún tipo de pacto que le salvase de ir a la trena.

Los artículos de Raúl del Pozo eran temidos en la cúpula del PP. El brillante columnista de El Mundo que bautizó a sus fuentes como «garganta de seda» y «el tercer hombre» era, en esos primeros meses de 2013, el único periodista que tenía acceso al círculo íntimo del super contable. El 17 de mayo publicó un artículo en el que dijo haber visto los «recibís» de altos cargos y ministros del PP por 25.000 euros cada uno. Bárcenas tenía la sensación de que le habían dejado tirado y no quería comerse el marrón en exclusiva e iba lanzando granadas de mano informativas como aterrador aviso a sus antiguos jefes.

Poco después de su ingreso en prisión, el 7 de julio de 2013, el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, publicó un largo relato bajo el título Cuatro horas con Bárcenas, en el que el ex tesorero le confesaba al periodista con detalle la operativa de la financiación irregular del PP y su intensa relación personal con Rajoy, a la sazón presidente del gobierno. La capacidad destructiva de Bárcenas se había puesto en marcha y en Génova y en Moncloa los nervios estaban a flor de piel.

Un día después de publicarse la exclusiva de Ramírez, el 8 de julio, los abogados Miguel Bajo y Alfonso García Trallero, que le habían recomendado mantenerse centrado en su defensa y no caer en la tentación de tirar de la manta, renunciaron a su defensa por “falta de confianza”. Bárcenas eligió para sustituirles al ex juez de la Audiencia Nacional Javier Gómez de Liaño. Otra noticia que inquietó en el entorno del presidente, porque su entrada en liza era la constatación del cambio radical de estrategia.

Un alto cargo del gobierno popular en aquellas fechas recuerda que en esos días la dirección del partido estaba obsesionada con Bárcenas: “Se pasó de no querer tocarle un pelo para que no hablara a querer machacarle por el medio que fuera”.

Arranca la ‘Operación Kitchen’

En ese contexto de máximo estrés se puso en marcha la llamada Operación Kitchen.

Según la información que obra en el sumario de esta pieza del caso Tándem, o caso Villarejo, el 13 de julio de 2013 a las 20.29 horas el entonces secretario de Estado de Interior, Francisco Martínez, recibió un mensaje en su móvil del ministro del Interior, Fernández Díaz:

-“Chofer B: Sergio Javier Ríos Esgueva (ahora hace esa función con su mujer).

Casi dos horas después (22,20), el ministro le remitió un nuevo mensaje a su número dos:

-“Es importante”.

Este es el primer indicio de la existencia de una operación que, según la Fiscalía, consistía básicamente en robarle a Bárcenas toda la información de la que dispusiera que afectara al PP o a Rajoy utilizando para ello medios materiales y humanos del Ministerio del Interior. Desde el pago con fondos reservados a confidentes, a la utilización de decenas de agentes de la UCAO (Unidad Central de Apoyo Operativo) en labores de seguimiento.

Sergio Javier Ríos, al que después el ex comisario Villarejo bautizaría como “el cocinero”, dando así nombre a una operación que nunca fue bautizada oficialmente, y siguiendo su tradición de poner motes a todo el mundo, era en ese momento chófer de Rosalía Iglesias, esposa de Bárcenas. Anteriormente fue chófer del ex tesorero. Pero antes de eso había trabajado para el consejero de Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid Francisco Granados. Como veremos después, ese dato es de gran relevancia.

El mensaje de Fernández Díaz no se entiende si previamente no hubiera existido una conversación sobre el asunto. Cosa que sucedió. Parece evidente que el ministro le había comunicado ya a su secretario de Estado que había alguien cercano a Bárcenas dispuesto a colaborar en la investigación paralela que se iba a poner en marcha. Por tanto, el sms que le remitió ese 13 de julio sólo tenía como fin darle a Martínez su nombre y su trabajo en ese momento.

Fernández Díaz era un hombre machacón. Cuando tenía algo entre manos no paraba de darle vueltas y, a veces, llegaba a ser agobiante. De ahí su insistencia a una hora un tanto intempestiva: “Es importante”.

Pero hay algo que llama aún más la atención. ¿Cómo se había enterado el ministro de que había un chófer que trabajaba para la mujer de Bárcenas y que estaba dispuesto a trabajar para la Policía como confidente?

