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Ivana Trump, la mujer que creó a Donald

Ivan Trump hablando frente a la prensa con un vestido rojo con escote

Europa Press

Nadie se lo esperaba. Cuando ayer jueves por la noche (hora española), el expresidente Donald Trump anunció la muerte de su primera esposa, Ivana Trump, de 73 años, la noticia cogió a todos por sorpresa. Aún no se ha hecho pública la causa del a muerte –tan solo sabemos que murió en su apartamento de Nueva York–, aunque todo parece apuntar a un ataque al corazón.

Ivana Trump llevaba un tiempo fuera de los focos de la prensa, pero no hay duda de que toda su vida fue una estrella. Hay quien dice que en los ochenta y a principios de los noventa, cuando el matrimonio dominaba la escena neoyorquina, ella llegó a brillar más que Donald y, sin duda, fue ella la que más hizo porque él triunfara. Sin ella –su capacidad para crearse una marca propia, para encandilar a los medios y salir siempre bien representada en las revistas– él no hubiera llegado donde llegó. Ella fue la mujer que creó a Donald Trump.

Ivana Trump nació en la Checoslovaquia comunista

Si algo caracterizaba a Ivana Trump, desde luego, era su capacidad de trabajar duro y de fijarse objetivos ambiciosos. Ya de muy pequeña, en su Checoslovaquia natal (nació en la ciudad de Zlin el 20 de febrero de 1949), Ivana –entonces Ivana Zelnickova– demostró una fuerza de voluntad fuera de lo común. A los cuatro años ya esquiaba a la perfección y su padre, Milos, un ingeniero electrónico con el que siempre estaría muy unida, la animó para que se hiciera atleta olímpica.

Aquellos eran los tiempos en que la entonces Checoslovaquia vivía bajo el yugo del comunismo y conseguir ser miembro de un equipo olímpico era una de las pocas vías en que se podía salir al extranjero. Ivana siempre recordaría que una de sus primeras sorpresas cuando viajó fuera fue descubrir que las tiendas de comestibles tenían muchos y variados alimentos.

Se casó por primera vez con un austríaco para librarse del comunismo

Seguramente fue la experiencia de saber que había un mundo muy amplio y lleno de oportunidades que movió a Ivana Trump a dar un paso algo arriesgado. Se casó con Alfred Winklmayr, un entrenador de esquí austríaco, tan sólo para conseguir salir del país legalmente. Al cabo de un año se divorciaría, pero para entonces ya estaba fuera de Checoslovaquia. Estuvo dos años viviendo en Montreal: allí aprendió a hablar inglés a través de clases nocturnas que impartía la universidad de McGill y también comenzó a posar como modelo.

Fue precisamente con un grupo de amigas modelos que había conocido en la agencia que la representaba que Ivana viajó en 1976 a Nueva York. Una noche salieron a cenar y tomar unas copas en un bar de moda de Manhattan. En principio no les iban a dar una mesa, pero todo se arregló cuando intervino un joven estadounidense que empezaba a hacerse un nombre como constructor. Su nombre era Donald Trump.

La pareja más famosa de Nueva York

Lo suyo no fue un flechazo, pero Donald le pidió el teléfono y comenzaron a salir. Se casarían un año más tarde, en abril de 1977. Aquellos eran los años de Studio 21 y de pelos cardados imposibles. También eran los años de emprendedores que querían triunfar a lo grande. Los Trump, Ivana y Donald, empezaron a representar mejor que nadie ese ideal neoyorquino de profesionales que levantan un imperio mientras disfrutan de una increíble vida social.

Poco a poco, su cara se fue convirtiendo en una apuesta segura en las revistas de cotilleo. Al cabo de unos años, tanto Donald como Ivana Trump estaban en todas partes, de las portadas de publicaciones financieras a los interiores de los mejores semanarios de decoración. Ella siempre iba impecablemente vestida; él parecía el nuevo rey Midas. Juntos consiguieron éxitos indudables: construyeron la Trump Tower en la Quinta Avenida de Nueva York, renovaron el Grand Hyatt Hotel de Nueva York y comenzaron a crear casinos gigantescos en Atlantic City, en el estado de New Jersey. La marca Trump como sinónimo de éxito en los negocios de la que, años más tarde, Donald tanto presumiría en su campaña electoral a la presidencia se gestó por entonces.

