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Letizia a los 50 años: de princesa rebelde a reina en búsqueda de su lugar

La reina Letizia, en Palma de Mallorca.

La reina Letizia, en Palma de Mallorca. EP

No sabemos si la reina Letizia soplará hoy las velas, ni si habrá una celebración en Zarzuela, aunque conociendo sus gustos, lo más probable es que la tarta, si es que la hay, sea sin azúcar, perfectamente saludable. Se dice que cuando sus hijas eran pequeñas, ella misma les preparaba para sus fiestas de cumpleaños con azúcar refinada y harina integral. No sabemos cuál sería el resultado exacto de semejante receta, puesto que Casa Real jamás ha hecho públicas fotos privadas de los cumpleaños de la princesa Leonor y de la infanta Sofía.

En esto, como en tantas otras cuestiones, Letizia impuso un control férreo, inexpugnable. Si de su marido, Felipe, tenemos imágenes de cuando era pequeño jugando con sus hermanas, zampándose un bocadillo y disfrutando de lo lindo con una tarta de cumpleaños, de sus hijas no tenemos nada parecido. Todo ha sido oficial, serio. Letizia no ha permitido que se distribuyera ninguna imagen de Leonor y Sofia sin su consentimiento expreso, lo cual generó el famoso rifirrafe de Palma.

En aquel momento, seguramente uno de los más icónicos de Letizia –para su desgracia–, la reina no quiso que su suegra, la emérita Sofía, se fotografiara con sus nietas dentro de la catedral. Lo que vino después es de sobra conocido por el mundo entero –no es una exageración: las imágenes fueron publicadas en muchos periódicos extranjeros–. Inexplicablemente, Letizia perdió los papeles y tuvo un comportamiento ridículo.

Virtudes y defectos

Algunos dicen que aquella imagen, irónicamente, mostró a la verdadera Letizia, una mujer controladora, impulsiva y muy nerviosa, provocadora e incapaz de controlar sus impulsos. Pero es injusto que solo se destaque lo malo para describirla.

Por todos sus defectos –y tiene bastantes–, la reina también tiene virtudes, algunas destacables. Es trabajadora, disciplinada hasta la médula y también lista. Una tipa muy espabilada que aprende rápido y sabe sobrevivir, lo cual no es en absoluto sencillo en el mundo de la Zarzuela en que ella ha vivido.

Siempre he tenido la opinión –y es una opinión muy personal– de que Letizia no tenía ni idea de dónde se estaba metiendo cuando se casó con el entonces príncipe. Creyó, o eso creo, que con su experiencia como presentadora del telediario de máxima audiencia en televisión tendría suficiente experiencia ante las cámaras y con la prensa como para salir airosa. Además, muchos analistas consideraron por entonces que su biografía y currículum le permitirían airear a la monarquía, llevarle una brisa de aire fresco a una institución que muchos consideraban anacrónica.

Si hubiese tenido un buen equipo –y ella se hubiese dejado llevar, todo hay que decirlo–, Letizia podría haber emergido como un ligamen entre la monarquía, por antonomasia elitista, y el pueblo. Al fin y al cabo, era la primera princesa de Asturias que había estudiado en un colegio público, se había licenciado en la universidad y hecho un máster. Era la única en una larguísima lista que sabía lo que era echar currícula, comenzar de becaria y pagar una hipoteca. Seguramente, también era la única que conocía de verdad lo que era la vida real, la de trabajadores que se tienen que levantar por la mañana para ganarse el pan.

Un mundo elitista y difuncional

Pero su familia política, a pesar de lo que nos vendían, eran problemáticos en grado sumo. Por mucha imagen de sencillos y austeros –la consabida «campechanía»– que quisieron proyectar, en realidad eran tan elitistas como disfuncionales. Letizia debió horrorizarse al conocer los detalles de lo que se cocía de puertas para dentro: la ruptura de facto del matrimonio de los reyes y la sucesión de mujeres por la vida del rey; los negocios turbios; la camarilla de amigotes que le fomentaban a Juan Carlos todos los vicios; la vida de lujos y el fluir del dinero.

Letizia, además, no encajó en una estructura que, aunque se jactaba de ser informal, en realidad estaba regida por unas normas inexpugnables. Para una persona no criada en la clase alta, debió ser horrible tener que acostumbrarse a un tipo de gente que considera que remover el café con la cucharilla dando círculos en vez de con un movimiento vertical es el súmmum de la ordinariez. Letizia seguramente nunca debió sentirse cómoda en aquel ambiente. Muy poca gente fuera de un determinado círculo muy pequeño lo hubiese estado.