Lo lógico es que ese dato le hubiera llegado al Director Adjunto Operativo (DAO) de la Policía, Eugenio Pino, de alguno de sus subordinados y que éste a su vez se lo hubiera transmitido a su jefe directo, el secretario de Estado. Pero, en este caso, fue al revés. Por tanto, alguien le debió contar al ministro del Interior que había una persona que trabajaba con la mujer de Bárcenas que estaba dispuesta a trabajar como confidente para la Policía.

Al día siguiente de que se produjera ese intercambio de mensajes, El Mundo publicó los famosos sms de Bárcenas con Rajoy. Aquellos en los que el presidente del Gobierno le decía ante sus quejas al dolido ex tesorero:

-“Luis. Lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo”.

Esos sms no sólo corroboraban que Bárcenas estaba dispuesto a utilizar toda la artillería a su disposición contra el presidente del Gobierno, sino que tenía material suficiente como para hundirle.

Aquello era un no parar. Cada día, un sobresalto. Y no es una exageración.

El 15 de julio, dos días después de que Fernández Díaz diera el pistoletazo de salida a la Operación Kitchen, Bárcenas declaró ante el juez Ruz y confesó durante horas toda la operativa que dio lugar a la existencia de esa contabilidad B y también de los pagos en efectivo que él mismo hizo a dirigentes del partido; entre ellos, al propio Rajoy.

El factor Villarejo

José Manuel Villarejo (El Carpio, Córdoba, 1951) era un policía especial. Durante muchos años (desde 1993 hasta su jubilación en 2017) compaginó su labor como policía con la asesoría en temas de seguridad para importantes empresas.

El comisario Villarejo siempre ha brujuleado entre los altos mandos de la Policía y mantuvo una relación privilegiada con los DAO de diversos gobiernos. Así se demuestra en la comida, convenientemente grabada por él, celebrada en el restaurante Rianxo en octubre de 2009 para celebrar la concesión de una medalla y en la que estuvieron presentes Fernández Chico (en esos momentos DAO), Gabriel Fuentes (ex comisario general de Información) y Enrique García Castaño (jefe de la UCAO, conocido como El Gordo), además del entonces juez Baltasar Garzón y de la fiscal Dolores Delgado.

Fue Juan Cotino el que introdujo a Villarejo en el círculo de personas de confianza de Fernández Díaz

En esas mismas fechas, como se puso de manifiesto en las conversaciones difundidas por Moncloa.com, Villarejo acababa de entrar en contacto con la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, gracias a su vieja amistad con su marido, Ignacio López del Hierro.

Villarejo, según las grabaciones que se han hecho públicas, que él hacía sin cortarse un pelo y, por supuesto, sin avisar a sus incautos interlocutores, hizo encargos puntuales para la secretaria general del PP (entre ellos, la elaboración de un dossier sobre su antecesor en el cargo, Javier Arenas). A pesar de esa estrecha relación con «la Cospe«, como la llamaba, hasta el verano de 2012 el comisario no logró una conexión directa con la cúpula de Interior.

El que le abrió las puertas del ministro a Villarejo no fue ningún cargo de su ministerio, ni un jefe policial de su recién nombrado equipo, sino Juan Cotino, ex director general de la Policía entre 1996 y 2002, en tiempos de Aznar. En el verano de 2012 Cotino era presidente de las Cortes Valencianas y aún su nombre no había sido manchado por la Gürtel.

Cotino sí conocía a Villarejo. El ministro del Interior, sin saber las trampas que pisaba, criticó la grabación de una conversación entre Villarejo y El Gordo con el entonces presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González.

El comisario, que nunca se sabía si actuaba como tal o como «agente encubierto», no podía dejar que el ministro le apuntara a él como responsable de un posible delito, así que descolgó el teléfono y llamó a su amigo Cotino. Y este, a su vez, al ministro Fernández Díaz, al que rogó que recibiera a Villarejo. El ministro delegó en su número dos. Así fue como, en el verano de 2012, un año antes de que se pusiera en marcha la Operación Kitchen, conoció a Francisco Martínez en un hotel de Madrid.

Un solucionador de problemas

Con su verborrea de hombre que conoce bien los bajos fondos, Villarejo logró hacerse escuchar en Interior. «De éste te puedes fiar», le había dicho Cotino a Fernández Díaz.