Parecía que la vida les sonreía. En aquel momento, eran considerados uno de los matrimonios más ricos de Nueva York y también uno de los mejor compenetrados profesionalmente. Él tenía las ideas; ella se puso a gestionar casinos y luego dirigió hoteles. Ivana Trump destacó como una mujer de mucho carácter, quizás demasiado exigente, pero con una ética profesional hercúlea. En sus apariciones públicas, siguió luciendo trajes de diseñador y joyas espectaculares. Siempre con una sonrisa radiante y el pelo perfectamente peinado. Con su acento extranjero que nunca la abandonó, su carisma era impactante. Sin ella, Donald hubiese sido un parvenu más; gracias a ella y a su imagen glamurosa, logró saltar a la palestra de la prensa y la televisión.

Una vida supuestamente perfecta

El matrimonio tuvo tres hijos: Don Jr. (1977), Ivanka (1981) y Eric (1984). Juntos comenzaron a vivir en un ático en la Trump Tower decorado con tanto dorado, estuco policromado y boato vario que alguna estancia parecía una versión en miniatura de Versalles pero con vistas espectaculares a Central Park. Las vacaciones las pasaban en Mar-a-Lago, la fastuosa mansión en Florida que parecía un palacio de verano de la realeza. Para ir de un lado a otro tenían su propio avión privado (en realidad, llegaron a tener una compañía entera propia) y sus propios helicópteros. Una vez en Florida podían disfrutar unos días en su gigantesco yate, uno de los mayores del mundo. Para los Trump, desde luego, lo de la humildad y la discreción no parecía ir con ellos. Todo era superlativo, lo mejor y más grande y más llamativo. Una vez, Ivana Trump proclamó orgullosa que, en el futuro, ellos iban a ser «los Rockefellers«.

Obviamente, y como en todo cuento de hadas, llegó un día en que el hechizo se rompió y la tragedia llamó a la puerta. Desde hacía tiempo corría el rumor de que Donald Trump tenía de amante a una tal Marla Maples, una actriz y modelo en ciernes. En unas vacaciones familiares en la estación de esquí de Aspen, en Colorado, se les vio juntos. Los fotógrafos se pusieron las botas a partir de entonces.

El divorcio del siglo

Lo que siguió fue considerado por algunos como el divorcio del siglo, a la altura del de Elizabeth Taylor y Richard Burton. De tantos fotógrafos que había a las puertas de los juzgados, Ivana Trump tuvo serias dificultades para salir del coche que la llevaba y llegar a la puerta. Cada día durante semanas, los tabloides de Nueva York –y la practica totalidad del resto del país– llevaban en portada noticias sensacionalistas de los Trump y su ruptura. Incluso las cadenas serias hicieron programas especiales. Así de famosos eran.

Ivana Trump logró un acuerdo de divorcio más que beneficioso y, lejos de presentarse ante la opinión pública como una mujer despechada, demostró que tenía un dominio total de los medios y logró que la opinión pública se aliara con ella. Dio entrevistas sentidas a Barbara Walters, apareció en algunos medios destacados e incluso años más tarde llegó a publicar libros sobre sus vivencias. Uno de ellos, The Best is Yet to Come: Coping with Divorce and Enjoying Lofe Again, llegó a convertirse en superventas.

Mientras tanto, su exmarido lo perdía casi todo y estuvo a punto de acabar en la más abyecta ruina (en los noventa estaba casi arruinado). El negocio de los casinos colapsó y el resto de negocios tampoco es que le fueran del todo bien. Con el tiempo, sin embargo, logró reponerse y recuperó su fortuna. También aprovechó el tirón mediático que había conseguido en sus años con Ivana para despegar en televisión: fue entonces cuando dio forma a The Apprentice, un programa de gran éxito, que lo hizo increíblemente popular entre las generaciones más jóvenes.

Ivana Trump también demostró que estaba hecha de hierro por dentro y no se rindió. Siguió con sus negocios (creó su propia marca de cosmética y de joyería, apareció en el Teletienda estadounidense, hizo inversiones inmobiliarias en Europa) y rehizo su vida. Tuvo una relación muy larga con el conde italiano Roffredo Gaetani del’Aquila d’Aragona Lovatelli y, después de que éste muriera, en 2005, comenzó una relación con el modelo también italiano Rossano Rubicondi. Cuando se casaron, en abril del 2008, ella tenía 59 años y él, 36. Para demostrar que por entonces la relación con su exmarido Donald Trump se había arreglado bastante, él le dejó usar Mar-a-Lago para la boda.

En los últimos años, de hecho, Ivana y Donald habían conseguido llevarse tan bien que hablaban incluso varias veces por semana. Ella fue una de sus máximas defensoras cuando él se presentó a las elecciones presidenciales e incluso se rumorea que fue ella quien lo animó a usar Twitter para promocionarse. Hasta dio entrevistas por televisión donde explicó que, a pesar de todo lo que habían pasado con las infidelidades y el divorcio, habían conseguido acabar siendo buenos amigos.

Desde luego, una verdadera estrella hasta el final.

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