El Brexit, en manos del incendiario Boris Johnson, amenaza con enredar a Su Majestad, que ha sido garante de la estabilidad británica y se ha mantenido neutral durante los 67 años de su reinado. Esta semana el primer ministro conservador ha solicitado a la Reina que suspendiera temporalmente las sesiones del Parlamento británico cuando apenas faltan dos meses para que se ejecute el Brexit. La Reina ha dado su visto bueno a una medida que ha enfurecido a los diputados que se oponen a una salida sin acuerdo.

La soberana no tenía margen de acción, pero su nombre se ha visto implicado en este enrevesado proceso que está dividiendo a la sociedad británica y que amenaza con dejar en trizas el Reino Unido.

Muchas decisiones en el Reino Unido se adoptan «en nombre de la Corona» si bien la reina tiene un papel simbólico. Es la llamada «prerrogativa regia», el teórico poder político que le queda a la soberana, que ejerce a través del gobierno desde el siglo XVII.

Los medios británicos llevan mirando con lupa cualquier gesto de la Reina sobre el Brexit. Nunca se ha manifestado sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea, ni debe hacerlo.

La Reina lleva décadas cumpliendo con su papel de forma impecable. Empezó en el cargo cuando Winston Churchill era primer ministro y Boris Johnson es el décimocuarto  a quien ve jurar el cargo.

Cuando se requiere su intervención, como ha sido este caso, la Reina se reúne con su Consejo Real (Privy Council), del que forma parte el brexiter Jacob Rees-Mogg, y actúa según sus recomendaciones.

La Corona británica, que representa al Soberano y al Gobierno, es el símbolo del poder ejecutivo supremo. Es la Reina quien tiene la Corona, pero son los ministros los que ejercen sus funciones y responden ante el Parlamento. La Reina ha de seguir las indicaciones del Gobierno y preservar su neutralidad. Isabel II ha sido ejemplar.

La solicitud de Boris Johnson es legal, ya que el Parlamento normalmente interrumpe sus sesiones antes del discurso de la Reina, que lee el programa de gobierno elaborado por el gobierno. Pero el Reino Unido vive un momento excepcional, con el Brexit en puertas.

El 31 de octubre es la fecha límite para la salida del Reino Unido de la Unión Europea y el riesgo de una salida sin acuerdo es cada día que pasa mayor.  Más aún si los parlamentarios, divididos, han de ir a toda prisa para buscar cómo evitar el abismo. Boris Johnson, al asumir como primer ministro, aseguró que el Reino Unido saldría de la UE el 31 de octubre «sí o sí».

Debido a la crisis provocada por el Brexit el Parlamento no había cerrado temporalmente (prorrogate, en inglés) desde junio de 2017. Llevaba más tiempo sin esta suspensión que nunca antes en 400 años. Sin embargo, lo que ha provocado indignación es la duración de esta suspensión: del 10 de septiembre al 14 de octubre, cuando la Reina inaugurará el nuevo periodo de sesiones.

Es el cierre más largo desde la Segunda Guerra Mundial. El presidente del Parlamento (speaker), John Bercow, calificó esta prolongada suspensión de las sesiones como «un ultraje constitucional».

Prueba de que Boris Johnson ha colocado a la Reina en una difícil situación es cómo muchos manifestantes se dirigieron este sábado hacia Buckingham Palace en su demanda de «parar el golpe» (stop the coup), asestado a su juicio por el primer ministro al cerrar temporalmente el Parlamento. Muchos más se plantaron en las inmediaciones del 10 de Downing Street.

La Reina ha de seguir las indicaciones del Gobierno y preservar su neutralidad. Isabel II ha sido ejemplar. Quien haya visto The Crown puede hacerse a la idea de los equilibrios que ha de realizar la soberana para tratar a primeros ministros de diferentes ideologías y en momentos complicados.

En sus 67 años de reinado ha conocido 14 primeros ministros. El primero fue Winston Churchill y de momento el último es Boris Johnson. Solo dos han sido mujeres, y las dos conservadoras: Margaret Thatcher y Theresa May.

Isabel Alejandra María Windsor (Londres, 1926) no nació como heredera del trono, ya que su padre era duque de York, hermano de Eduardo VIII. Sin embargo, su renuncia para casarse con la divorciada Wallis Simpson llevó a su padre a la Corona como Jorge VI en 1936.