Claro que ella tampoco puso las cosas fáciles. Al principio intentó adaptarse, conocer el funcionamiento interno de la Casa Real y aprenderse el protocolo. Tuvo que hacer un máster contrarreloj para aprender inglés –que no hablaba–, saberse la genealogía de los Borbones –de la cual no tenía ni idea– y aprender a usar varios cubiertos y copas correctamente. Según se contaba, iba por las oficinas de la Zarzuela con una libreta y un bolígrafo preguntando al personal a qué se dedicaban.

Una agenda que no acabó de funcionar

También intentó labrarse su propia agenda de «trabajo», si es que ese sustantivo se puede usar con los miembros de la realeza. La intención fue buena: dedicarse al fomento de la lengua española, la educación y varios temas de salud, como la visualización de las enfermedades raras, seguramente el ámbito donde mejor ha actuado.

Sin embargo, desde el principio, Letizia demostró que tenía un problema: se convirtió en el miembro de la familia real que más atención recibía tras Juan Carlos, entonces aún en la cresta de la ola, pero no acababa de encontrar su lugar. Ni se vestía adecuadamente, ni sabía centrar el interés en su trabajo. Sus actos eran tan casposos y rancios –muchos ahora aún lo son– que no merecían el menor apunte. Sus discursos no estaban mal del todo, pero no se apartaran un milímetro del lenguaje anodino que no decía nada. Que encima los pronunciase como si leyese noticias del telediario –una maldita manía que está superando, pero que aún arrastra–, no ayudaba.

Su fase rebelde

Esa fue «la primera Letizia«, pero hubo más. Por lo que se cuenta, Letizia tuvo una segunda fase «rebelde»: tras intentar aclimatarse y ver que no lo conseguía, optó por la estrategia contraria, desafiar, romper con las normas. Emergió una Letizia hipster que se iba con sus amigas a festivales de música alternativa e iba al cine con los pantalones rotos. Su afición por grupos indie dio mucho que hablar.

Pero tampoco esta Letizia acabó por cuajar, básicamente porque estaba excesivamente alejada de lo que el público esperaba de una princesa y futura reina consorte. Nadie esperaba a una royal chapada a la antigua, pero tampoco querían a alguien que bebiera cerveza en botella en baretos de Malasaña. A Letizia se la vio más descolocada que nunca y también, con demasiada frecuencia, con el rostro sombrío, puramente triste.

Más tarde se supo que su matrimonio pasaba por una mala racha y que muchos en Zarzuela se llegaron a temer lo peor. También se sabía que la familia real, a pesar de que aún guardaban las formas, eran no ya disfuncionales, sino que mantenían relaciones tóxicas. Que si Corina, que si comisiones, que si la reina Sofía en Londres. El ambiente debía ser irrespirable.

Letizia recibía presiones por todos los lados: el pueblo no la acababa de tragar porque la considera seca, altiva y distante; el rey Juan Carlos no la podía ni ver en pintura; su relación con Urdangarín era, al parecer, nefasta. La tensión pasó factura y ella acabó esquelética.

Hizo falta una gran fuerza de voluntad para seguir adelante y no perder la cordura por el camino. Fue entonces cuando comenzó una gran transformación física. Letizia, una perfeccionista nata, quería verse impecable, pero su obsesión por la cosmética hizo que el pueblo la viera aún más distante y fría, aún más altiva. Aquella asturiana de rostro imperfecto pero atractivo se volvió artificial. A la operación de nariz se le sumaron numerosos retoques de bótox e innumerables tratamientos estéticos. Su rostro cambió por completo y, si se comparan fotografías del antes y el después, está irreconocible. Su nariz ahora es maravillosamente recta, pero ha perdido expresividad en la cara y ha endurecido las facciones. Ha habido veces en que, al sonreír, parecía que se iba a resquebrajar.

Sus ganas de reafirmarse hicieron que cometiera errores inexplicables e impropios de una persona de su rango, como aparecer en unos premios ataviada con una minifalda excesiva. Letizia, a pesar de los cambios, seguía sin aparecer adecuada para su papel.

Letizia, reina

Letizia debió pasar un verdadero calvario cuando, de la noche a la mañana, la absoluta deferencia –puro peloteo descarado– que recibía la familia real se esfumó y, en vez de referencias a la «campechanía», se empezó a hablar de presuntos negocios turbios y supuestas comisiones. La imagen de la familia real cayó en picado en cuestión de horas y España asistió estupefacta a un espectáculo tan dantesco como lamentable: aquella supuesta institución intachable era, en realidad, un desastre, verdadera podredumbre. La indignación del pueblo fue mayúscula.

