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'Jurassic Park: Dominion': entre lo mejor y lo peor de la saga

Jurassic Park Dominion

Cuando en el 1993 Steven Spielberg lanzó «Jurassic Park«, las imágenes por ordenador –las CGI o Computer Generated Images, por usar un jerga del mundillo audiovisual– eran relativamente nuevas y el espectador no estaba acostumbrado a ver en las pantallas recreaciones increíblemente fidedignas de criaturas que no existen en la realidad. «Jurassic Park» consiguió introducirlas de manera bastante creíble y, aunque la película se hizo sobre todo con grandes maquetas, la ayuda de los ordenadores permitió que el film se revirtiera de un realismo visualmente deslumbrante. Aquella mítica escena del ataque del Tiranosaurio Rex resultó tan viva, impresionante y escalofriante que muchos en el cine no pudieron evitar soltar un chillido de miedo.

Pero «Jurassic Park» no sólo funcionó por las escenas de acción, la adrenalina y las dosis ingentes de aventura. La película se convirtió enseguida en un mito del cine por el guion (bien trabado), las imágenes de dinosaurios pastando alegremente por los valles (¿a quién no le gustan los dinosaurios?), la banda sonora (John Williams demostrando por qué es un genio), un reto científico (¿se podría hacer realmente lo que propone la película?) y una discusión filosófica de fondo (¿sería ético hacerlo?). «Jurassic Park» fue tal fenómeno que despertó vocaciones científicas, incitó un interés inaudito por la paleontología y fomentó teorías para todos los gustos sobre cómo hacer realidad lo que planteaba la película.

En «Jurassic Park: Dominion«, la sexta película de la saga, no hay nada de eso. No hay nada de la originalidad, ni de la profundidad, ni de la reflexión de la primera película. Tampoco de la capacidad de asombro. Hay, eso sí, dinosaurios a raudales –y, gracias a las últimas tecnologías, increíblemente bien logrados–, pero ya no sorprenden.

Saturación de imágenes

Cuenta la leyenda urbana –o no tan leyenda–, que mientras Spielberg rodaba «Tiburón» exigió que el inmenso depredador marino no surgiese en la película hasta pasado un buen rato. Había que crear miedo y suspense poco a poco, ir generando un caldo de cultivo que llegase al «momentum», ese instante en que los nervios afloran súbitamente y los gritos se desatan. Los productores se llevaron las manos a la cabeza por semejante propuesta, pero Spielberg estaba en lo cierto: «Tiburón» es una obra de arte en la gestión del tiempo. «Jurassic Park: Dominion» peca de lo contrario: satura desde las primeras imágenes y, a pesar de la espectacularidad visual, deja al espectador con un insatisfactorio sabor de boca. La película no permite ser saboreada; simplemente, empacha.

Hay que decir en su defensa que no era fácil hacer otra obra de referencia. Ni siquiera el mismísimo Spielberg cuando, cuatro años después, se puso manos a la obra con la segunda película de la saga («El mundo perdido«) logró estar a la altura de la primera, aunque al menos creó un producto interesante. Visualmente, era mucho más impactante (la tecnología CGI ya era lo suficientemente potente como para crear algo sensacional), pero el guion ya flaqueaba. Tan sólo la brillante interpretación de Jeff Goldblum como el doctor Ian Malcolm, matemático y especialista en la teoría del caos, logró sacar a flote el proyecto.

Al menos, «El mundo perdido» se podía leer como una crítica despiadada del capitalismo agresivo y depredador. «Dominion«, aunque intenta trasladar un mensaje moralizante sobre el ecologismo, no logra salir de la sensación de sermón cansino.

Una secuela forzada

La película hay que verla como una continuación de «Jurassic World: el reino caído» (2018), dirigida por J. A. Bayona y producida por Spielberg. Muy resumidamente (y sin demasiados spoilers), la película va de que los dinosaurios de la isla Nublar están en peligro a causa de un volcán. El doctor Ian Malcolm debate sobre el hecho de que los dinosaurios deban extinguirse de nuevo, pero Claire Dearing, la ex gerente de operaciones de Jurassic World, ha creado un Grupo de Protección de Dinosaurios, y decide hacer justicia al nombre. Así que monta un equipo de rescate que viaja hasta la isla para proteger a los dinosaurios que quedan antes de que se extingan. Y hasta aquí podemos leer. Les adelantamos, eso sí, que en la trama hay varios giros interesantes (con mercenarios agresivos y empresarios sin escrúpulos, entre otros). También les adelantamos quela isla finalmente es destruída. Y lo hacemos por que así comienza «Dominion«: cuatro años después de que Nublar fuese destruída, los dinosaurios ahora viven junto con humanos en todo el planeta.

La cohabitación, todo hay que decirlo, no es en absoluto sencilla, como podrán haber intuido. No hay nada como poner a depredadores juntos para que aquello acabe mal. En la película hay momentos divertidos, como cuando una pareja libera palomas en su boda y éstas son inmediatamente comidas por un pterodáctilo. También salen niños corriendo por la playa y supuestamente jugando con bebés dinosaurio. Pero los guiños simpáticos e inocentes acaban aquí. De hecho, la película plantea una pregunta que, si el guion estuviera mejor, sería interesante: ¿quiénes son más depredadores, los humanos o los dinosaurios? ¿Provocarán los humanos una segunda extinción de dinosaurios?

Hay una segunda pregunta interesante respecto a la clonación y la alteración de ADN. Quienes hayan visto «El reino caído» sabrán que había un personaje, Maisie, que era la nieta de Benjamin Lockwood, aunque en realidad su biografía daba para más: Maisie había sido clonada, lo que significa que su ADN tiene pistas más que interesantes sobre cómo generar una nueva raza de humanos.

Hacemos público este punto porque, en «Dominion«, Maisie tiene un protagonismo esencial. De hecho, junto con los dinosaurios, ella se lleva la mayoría de las secuencias: habrá quien quiera secuestrarla y, por supuesto, habrá que ir a rescatarla. Esta historia podría haber dado mucho más de sí, aunque desgraciadamente no lo consigue.

Es la tónica de la película: algunas buenas ideas, pero sin el desarrollo suficiente. Una lástima porque la saga se merecía algo mejor.

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