A su muerte, por un cáncer pulmonar a principios de 1952, Isabel ascendió al trono. Lleva más años que ningún otro monarca en el trono británico y en el mundo. Superó hace tiempo a su tatarabuela, la reina Victoria, que llegó a los 63 años y 216 días.

Discreción absoluta

En una entrevista con la BBC, la reina habla sobre cómo es la corona, «muy pesada», y cómo obliga a llevar la cabeza alta y leer con la mirada al frente para que no se caiga. «Es muy importante lo que representa», apunta.

Rarísima vez hace declaraciones sobre la situación política y, en todo caso, son muy genéricas. En los medios británicos se hicieron eco de su disgusto por la crisis en que degeneró el referéndum del Brexit del 23 de junio de 2016.

Después de la renuncia de David Cameron como primer ministro, en julio de 2016, fuentes cercanas a su entorno revelaron a The Sunday Times que Isabel II estaba realmente «consternada». Habría mostrado «su decepción con la clase política y su incapacidad para gobernar correctamente».

Justo después del referéndum del 23 de junio de 2016, la reina visitó Irlanda del Norte. Al encontrarse con el viceprimer ministro norirlandés de entonces, Martin McGuinness, respondió con gran sentido del humor a su saludo: «Aún estoy viva». Y añadió que había estado muy ocupada porque habían pasado «muchas cosas». En abril de 2016 había cumplido 90 años.

Martin McGuinnes, que fue destacado dirigente del IRA y firmante de los Acuerdos de Viernes Santo con el unionista Ian Paesley, murió en marzo de 2017, antes de cumplir los 67 años.

Durante la campaña del Brexit estalló un escándalo cuando The Sun publicó que la reina apoyaba la salida de la UE. La deducción se basaba en un comentario de Isabel II: la reina habría dicho que no entendía a Europa. El Palacio de Buckingham desmintió categóricamente que la reina apoyara o rechazara el Brexit.

Cuando la Reina da su discurso de apertura del Parlamento, se observa cada detalle en busca de una señal política. Si va de azul, hay quienes aseguran que es una señal de europeísmo, por ejemplo. No deja de ser especulación.

En enero de 2019, en vísperas de una de las primeras votaciones sobre el Acuerdo de Salida, la Reina dio un discurso con motivo del centenario del Instituto de la Mujer que fue analizado con detalle como un mensaje a los parlamentarios.

Isabel II, presidenta de esta red de asociaciones locales femeninas, llamó a encontrar «un camino común» y a «respetar los diferentes puntos de vista». A su vez, recomendó no perder nunca de vista «el interés general», según informó Efe.

“Al buscar nuevas respuestas en la era moderna, yo personalmente prefiero las recetas probadas y comprobadas, como hablar bien de los demás y respetar los diferentes puntos de vista, unirse para encontrar el terreno común y nunca perder de vista el objetivo general”. Y añadió: “Para mí, estos enfoques son intemporales y se los recomiendo a todos el mundo”.

Más complicaciones

En esta ocasión, los expertos en monarquía británica han coincidido en que la reina poco podía hacer para impedir lo que solicitaba el primer ministro, si bien es cierto que el líder laborista, Jeremy Corbyn, solicitó audiencia, aunque demasiado tarde para reaccionar.

El cierre temporal se está cuestionando en tres instancias judiciales: en Edimburgo, donde se ha descartado la suspensión cautelar pero el juez Lord Doherty decide el martes 3 de septiembre sobre la medida en sí; en Belfast, donde se plantea a la justicia si esta limitación en las sesiones pone en riesgo los Acuerdos de Viernes Santo, con los que se logró la paz en Irlanda del Norte; y en Londres, en una causa que ha promovido la activista Gina Miller.

A esta causa se ha sumado el ex primer ministro conservador John Major. Resulta insólito que un ex jefe de gobierno conservador actúe en los tribunales contra una decisión política de un sucesor suyo en el 10 de Downing Street. Pero el Brexit está cambiando el Reino Unido radicalmente.

El papel de la Reina es representativo, simbólico, si bien tiene una gran fuerza. No ha sido elegida, de modo que en una monarquía constitucional es el gobierno fruto de unas elecciones democráticas el que ha de ejercer el poder ejecutivo.

