Sociedad CRISIS DEL CORONAVIRUS

“Te das cuenta de que cuando pasa algo así tienes que tener un equipazo detrás”

El personal de servicios auxiliares de las residencias, con menos protagonismo que otros colectivos, ha sido esencial en la batalla para proteger a los ancianos, los más vulnerables ante la Covid-19

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“Te das cuenta de que cuando pasa algo así tienes que tener un equipazo detrás”

El personal de servicios auxiliares de las residencias al pie del cañón. CLECE

Resumen:

Una trabajadora de limpieza, una cocinera, personal de servicios auxiliares… miles de personas que trabajan codo a codo con el personal de cuidado de los mayores en las residencias, son profesionales que llevan desde principios de marzo ofreciendo el mejor servicio a los más vulnerables.

«Esto ha sido muy duro, al principio no pensábamos que iba a ser así. Hemos pasado semanas sin dormir, haciendo protocolos, cuadrantes y formando al personal». Lo cuenta Belinda, directora de la residencia riojana El Sol, una de las 66 residencias que gestiona Clece, filial de ACS, en toda España. La batalla oficial contra el virus comenzó el domingo, 15 de marzo, un día después de declararse el estado de alarma en España pero en las residencias de Clece había empezado días antes «La empresa había enviado material de protección y nos había proporcionado mucha información pero veíamos con temor lo que se nos venía encima», recuerda. “Nuestro centro es de grandes dependientes. Teníamos miedo de que entrara el virus porque nuestros residentes tienen patologías muy severas».

Ese lunes, la residencia amaneció sectorizada y con despliegue de material sanitario: batas reutilizables e impermeables, mascarillas, guantes y un área de enfermería en alerta ante cualquier incidente. Cada área de la plantilla empezó a trabajar blindada en su módulo. En El Sol trabajan más de 80 empleados y era muy importante que ninguno de ellos se contagiara para evitar que el virus entrase en el centro. Se organizaron los turnos para no hacer coincidir a los trabajadores a la hora de entrar. Al llegar a la residencia, cada uno se dirigía al vestuario de su módulo para ponerse el EPI  (Equipos de Protección Individual), y ya no salía de su sector hasta que terminase la jornada. «Con ello evitamos el contacto entre compañeros de diferentes áreas», detalla Belinda.

Otra clave del éxito de El Sol fue su organización con los ancianos. A los más vulnerables se les mantuvo aislados en sus habitaciones. El resto podía estar en los salones y comer en los comedores, manteniendo la rigurosa distancia de seguridad y las medidas de protección.

Un sector «al pie del cañón»

La profesionalidad de todos los trabajadores ha sido crucial en el engranaje de las residencias para afrontar la alerta sanitaria. Belinda está especialmente orgullosa de todos ellos: «Hemos estado al pie del cañón. Me quedo con la fuerza y la implicación de la plantilla. Los trabajadores han mostrado un compromiso increíble, han alargado sus turnos cuando ha sido necesario y han cumplido los protocolos al cien por cien. Todos se han protegido con los EPIs en todo momento y han respetado la distancia de seguridad. Han asumido de forma ejemplar todo el sacrificio que conlleva esta situación».

Lidia Sánchez es una de esas profesionales que ha batallado en todo momento. Ella es una trabajadora con discapacidad que forma parte del servicio de limpieza de El Sol. Recuerda los primeros días de «nervios» y el cuidado que se ha tenido en todo momento para prevenir la enfermedad. Armada con sus guantes y mascarilla, Lidia ha desinfectado junto a sus compañeras cada rincón El Sol y ha cumplido a pies juntillas con el protocolo que estableció la jefa del servicio.

No tener positivos demuestra lo bien que hemos trabajado»

Lidia Sánchez, empleada de limpieza en El Sol

«Te das cuenta de que cuando pasa algo así tienes que tener un equipazo detrás y una dirección muy buena. Hablo por mí, se han portado muy bien. Me quedo con que no ha habido ningún positivo. Yo creo que eso refleja lo bien que lo hemos hecho», cuenta. La limpieza, tan valorada en estos tiempos en el mundo hospitalario, es igual de crítica y difícil en las residencias.

Todo se ha vuelto más complejo, pero el empeño del personal de residencias ha conseguido hacer más fácil lo imposible. Los servicios de cocina, por ejemplo, se han complicado mucho por las medidas de aislamiento e higiene. Pero han cumplido su trabajo mostrando una enorme profesionalidad y compromiso. Prueba de ello es Yeimi, ayudante de cocina en la residencia Altos de Parquesol, en Valladolid, otra de las residencias gestionadas por Clece.

Yeimi llegó a España desde Colombia en 2001. Trabajó en distintos puestos hasta que, a través de un programa de empleo promovido por la Junta de Servicios Sociales de Castilla y León para personas en riesgo de exclusión social, comenzó a trabajar en Altos de Parquesol con un contrato de seis meses. Gracias a su buen hacer, Clece decidió prolongar el contrato una vez concluido el programa.

En su residencia tampoco ha habido ningún caso. Yeimi relata así las medidas que se tomaron desde el primer momento: «Se organizó todo para no dejar entrar a nadie que no fuera de la plantilla. Se desinfectaron las puertas con lejía. En los baños se pusieron geles hidroalcohólicos. Y a nosotros nos facilitaron mascarillas y guantes».

Yeimi empieza a su turno a las 13 horas. En Altos de Parquesol también se tomó la decisión de sectorizar y aislar a los ancianos para reducir al máximo los contactos. El trabajo de Yeimi ha consistido en preparar los carros con las mesas y la comida para los mayores, lavando y desinfectando todo de forma casi obsesiva. De hecho, la trabajadora explica que pasa dos veces por el lavavajillas cada cubierto y plato utilizado.

Durante la pandemia, Yeimi se ha dado cuenta de que sus compañeros «se han convertido en una familia»

Para evitar los contactos entre empleados y residentes, Yeimi llevaba los carros de comida hasta el ascensor. Luego, sus compañeros encargados de atender directamente a los ancianos recogían los carros y servían las comidas a los residentes. Después, el mismo proceso, pero a la inversa: los carritos vacíos bajaban en ascensor y Yeimi esperaba para recogerlos, limpiarlos y desinfectarlos.

«Al principio estaba siempre con nervios. Para mí era horroroso, incluso escuchar a alguien toser», admite. “Pero luego veías cómo se comportaban todos los compañeros, veías las jornadas interminables que hacían la directora o la psicóloga y eso te daba confianza”. Todas estas semanas le han servido para darse cuenta de una cosa: «Los trabajadores de aquí somos ya una familia».