El apoyo a la monarquía llegó a estar peligrosamente en números rojos, pero irónicamente aquel reto fue lo que sacó lo mejor de Felipe y Letizia. El matrimonio se volvió a unir y ambos intentaron reflotar un barco que estaba prácticamente hundido.

Los primeros meses como reina, todo hay que decirlo, fueron buenos. Letizia se esforzó en poner buena cara, en sonreír abiertamente y en mostrarse cercana. Iba por un magnífico buen camino cuando los nervios y ese afán de controlarlo todo dieron por traste sus esfuerzos. El rifirrafe de Palma nos devolvió a Letizia en su peor versión: incontrolable, nerviosa, provocadora e incapaz de resultar diplomática.

A partir de ahí, Letizia nunca ha conseguido realmente dejar atrás esa imagen de enfrentamiento y, aunque suegra y nuera aparezcan sonrientes en las escasísimas ocasiones en que aparecen juntas, nadie se cree semejante teatro. Estas cosas antes funcionaban; ya no.

Una comunicación pésima

Tampoco funcionan ya ciertas estrategias de comunicación e imagen que aún arrastran. Desde el principio del reinado de Felipe VI parece que la consigna no escrita sea que Letizia debía quedar en un segundo plano, diluido y desdibujado. La monarquía es «unicéfala», insisten algunos, intentando recalcar que el jefe de Estado es él; ella es una consorte.

Desde el punto de vista estrictamente constitucional, el argumento es perfectamente válido. Pero mediáticamente, no: en temas de imagen, es ella quien destaca y él siempre queda desdibujado. Ella tiene demasiada personalidad; él, no tanto. Cada vez que aparecen juntos, ella es el objetivo de todas las cámaras. Los actos donde va él solo no lucen nada mediáticamente. Ni siquiera sus hijas le hacen sombra a Letizia. No hay duda que, desde el punto de vista comunicativo, ella es la única que importa.Y me comentan personas que la conocen bien que ella es perfectamente consciente de ello.

También debe ser consciente de que ella es la única que, mínimamente, conecta con un sector social al que la corona le ha costado históricamente llegar. Ella es la única a la que más o menos toleran votantes muy de izquierdas y ciertos sectores intelectuales. A Felipe se le ve demasiado escorado a la derecha; Letizia, en cambio, es la «podemita».

Sin embargo, y siguiendo con los temas de comunicación, Letizia comete un error grave. Su imagen es muy potente, pero reducida a cuestiones estéticas. Qué se pone o se deja de poner eclipsa por completo todo lo demás. Sus estilismos la definen. Y no siempre para bien.

Una nueva profesional

Dicen que a Letizia le saca de quicio que solo se fijen en su ropa y que nadie enfatice su trabajo. Es una opinión que hay que matizar. No hay duda de que Letizia se toma sus actos en serio y que se lee todas las fichas que le preparan. Pero cualquier mujer mínimamente profesional va a la reuniones preparada y con los informes leídos –y seguramente estemos hablando de informes mucho más complejos de los que le presentan a Letizia–. Nadie te va a aplaudir y reverenciar por una actividad tan cotidiana para millones de mujeres como acudir a una reunión. Que la Casa Real esté todo el día con la matraca de «Letizia se lee el material que le pasan», a parte de ridículo, es insultante. Al fin y al cabo, ¿qué más tiene que hacer? Ella tiene criados que le hacen todo y dudo mucho que haya pisado un supermercado o puesto una lavadora en años. Además, solo estamos hablando de un par de actos públicos a la semana. Y tiene un equipo que se lo prepara todo. Tampoco es que la carga de trabajo sea extenuante que digamos.

Por no decir que su trabajo no luce, básicamente, porque siempre es el mismo formato con diferentes escenarios: llegar, saludar a una fila interminable de autoridades, pasar adentro de un edificio, sentarse en una mesa de reuniones, mirar páginas, pasar olímpicamente de la prensa. Y lo peor es que cada vez pronuncia menos discursos. Nunca hay ni un solo mensaje mínimamente interesante. Mucho menos hay una estrategia coherente de acción: un día hace algo sobre libros; a los dos días, sobre cáncer; más tarde visita una exposición; y así sucesivamente. Letizia necesitaría dejar esta acción tan fragmentada y apostar por una «gran causa», algo que realmente la identifique. Debería marcarse objetivos y conseguir resultados.