Sin embargo, en el caso de Boris Johnson se da una circunstancia también excepcional. A Boris Johnson solo le han elegido 92.153 militantes conservadores, es decir, el 0,3% de los 66 millones de británicos. Ganó el liderazgo del Partido Conservador, tras la renuncia de Theresa May como primera ministra. Primero se impuso claramente en la votación entre los diputados y luego más del 66% de los militantes tories le dieron su apoyo. Pero no ha llegado al 10 de Downing Street tras pasar por las urnas.

Poco le importa a Boris Johnson para llevar a cabo el Brexit caiga quien caiga. De ahí que esta cuestión sobre la suspensión temporal es un problema menor en lo que concierne a la Reina, si lo comparamos a lo que puede enfrentarse si los acontecimientos derivan en una moción de censura.

Los parlamentarios británicos contrarios a una salida sin acuerdo están muy irritados con la jugada de Boris Johnson, que tiene el sello de su asesor Dominic Cummings, un auténtico Rasputín que llevó a la campaña del Brexit al triunfo con su archicacareado «Take back control«. Van a intentar promover algún tipo de norma para evitarlo. Pero si no lo consiguen sería posible que plantearan una moción de censura.

Solo lo harían si no ven otra salida porque a los conservadores rebeldes no les hace ninguna gracia apoyar al laborista Corbyn aunque fuera para un gobierno interino que evite el abismo y convoque elecciones. No terminan de fiarse. Si finalmente hubiera apoyos suficientes y la moción saliera adelante, habría un plazo de 14 días para formar un nuevo gobierno.

Lo que muchos analistas temen que sea el plan de Johnson es mantenerse como primer ministro, incluso tras haber perdido la moción. Así seguiría hasta que se consumara la salida de la UE el 31 de octubre y luego convocaría elecciones. Cummings las planteará como una batalla entre Boris, el pueblo, y los parlamentarios.

Es un plan endiablado que solo podría parar la Reina. En principio, aunque no es la costumbre, Johnson podría seguir al frente del gobierno incluso tras perder la moción. Ahí sí podría intervenir la monarca a petición de los parlamentarios que elevarían una «humilde súplica».

Isabel II solo ha destituido a un primer ministro, Anthony Eden, en 1957 por su nefasto papel en la crisis del Canal de Suez. Designó a Harold MacMillan en su lugar.

Si Boris Johnson llegara hasta este extremo, desencadenaría la crisis constitucional más grave desde el siglo XVII, según recordaba estos días el político conservador británico Malcolm Rifkind.

En las monarquías constitucionales, como la británica o la española, el papel del rey o reina es muy limitado. Su margen de maniobra cuando hay crisis políticas es escaso, como vemos en España con las negociaciones para formar gobierno. La monarquía belga cuenta con más atribuciones, lo que se hace necesario debido a la composición del país de los belgas.

Es muy diferente de la acción que puede llevar a cabo un presidente de la República, como sucede en Italia, aunque tampoco es elegido directamente por los ciudadanos. En la crisis política que vive el país transalpino Sergio Mattarella actúa como guardián de la democracia y tiene la última palabra sobre la estabilidad de un eventual gobierno o la necesidad de convocar elecciones.

El papel de la Reina es representativo pero aun así Isabel II es extraordinariamente popular. Según un sondeo de 2018, realizado por edades, entre los 18 y 24 años apoya a Isabel II el 57%, y este respaldo va creciendo hasta llegar al 77% entre los mayores de 55 años. Los republicanos argumentan que no sirve para nada, pero los numerosos monárquicos ven a la Reina como la cabeza de la familia británica.

Como una reminiscencia de otra época la Reina cuenta con algunos poderes insólitos, según el blog Travel and Leisure: es propietaria de una gran cantidad de cisnes en el Támesis (eran un manjar en otras épocas para los banquetes) y también es dueña de las ballenas y delfines en sus dominios.

No está obligada a obtener la licencia de conducir, aunque Isabel II conduce, especialmente por el campo porque le encanta ir a los establos a ver a sus caballos. Tampoco tiene pasaporte, ya que se expiden en su nombre. Además, tiene derecho a un poeta personal, no está obligada a pagar impuestos y dispone de caballeros a sus órdenes.

Y celebra su cumpleaños dos veces: su antepasado Jorge II, a mediados del siglo XVIII, así lo estipuló porque temía que no hiciera buen tiempo en su aniversario, así que lo festejaba a finales de la primavera.