El comisario entró por la puerta grande y puso su ingenio al servicio de un ministro que quiso solucionar a su manera el conflicto con Cataluña. No es este el momento, pero no hay que pasar por alto, sobre todo para entender por qué logró engatusar a la cúpula de Interior, que fue Villarejo el que logró captar a la ex amante de Pujol Jr., Victoria Álvarez, una mujer que aportó información muy valiosa para destapar los trapos sucios de la familia del que fue durante décadas presidente de la Generalitat.

En 2013 Villarejo ya estaba en la cima de su poder, hasta que comenzaron los problemas con el director del CNI, Félix Sanz Roldán, otro asunto que merece capítulo aparte.

El caso es que el comisario hacía trabajos especiales para la secretaria general del PP al tiempo que ya se había convertido en pieza clave del Ministerio del Interior cuando Bárcenas comenzó a disparar a la cabeza de Rajoy.

La pregunta clave que tendrá que responder el ex ministro del Interior es quién le dio a él el nombre de Sergio Ríos

Villarejo y su entonces amigo García Castaño (El Gordo) sabían que el ministro, amigo personal de Rajoy -al que el comisario llamaba El Asturiano-, estaba dispuesto a hacer todo lo que hiciera falta para pararle los pies a Bárcenas. Había que hacer algo sin reparar en medios. Y en esto apareció el chófer; o sea, El Cocinero.

La cuestión es ¿quién le captó? El mismo Sergio Ríos confesó ante el juez que quien le ofreció trabajar como confidente para la Policía fue el comisario Andrés Gómez Gordo (no confundir con el Gordo), con quien coincidió en los tiempos en los que ambos trabajaban para Granados.

Pero en 2013 Gómez Gordo trabajaba como asesor de seguridad de Cospedal, presidenta de Castilla-La Mancha, cargo que simultaneaba con el de secretaria general del PP. Así que es más que probable que fuera Gómez Gordo quien le hablara a Cospedal de la existencia de un chófer que trabajaba para la mujer de Bárcenas y que estaba dispuesto a convertirse en confidente. Conociendo la animadversión que se tenían Cospedal y el ex tesorero, es fácil imaginar cuál fue su reacción al recibir la noticia.

Ahora bien, ¿cómo llega esa información a oídos del ministro del Interior? ¿Tal vez Cospedal se lo dijo a Fernández Díaz? Es posible, pero poco probable. La relación entre ambos no era mala, pero tampoco de confianza.

No olvidemos que se trataba de un asunto muy delicado del que sólo estaba al tanto el titular de Interior. Con quien sí tenía confianza la secretaria general del PP era con el propio Rajoy, que la había puesto al frente del partido para disgusto de la vieja guardia, capitaneada por Arenas y Álvarez Cascos.

La información, por tanto, pudo pasar de Gómez Gordo a Cospedal y de ésta a Rajoy, quien a su vez se la trasladó al ministro del Interior.

Es una hipótesis, claro, pero es a lo que apuntan los fiscales cuando piden la imputación de la ex secretaria general del PP.

Tanto el testimonio de Martínez como, sobre todo, el de Fernández Díaz ayudarán a saber toda la verdad sobre un caso que merece ser catalogado como un fiasco sin precedentes.

Al final, fue el propio García Castaño el que entró en el estudio de la mujer de Bárcenas pensando que allí se encontrarían las grabaciones de Bárcenas que podrían dinamitar al gobierno de Rajoy.

Pero esas grabaciones nunca han aparecido. El Gordo ha fanfarroneado con ellas, incluso habla de ellas en alguna conversación con el secretario de Estado, pero ¿dónde están? Desde luego, no en Interior. Si existen, las debe seguir teniendo Bárcenas a buen recaudo.

Lo único que se sacó de la Kitchen fueron los volcados de los teléfonos móviles de Rosalía, que Sergio Ríos le quitó en un descuido. ¿Qué había en esos móviles? Los mensajes entre Rajoy y Bárcenas ¡¡que ya El Mundo había publicado en su primera página!!

Pepe Gotera y Otilio no lo hubieran hecho peor. Eso sí, el destrozo provocado es tal a que a Casado le va a costar mucho pasar esta vergonzosa página.