Su suegra tuvo el acierto –o asesores muy buenos– de crear una fundación que sirviera de paraguas a todas sus acciones. También bordaba los viajes de cooperación, comenzando porque sabía vestirse adecuadamente para ellos. Letizia, en cambio, comenzó vistiéndose de actriz de Hollywood –con pulseras de diamantes para las cenas oficiales nada menos–. Ahora no se ha pasado al otro extremo: no se saca el chaleco de cooperante ni para almorzar con un jefe de Estado y la primera dama, una falta de respeto absolutamente bochornosa.

Dominar todos los registros

Ahora que el mundo entero está pendiente de la muerte de la reina Isabel II habría que recordar una frase que ella repetía a menudo: «I have to be seen to be believed«, algo así como «me tienen que ver para que crean que existo». Una señora nonagenaria entendió mejor que Letizia que, en el siglo XXI, todo acto de la monarquía tiene que ser pensado para el público. Un público que exige en ocasiones divertida informalidad y en otras, austera solemnidad. Isabel II fue tan buena monarca, entre otras muchas cosas, porque dominó todos los registros: fue moderna sin caer en lo vulgar y fue seria cuando la ocasión lo requería. Tanto te protagonizaba un precioso y simpático vídeo con el osito Paddington –insisto: tenía 96 años cuando lo hizo– como lucía como nadie resplandecientes tiaras en banquetes de alta gala.

Letizia está lejos, muy lejos, de dominar este equilibrio. Cuando la Casa Real ha intentado dar una imagen de espontaneidad –con aquel vídeo de la familia comiendo en el comedor de su casa, por ejemplo–, ha acabado cometiendo errores inexplicables –lo de aquella sopa de acelgas no tenía nombre–. Y ni hablemos de cuando nos intentaron «vender mediáticamente» a Leonor con lo de Kurosawa. Más que ensalzarlos, todos estos fallos los han hecho pasto del ridículo más absoluto.

Tampoco Letizia domina la «alta gala», aunque hay que reconocer que en ocasiones la ha bordado. La primera vez que yo vi de verdad algo parecido a una reina fue en la cena de gala en el Palacio Real ofrecida al entonces presidente argentino Mauricio Macri. Con aquel traje negro y la tiara flor de lis estaba espléndida (aunque creo que la que mejor le queda es la tiara de María Cristina).

Un nuevo papel

En resumen, Letizia tiene un papel pasivo. Se limita a hacer preguntas (a veces, unos interrogatorios que ni en la CIA). Eso no vende. Por mucho que se lea las fichas. Porque no aporta nada. Si realmente quisiera dar visibilidad, tendría que hablar a los medios. Lanzar mensajes potentes. Nunca he entendido por qué, en los viajes de cooperación, no se digna a decir nada sobre las acciones que hace la AECID sobre el terreno.

En Europa tenemos royals que están haciendo un trabajo muy interesante y moderno. Kate Middelton está impulsando personalmente campañas muy potentes para luchar contra el estigma de la salud mental. Ha protagonizado vídeos potentes, dado conferencias e incluso se ha tirado por un tobogán en Dinamarca. También está poniendo en marcha un Instituto de Primera Infancia para tratar temas de salud mental en los más pequeños. Y encima montó un concierto precioso de Navidad y apareció tocando el piano.

Ni hablemos de Máxima de Holanda, que es asesora del Secretario General de las Naciones Unidas para el tema de la inclusión financiera y se ha convertido en una de las mayores expertas mundiales en el tema. Ella no solo viaja a países en desarrollo: ha movilizado a bancos e instituciones, gobiernos y políticos.

Letizia, en cambio, solo va a reuniones. Y más reuniones. Y cuando Casa Real ya no sabe que hacer, la pone en otra reunión. Según ella, esto ayuda a visibilizar causas. Se equivoca: al no hablar, al no lanzar mensajes, al no liderar nada, al no poner en marcha iniciativas potentes, Letizia no consigue nada. Tan sólo que se hable de su ropa.

Nadie duda de que su implicación no sea sincera. Muchas personas con las que ha colaborado en varios ámbitos –sobre todo en el campo de las enfermedades raras– hablan muy bien de ella y de sus ganas de aportar. También te dicen que es muy entusiasta.

Pero no sale de un tipo de comunicación acartonada, excesivamente conservadora, rígida y casposa. Ojalá ahora que ha cumplido los cincuenta años comience a cambiar ciertas cosas.

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